Una entrevista a la periodista argentina Leila Guerriero
Una entrevista a la periodista argentina Leila Guerriero
Alessandra Miyagi

Por Alessandra Miyagi

Su menuda figura viste siempre de negro o de algún color oscuro. Su cabello es salvaje, y su mirada es intensa y amable. No resulta difícil imaginarla abriéndose paso entre una legión de bailarines o criminales con los apuntes en la mano, buceando en lo más profundo de las historias para llegar al núcleo mismo, al lugar oculto donde aguardan las respuestas a su insaciable curiosidad. Leila Guerriero (Junín, Argentina, 1967) es una de las cronistas más importantes e influyentes del nuevo periodismo narrativo. Colabora habitualmente en diversos medios iberoamericanos y es autora de los libros “Frutos extraños", “Plano americano”, “Los malos”, entre otros. Lleva 24 años haciendo periodismo, y su sed no se aplaca. Esperemos que no lo haga nunca.

Tienes fama de ser una periodista rigurosa y perfeccionista. Recuerdo que hace unos meses Mariana Enríquez me dijo: “Leila es una genia, es una periodista y una editora muy talentosa… ¡pero me hizo parir!”  [risas].
Bueno sí, soy rigurosa, pero en el sentido de que quiero que las historias que cuento sean transparentes para el lector y que este no tenga que recurrir a otros medios para buscar datos que faltan, o que se quede con dudas, o que no termine de entender lo que digo, o que lo que digo sea tendencioso en alguna línea. Lo que intento es, digamos, desplegar una cantidad de voces. Pongamos el caso, ahora estoy haciendo un perfil de un empresario que es bastante polémico. Entonces digo lo que hace, y trato de que mi mirada sea lo más ecuánime posible —aunque siempre hay una subjetividad, por supuesto— pero mi obligación como periodista es poner las voces de los dos lados y no tomar partido por uno ni por el otro.
Como editora, no me gustan esos textos donde se nota que el reportero está enamorado de su tema. Es muy interesante encontrar un periodista apasionado, pero no puede ser que leás el perfil de, no sé, Angelina Jolie, y esta termine siendo un ángel caído del cielo, una diosa sin costados oscuros. Otra cosa que me importa mucho es que la forma del texto esté al servicio de lo que se cuenta. No basta con que la nota esté bien escrita, los datos tienen que estar presentes. Siempre me preocupo mucho por que algunas preguntas que le hago al texto estén respondidas. Soy bastante obsesiva con la búsqueda de la información. No me quedo tranquila ni digo “ah, pude haber entrevistado a esta otra persona”. No, voy y trato de entrevistarlo.

Evitas utilizar la primera persona. ¿Lo haces para distanciarte de las historias?
Solo uso la primera persona cuando escribo columnas de opinión y conferencias, lo hago porque me interesa que quede claro que eso es lo que pienso yo. La uso también en las crónicas de viaje o cuando quiero contar una experiencia intransferible, como la vez que escribí un texto sobre “Madame Bovary” y partí del caso de una amiga mía que se había suicidado.
He utilizado también la primera persona en las crónicas “Los suicidas del fin del mundo” y “Una historia sencilla”. En el primer caso, porque necesitaba una mirada externa que le recordara al lector que todo lo que a esta gente le parecía tan natural y tan normal era un horror. A mí me afectaba mucho estar en un pueblo en el que el viento era de 120 kilómetros por hora, en el que no se podía salir a la calle, en el que nos quedábamos sin teléfono y sin luz cada tres días, en el que se caían los postes, en el que no se podía salir porque los piquetes de los petroleros cortaban la ruta… Y eso, de alguna manera, formaba parte de la respuesta a por qué este pueblo estaba atravesando esta etapa de fragilidad social en la cual estos chicos se habían suicidado.
En el otro libro, en “Una historia sencilla”, hay una primera persona también porque tiene que ver con mi deslumbramiento personal con el protagonista de la historia, Rodolfo González Alcántara, quien en un momento baila y me cambia totalmente la historia, la cabeza, el rumbo, mis ideas sobre el concurso. Y también es, en el fondo, un libro sobre el oficio periodístico: cómo uno puede meterse o no en la vida de una persona. Era terrible porque yo me estaba entrometiendo directamente en la vida de este hombre, sabiendo que mi intromisión podía modificar su desempeño en el concurso de baile. O sea, mi presión podía hacer que Rodolfo perdiera, y a mí no me importaba. Yo quería estar ahí para contar la historia. Entonces, toda esta experiencia era lo que me interesaba contar. Era una especie de Gran Hermano pero sin cámara oculta. Era yo, yo, yo todo el tiempo.
Para todo lo demás, prefiero usar la tercera persona porque me parece que es lo suficientemente distante como para contar todo lo que uno necesita contar. Igual, la mirada subjetiva del periodista siempre está, no la podés evitar; pero esta tiene que ser una mirada honesta, claramente. Sobre todo, me da mucho espanto aparecer yo para contar historias que a mí, Leila, me pasaron con el escritor X o con el cineasta Z… no le importa a nadie. Salvo que haya habido una circunstancia de una implicancia personalísima, no tiene ningún sentido que uno esté.
Además, la tercera persona tiene otro punto que considero muy interesante, y es que siento que presenta dificultades mayores, desafíos más notables. Siento que la primera persona es como una chica llamativa en bikini, caminando por la calle en tacos altos, y la tercera persona es como una señora muy elegante, con un sastre elegantísimo y todo, pero a la que le tenés que descubrir un poco el encanto [risas].
Por otro lado, la tercera persona te obliga a hacer algo que tenés que hacer siempre sin importar la perspectiva que vayas a utilizar, que es ganarte la confianza del lector con una voz autorizada. Vos le estás diciendo al lector en tercera persona “esto es así, esto es así, esto es así”, y el tipo, en el fondo, está confiando en tu mirada. Vos en ningún momento le estás diciendo “yo vi esto, yo escuché esto, yo pregunté esto”. Hay como una elipsis muy interesante.

