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Día del amor: Avatares de cupido

Pedro Cornejo dedica estas líneas a conocer más sobre la festividad que envuelve al mundo de un dulce excesivo para unos y un momento amargo para otros. 

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 (Foto: Anthony Niño de Guzmán / El Comercio)

Por: Pedro Cornejo
El 14 de febrero próximo se celebra, como todos los años, el Día del Amor, una festividad de origen cristiano instaurada entre los años 496 y 498, aproximadamente, por el papa Gelasio I y que —según cuenta una leyenda— conmemora la vida de un obispo romano del siglo II que supuestamente respondía al nombre de Valentín y que casaba clandestinamente a los soldados del ejército imperial, un acto prohibido que finalmente le costó la vida. Sin embargo, recién en la Edad Media, en 1382, en un poema del escritor inglés Geoffrey Chaucer, se habla de esta fecha como un día de festejo para los enamorados. En 1969, durante el Concilio Vaticano II, la celebración fue eliminada del calendario litúrgico y pasó a convertirse en una fiesta laica.

Raymond Carver

Raymond Carver

1.
¿Qué es realmente lo que se celebra en esta fecha? O, para plantearlo como lo hizo el narrador estadounidense Raymond Carver, ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor? Y es que el amor —como el tiempo para Agustín de Hipona— pertenece a ese tipo de cuestiones que nos resultan absolutamente familiares cuando no se nos pregunta acerca de ellas y harto enigmáticas cuando se nos interroga al respecto. Se trata, para decirlo en otras palabras, de algo cuya naturaleza seguramente desconocemos, pero bajo cuyos efectos (casi) todos los seres humanos, tarde o temprano, hemos —o creemos haber— sucumbido. Y, lo más curioso, es que no ha sido a pesar nuestro. Todo lo contrario: el amor nos subyuga y enajena de tal manera que parece irresistible. No en vano Platón hablaba de Eros como una manía (locura).

2.
Para empezar, conviene distinguir entre el amor como sentimiento individual y el vínculo amoroso propiamente dicho. Porque el primero puede ser unilateral: uno puede estar enamorado sin ser correspondido. El segundo, en cambio, exige un grado de reciprocidad que, sin embargo, no implica, a priori, simetría o equilibrio. En este sentido, toda relación amorosa es una relación de fuerzas en la que mantener viva lo que Octavio Paz denominaba ‘la llama doble’ suele ser un trabajo desgastante. De ahí que el amor sea un nudo de contradicciones en el que termina concentrándose todo el sufrimiento y la alegría, o como el mismo Paz decía: “La suprema ventura y la desdicha suprema”. Una mezcla de sentimientos que van de la exaltación al desánimo, de la tristeza a la alegría, de la cólera a la ternura, de la apatía a la sensualidad.

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3.
Desde esta perspectiva, la efímera plenitud del amor supone, pues, la pérdida de la independencia, del sentido de individuación, lo cual da paso a una relación en la que ambos seres quedan fusionados y atrapados en una especie de sentimiento oceánico. El enamorado deja de ser él mismo para convertirse en otro; deja de ser dueño de sus actos para ser el títere de fuerzas que están más allá de su control —la pasión, el deseo, el inconsciente— y que lo dominan por completo.

4.
Pero no es lo mismo el contenido amor cortesano medieval que el moderno romanticismo decimonónico cuyo trágico lirismo parece estar lejos, a su vez, del amor posmoderno, estimulado de manera artificiosa por una sociedad de consumo erótico-publicitaria que se empeña en aumentar el deseo en proporciones inauditas, mientras mantiene la (in)satisfacción en el ámbito de lo privado. Así, desprovisto de su aura romántica y trascendente, el amor se dispersa en una multitud de instantes inconexos pero todavía emocionalmente poderosos. Y es tal vez la ilusión de eternidad que nos promete esos instantes lo que todavía celebramos cada 14 de febrero.

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