Módulos Temas Día

Más en El Dominical

Dudas divinas

Dios: ¿Creer o no creer?

Entre la fe y la ciencia, una mirada a lo divino en una semana en que el mundo celebra el nacimiento de Jesús, la mayor fiesta de la cristiandad.

Universo

“... las personas siempre se aferrarán a la religión, porque proporciona consuelo, y porque no confían ni entienden la ciencia”, decía Stephen Hawking desde su tecnológica silla de ruedas computarizada.

"¿Tengo fe? Todos somos libres de creer lo que queramos, y mi opinión es que la explicación más simple es que no hay Dios. Nadie creó el universo y nadie dirige nuestro destino”, sentenció el físico británico Stephen Hawking, fallecido a inicios de este año, en las páginas de Breves respuestas a las grandes preguntas, su libro póstumo.

Un legado en el que se reafirma, más allá del final de su propia existencia, en convicciones que defendía desde hacía muchos años. Siglos de fe y religión, millones de fieles y fanáticos, portadores de estandartes, declamadores de aforismos, profetas del apocalipsis, dogmáticos implacables y el peso absoluto de toneladas de páginas bíblicas y de otros libros divinos no pudieron convencerlo de lo contrario en sus 76 años de vida: “... las personas siempre se aferrarán a la religión, porque proporciona consuelo, y porque no confían ni entienden la ciencia”, decía desde su tecnológica silla de ruedas computarizada.

En su opinión, Dios era solo la personificación de un deseo muy antiguo del hombre, el de encontrar respuestas a aquello que no podía entender, sobre todo a eso que la Biblia llama génesis y que los científicos denominan, con cierta pomposidad, las teorías sobre el origen del universo.

Por este motivo, en las páginas de su última obra, Hawking se esmeró en explicar, en su acostumbrado estilo sencillo, la serie de acontecimientos que pudo dar lugar al origen del cosmos y que hace que se mantenga vivo y en permanente expansión. El científico sostiene que en nada de esto hubo intervención de un ser divino.

“Utilizo la palabra Dios en un sentido impersonal, como lo hacía Einstein, para designar las leyes de la naturaleza, por lo cual conocer la mente de Dios es conocer las leyes de la naturaleza —escribió—. Mi predicción es que conoceremos la mente de Dios para el final de este siglo.”

—Los designios de Dios—
Usualmente, cuando alguien se refiere a una “intervención divina”, alude a los llamados “designios de Dios”, instaurados en la cultura popular como una serie de milagros o casualidades que suelen explicar lo inexplicable, hacer normal lo sobrenatural, usualmente de manera positiva.

Basta dar una mirada a los evangelios para recordarlo. ¿Pero a qué más podemos llamar ‘divino’, propio de Dios o de sus azarosas decisiones no siempre entendidas por el hombre? Quizás, con una mirada romántica, es posible ver a Dios en la naturaleza, en la belleza extraordinaria de un paisaje hermoso, en las aguas cristalinas de una laguna inexpugnable que reflejan el cielo y las montañas, en un atardecer irrepetible con matices de color propios de un paraíso imaginado o en el manto azul y luminoso de una noche ebria de estrellas y de paz, todas cosas ajenas a la mano del hombre.

Y todas estas descripciones —por más que Hawking sostenga que “El universo es una máquina gobernada por principios o leyes, unas leyes que pueden ser entendidas por la mente humana”— parecen estar lejos de una explicación racional.

Estas maravillas se acercan más a eso que ha intentado el hombre desde siglos: mostrar a Dios a través del arte, por ejemplo en un cuadro de William Blake, en una sinfonía de Beethoven, en un disco de Rick Wakeman, en un solo de Miles Davis, en el plano de un filme de Kurosawa o en las voces de Maria Callas o Bessie Smith.

Basta una sencilla búsqueda en Google para que aparezca, como un rayo divino, una lista de más de 539 millones de resultados que explicarán —o no— la existencia de Dios. “¿Quién es Dios?”, “Las tres grandes evidencias de la existencia de Dios en el Universo”, “¿Te gustaría conocer a Dios personalmente?” son algunas de las primeras búsquedas que aparecen.

En diferentes puntos del mundo, la curiosidad natural ha sido inevitablemente influenciada por la cultura popular, y ha hecho que muchos se pregunten ¿qué es Dios? ¿Acaso un anciano de larga barba cana con pinta de sabio? ¿Una paloma blanca y brillante? ¿Una voz grave y paternal que viene desde el cielo? ¿Es la luz del sol? Los más profanos podrían creer que es Messi, Maradona, Magic Johnson, Eric Clapton, Morgan Freeman. ¿Tiene acaso un nombre real? ¿Responde peticiones por WhatsApp? ¿Es Jah, Yahveh, Hashem, Elohim, Adonai, Eloah, Alá, Brahma, o la Santísima Trinidad? ¿Es necesario siempre escribir Dios con mayúsculas?