Cuando escribes sobre temas muy fuertes, ¿cómo evitas cargarte y que te salga un texto que se desborde en emociones?
Yo creo que emocional, emotivo, tiene que ser un texto. Pero lo que tiene que pasar es que esa emoción quede en el lector, no en vos. Creo que eso tiene que ver con el comportamiento personal. Yo establezco una distancia fuerte con las cosas. No quiere decir esto que yo sea una persona distante, pero cuando estoy haciendo un reportaje voy estableciendo una distancia sin que la gente sienta que no estoy involucrada; al contrario, yo me entrego mucho, estoy muy presente incluso en los momentos en los que los entrevistados me necesitan por motivos que no tienen necesariamente que ver con el reportaje en sí. Aunque me involucro, siempre tengo presente que la emoción no te la podés quedar en vos, tenés que canalizarla. Tenés que tener mucha sensibilidad y tener el radar muy agudo, muy sintonizado en la frecuencia necesaria, y ahí, en esa frecuencia, hay un montón de cosas que te pasan: emoción, conmoción, etc., pero eso no puede quedar en uno ni dañando ni nada, tiene que pasar a la historia.
En “Los suicidas”, por ejemplo, donde todas las historias eran terribles, no recuerdo haber retrocedido espantada ante el relato de ninguna de las personas. Al contrario, como periodista, sentía que estaba llegando a lugares interesantes y muy cargados de verdad. Sentía que, por un lado, esta gente necesitaba contarle todo a alguien y, por otro lado, cuando llegaba a ese núcleo, lograba entender que entre los dos íbamos reconstruyendo la vida del muerto y de ellos mismos. Sentía que era algo muy bueno para la historia y para ellos. Entonces, eso no quedaba reverberando en mí como algo malo, sino como una cosa bien hecha. Yo me imagino que le debe pasar algo parecido a un médico: cuando vas opera a una persona, primero lo tenés que abrir, que lastimar, pero no lo sentís como un daño eso que le estás haciendo, sino sentís que lo estás reparando, aunque sea paradójico, porque en realidad lo estás cortando; pero esa rotura inicial es necesaria. Para que tu trabajo quede bien hecho, debe haber momentos de dolor, y si lo hacés bien, nadie sale dañado. El trabajo del periodista es parecido en ese sentido, a pesar de que muestro objetivo no sea reparar, porque yo no le arreglo la vida a la gente. 

Me hiciste recordar una columna que escribiste hace unos meses para El País…
Ah sí, donde digo que no hago periodismo para salvar a nadie, sino para tratar de entender el mundo y la época en la que vivimos. Por eso te quería hacer esa salvedad. En realidad, cada cosa que cada uno hace aporta una pieza más al puzzle. Me parece que cada periodista tiene su campo de intereses y que ese campo tiene que ver con las aristas de la realidad que cada uno quiere entender. Mi universo de intereses es muy amplio. Me interesa tanto la historia de los suicidas como la vida de Ricardo Piglia, como la vida de un señor gigante que jugaba al básquet, como la historia de una chica que mató a su niña recién parida, como la historia de un mago al que le falta una mano, como la historia de los judíos ortodoxos en la ciudad de Buenos Aires, los coreanos acá, los gitanos…

