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"La emoción perdura", por Teo Pinzás

A poco de cumplirse 40 años de la muerte del poeta peruano Luis Hernández, un homenaje del director del Editorial Pesopluma, Teo Pinzás.

Luis Hernández

Buenos Aires, Julio de 1977. Foto de Lucho Hernández y Betty Adler , su eterno amor.

Buenos Aires, Julio de 1977. Foto de Lucho Hernández y Betty Adler , su eterno amor.

Difusión


Por Teo Pinzás


Luis Hernández, el amado por las ondas, cumple este 3 de octubre 40 años lejos de nosotros. Poeta insular, adelantado a su tiempo, Lucho habría alcanzado el próximo martes la respetable edad de 76 años. Se fue, por el contrario, a los 35, en la ajena Buenos Aires, sumergido en circunstancias no esclarecidas, y con él se apagó una de las voces más originales de la generación del sesenta. Pero sobrevive su legado.

     Poco se puede decir frente a la opacidad de su muerte, y acaso solo quede contraponer la luminosidad de su obra: una deslumbrante urdimbre de libros fragmentarios, poemas y arte continuo que Hernández desplegó desde el heterodoxo formato de cuaderno ológrafo y por medio de una práctica sistemática: la dispersión. Fue también él quien trajo la calle al poema y fusionó la poesía con las artes plásticas, la música y la astronomía para desarrollar una propuesta artística híbrida e irrepetible, algo que ni la aparición del Vox horrísona en 1978 pudo traducir fidedignamente, porque Hernández había escrito en sus cuadernos casi dibujando, como un caligrafista.

     Desde entonces sus lectores se han multiplicado y también la atención de los medios y la crítica. El trabajo de estudiosos como Luis Fernando Chueca, Edgar O’Hara o Víctor Vich ha sido, sin duda, tan influyente en su revalorización como las sucesivas —pero aún escasas— ediciones de su obra. Los últimos dos años, sin embargo, han sido fundamentales para repensar la forma adecuada de ‘leer’ a Hernández gracias a exposiciones como El sol lila, de la CasLit, y a las recientes ediciones facsimilares de sus cuadernos, ambas iniciativas que nos aproximan al universo original del autor, aquel delirio de versos, colores, partituras, citas, plagios, collages…

     Consejo final: lea a Hernández como él lo quiso, a color y de su puño y letra. La experiencia será íntima, o no será.

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