Muy probablemente ni tiene redes sociales ni responde mensajes, aunque muchas sectas e iglesias engorden cuentas bancarias en su nombre y aseguren hacer milagros a través de internet.

Como es natural —al menos desde que Aristarco de Samos, en el siglo IV a. C., dudara de que los eclipses fueran producidos por dioses— la religión tiene unas respuestas y la ciencia tiene otras. Mientras la sola idea de que Dios no exista puede resultar desoladora para millones de seres humanos, para otros —irónicamente— puede ser un consuelo, un punto de partida para entender el universo. “La raza humana necesita un desafío intelectual. Debe ser aburrido ser Dios y no tener nada que descubrir”, aseguró también Hawking. A pocas horas de la Navidad, se puede seguir creyendo en Papá Noel.

—Como Dios en la nada—
Bereshit bara Elohim et hashamayim ve’et ha’aretz (‘En el principio creó Dios los cielos y la tierra’), dice en hebreo el inicio de la Biblia, el texto sagrado que para miles de millones de seres humanos —incluyendo, probablemente, a usted que lee este artículo— es no solo un libro estrictamente ceñido a la historia real, sino un manual de cómo vivir o cómo ser un buen cristiano.

Sin embargo, para otros, como el propio Hawking, tenía mayores méritos como obra literaria o compendio mitológico. “No es necesario invocar a Dios para encender la mecha y darle luz al universo”, escribió en otro libro suyo, El gran diseño, del 2010. En el texto póstumo —ya mencionado— concluyó: “¿Hace falta un dios para poder hacer que el big bang hubiera estallado? No deseo ofender a ninguna persona de fe, pero creo que la ciencia tiene una explicación más convincente que un creador divino.”

Desde luego, no es el único científico que, por la naturaleza de su trabajo, se ha referido en términos similares a aquel también conocido como el Creador. La frase de Albert Einstein, “Dios no juega a los dados”, por ejemplo, ha sido sacada de contexto y malinterpretada numerosas veces. Einstein no creía en Dios, solo criticaba a la física cuántica con una metáfora. Una carta en la que sostiene que Dios es “producto de la debilidad humana” acaba de subastarse en Christie’s en casi tres millones de dólares.

—El dolor divino—
Sin embargo, no todos los científicos son ateos. En la vereda de enfrente, otros importantes nombres de la ciencia no han tenido reparos en mostrarse como creyentes. Por ejemplo, el premio Nobel de Física William Daniel Phillips ha llegado a decir que cree en Dios precisamente gracias a la ciencia.

Siglos antes, Isaac Newton afirmaría: “Lo que sabemos es una gota; lo que ignoramos, un inmenso océano. La admirable disposición y armonía del universo no ha podido sino salir del plan de un Ser omnisciente y omnipotente”. Por su parte, otro Nobel, Max Planck, diría: “Nada pues nos lo impide, y el impulso de nuestro conocimiento lo exige… relacionar mutuamente el orden del universo y el Dios de la religión. Dios está para el creyente en el principio de sus discursos, para el físico, en el término de los mismos”.

Newton

Isaac Newton, el creador de la ley de la gravitación, era estudioso de la Biblia y autor de un tratado teológico llamado Historia eclesiástica.

Antes de concluir, es necesario recordar que, si hay una institución que no podemos dejar de mencionar cuando hablamos de Dios —aunque lo hayamos hecho principalmente desde sus intentos de explicación científica—, es la Iglesia. No en referencia a una sola religión, sino a la palabra como representación de una institución terrenal que no siempre ha obrado con caridad, nobleza o “buencristianismo”, a pesar de tener valiosos mártires y santos. No olvidemos, por ejemplo, que fue la Iglesia la que condenó a Galileo, algo que el papa ha tenido que rectificar muchos siglos después.

Pero existen otros movimientos más terrenales y liderados por autonombrados “emisarios” de Dios —el colectivo Con mis Hijos no te Metas podría ser un buen ejemplo—, que le hacen flaco favor a la entidad divina por su ceguera para denunciar a los pederastas del clero. Algo que ha cobrado mucha notoriedad en tiempos recientes. No olvidar que en la voz de Jesús —según los evangelios— “Dejad que los niños vengan a mí” eran palabras de esperanza y de consuelo.

Llegados a este punto, quizás los poetas puedan entender mejor este impasse entre la perfección divina y los pecados terrenales. César Vallejo, con su ironía y melancolía —padre, hijo y espíritu santo de su poesía—, tuvo mucha razón al escribir: “Yo te consagro Dios porque amas tanto;/ porque jamás sonríes; porque siempre/ debe dolerte mucho el corazón”.


Leer comentarios ()

SubirIr aúltimas noticiasIr a Somos
Ir a portada