Y dentro de ese campo enorme, ¿cómo percibes si una historia tiene potencial?
Mira, primero, te tiene que hacer algún tilín. No te puedo decir, “las historias que a mí me interesan tienen tales características”. Mis intereses son muy amplios y creo que eso va cambiando también con el ejercicio del oficio. Pero creo que los temas que me convocan son aquellos que he leído reiteradas veces y sobre los que, de todos modos, sigo teniendo preguntas. O a veces pasa que veo a alguien y digo, “bueno, acá hay algo que me parece que tiene una cantidad de líneas narrativas que me resultan muy interesantes”. Como me pasó hace poco. Hice para la Rolling Stone un perfil sobre una señora que se llama María Luján Rey, que es la mamá de un chico que murió en un choque de trenes que hubo en la estación de Once, hace tres años. Su hijo estuvo desparecido, al tercer día, lo encontraron aplastado entre los dos vagones. Esta mujer fue la cara de la búsqueda de este chico y el emblema de la lucha por las víctimas de este choque. Y a mí todo el tiempo me llamó mucho la atención su presencia de ánimo: era una mujer que se mostraba indignada, pero en un eje muy impresionante. Además, sin proponérselo siquiera, se transformó en una especie de opositora del gobierno. Porque ella, básicamente, tenía un discurso muy crítico sobre el estado de los trenes en la Argentina y, bueno, este era uno de los puntos débiles del gobierno nacional. Lo curioso es que esta mujer, en un programa de cable, cuenta que viene de una familia peronista y que ella misma había sido afiliada a este partido durante muchos años. Luego, en un momento menciona que es budista. Entonces dije, “aquí hay algo”. Y, bueno, es eso: de pronto veo a alguien que podría ser una típica señora que lleva adelante una lucha honesta y todo, pero es solo eso, una típica señora. Luego te das cuenta de que no es el cliché que uno podría esperar de una mujer que lleva una lucha social. Me parecía que había ahí unas paradojas interesantes: el gobierno actual es peronista, y ella estuvo durante mucho tiempo afiliada a ese partido. Cuando ella hablaba sobre la defensa de los valores políticos, veía que había mucha similitud entre lo que defiende este gobierno y lo que ella tiene en el imaginario como un  mundo justo. Con lo cual era muy loco que hubiera ese enfrentamiento.

Dijiste en alguna entrevista que “Escribir es como correr una maratón: es horrible pero necesitas terminar”.
Para mí, el momento de más disfrute de la escritura son los últimos momentos, la corrección, ajustar los tornillos, decir “bueno, esta descripción la voy a repasar para que quede más pulida”. En cambio, lo que me resulta más tortuoso es montar la nota desde cero: llevar a un tamaño lógico esa cantidad bestial de material, decidir la estructura, coger el mejor principio de todos los posibles. Esa es una etapa muy desgastante, muy aburrida, muy tortuosa. 

Sin embargo, también dijiste que si no escribes, te ataca la abstinencia.
Creo que a muchos les pasa, solo que no tienen identificada la causa del malestar. Mucha gente que escribe tiene estados de ánimo cambiantes, depresiones o, qué sé yo, pero no lo relacionan directamente con el hecho de que, de pronto, hace un mes y medio que no hacen nada relacionado con la escritura. Para mí está muy claro: mi ánimo, mi manera de funcionar, mi manera de estar en el mundo tiene que ver con la escritura. De hecho, si no escribo todos los días, todas las semanas, se me empieza a desarmar el mundo.

Respecto a tu proceso de escritura, ¿sigues algún decálogo, tienes un método personal?
No. Lo único que sé es que no me siento nunca a escribir si es que no tengo el arranque de la nota y si no tengo todo el reporteo leído. Hasta que yo no tengo esa primera línea, ese primer párrafo, esa primera idea, no me siento a pensar siquiera ante la computadora. Pero eso es lo único; no tengo una fórmula, si la tuviera, todos mis textos serían iguales. No…, me aburrí antes de empezar. ¡Una fábrica de McDonalds!

¿Qué podrías recomendar a los periodistas que recién están empezando en el oficio?
La verdad es que nunca doy consejos porque me parece que el método lo tiene que encontrar cada uno. Lo único que podría recomendar es que lean; después, ya cada uno verá cuál es la caja de herramientas donde puede ir a buscar un poco de inspiración. No comprendo de dónde viene el gusto por la escritura si no leés. Y leer de todo, y mucho, y ser lectores serios. Vos hablás con periodistas y, más o menos, todos leyeron a Bukowski, a Paul Auster, pero vos los sacás de ahí y no tienen mucha idea de poesía, por ejemplo. Después, leen o han leído algún libro de periodismo de investigación emblemático como “Operación masacre”, de Rodolfo Walsh o “A sangre fría”, de Truman Capote, pero la curiosidad se terminó ahí. A mí me parece rarísimo, es como que me digas que querés ser peluquero y te da asco el pelo; o que querés ser peluquero y todos los cortes que hagas te los va a imaginar vos mismo sin haber investigado nunca nada. “A no, no, yo soy tan grande que lo voy a inventar todo solo”. Conocer la tradición, es lo primero, lo mínimo, lo básico. Ninguna persona alimenta su creatividad simplemente de consumir aquello que es exclusivo de su campo. Los periodistas hacen un trabajo creativo, y para alimentar esa creatividad tienen que ir al cine, leer poesía, leer novelas. La lectura te ayuda a desarrollar puntos de vista, a ver historias donde no te habías imaginado que podían existir, a establecer nexos.
Ninguna facultad de periodismo que conozco tiene una currícula de lecturas fuerte. Pero lo que me parece aterrador es que los chicos que están estudiando periodismo, leen a Rodolfo Walsh o a Capote y, no sé, quizás se imaginan que son tipos que llegaron a escribir así de la nada. Walsh era un traductor de novelas policiales, era un escritor de cuentos —uno de sus cuentos, en particular, es votado siempre como el mejor de la literatura argentina. Capote fue un tipo que escribió novelas  maravillosas como “Desayuno en Tiffany’s”… Digo, eran tipos cultos. Walsh era un tipo que tenía una biblioteca en la cabeza; [Virginia] Woolf, dentro de su locura estallada, lo mismo. Entonces, a mí me impresiona mucho que no sean conscientes de que esa gente alcanzó ese grado de calidad en su prosa por haber consumido mucha cultura. La facultad te muestra el resultado, digamos, pero parece que ese resultado se hubiera generado automáticamente. Es como pensar que Fellini era Fellini y que nunca en la vida había ido al cine a ver a otro cineasta; o como que Bergman era Bergman y que nunca había leído un libro de filosofía o psicoanálisis, o que no sabía quiénes eran sus contemporáneos, que nunca había ido a la ópera. Nada, un creador alimenta su creatividad con un enorme caudal de cosas, y me parece que eso, en la carrera de periodismo, está muy olvidado.

En cuanto al panorama del nuevo periodismo en Latinoamérica, es claro que no hay un boom, pero ¿crees que se esté encaminando a eso?
No, pero no creo que sea algo que tuviéramos que esperar. No sería lógico que pasara eso porque me parece que el lugar de este tipo de periodismo siempre ha sido marginal. No sé, es como que me digas que, de pronto, el noventa por ciento de la población tenga ganas de leer “Anna Karenina”. Me parece que el periodismo narrativo tiene un tipo de lector que es, más o menos, el mismo que se puede interesar por la buena literatura de ficción. El cual es siempre es un espacio marginal, cosa que no me parece que esté mal.
Por supuesto que ahora se habla más de este tipo de periodismo. Era un nicho muy chico y se ha ido ampliando exponencialmente gracias a revistas como Etiqueta Negra, Gatopardo, Soho, etc., la Fundación Nuevo Periodismo. Si nada de eso hubiera existido, ahora estaríamos en un mundo completamente distinto, sería un mundo mucho más chiquito. En ese sentido, me parece que en los últimos 15 años sí se ha avanzado un montón, pero no creo que vaya a ser el nuevo fenómeno. 

Cuéntanos un poco sobre el taller de creación de perfiles que dictarás la próxima semana en Lima.
Será teórico, una especie de clases magistrales. La idea es que, a partir de algunos textos que voy a enviar previamente, hagamos un análisis centrado en los momentos de producción del perfil: investigación, selección y proceso de escritura. El objetivo es lograr que los asistentes se vayan con una especie de hiperconsciencia del texto, o sea que se den cuenta de que hay un criterio para hacer eso, un sentido; de que cada una de las palabras que uno pone cuenta; concientizarlos además sobre lo nocivo del uso de las frases hechas, de los lugares comunes, de la insistencia en poner palabras que ya se han usado tanto que se han naturalizado y no provocan ningún impacto en el lector. En suma, descubrir una caja de herramientas nueva. 
[Para informes e inscripciones, escribir a revueltaeditores@gmail.com]