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Javier Valdés: “Somos una sociedad totalmente cerrada”

El actor Javier Valdés vuelve con Luz de gas, un thriller de Patrick Hamilton, hasta el 15 de mayo en el Teatro Británico.

Javier Valdés (Lima, 1959) estudió Economía, Administración y Ciencias de la Comunicación, pero no terminó ninguna de las tres carreras. A los 22 años se armó de valor y decidió dejar de postergar su vocación, así que abandonó la universidad, su casa, y se dedicó a la actuación. Desde entonces ha participado en 25 telenovelas, 13 series de televisión, más de diez películas, nueve radionovelas e infinidad de obras teatrales. Luz de gas es su último trabajo. En los próximos meses lo veremos en Testosterona, una obra dirigida por Alberto Isola, y en El sistema solar, una adaptación cinematográfica de la obra epónima de Mariana de Althaus.

Tienes ya 40 años como actor, y a lo largo de este tiempo has trabajado en distintos formatos. ¿Cuál de ellos disfrutas más?
Bueno, si consideramos el inicio de mi carrera en la década del setenta cuando tuve la oportunidad de trabajar con un elenco profesional integrado por Pepe Vilar, Mabel Duclós, Adolfo Chuiman, Yvone Frayssient, etc., pues sí tendría ya 40 años como actor. Pero luego de eso hubo un paréntesis en el que me dediqué a estudiar distintas cosas, pertenecí a un grupo de danza folclórica y en el que hice teatro pero solo como aficionado

Disfruto mucho trabajando, independientemente del formato. Esto lo comprendí a partir de la preocupación de mi papá cuando le dije que quería ser actor. Me dijo que del teatro no se podía vivir. Y en cierto modo, tenía razón. Por ejemplo, pese a que ya existía la Ensad y el TUC, recién hace cuatro años la PUCP abrió la Facultad de Artes Escénicas. O sea, la sociedad no veía al actor como un profesional y, es más, hasta ahora algunos ignorantes se escandalizan de que un actor pueda ser ministro.

Así que entendí que si quería vivir de esto, tenía de trabajar en todos los formatos. No puedo darme el lujo de dedicarme a uno solo.
 

En tu caso, que siempre estás involucrado en varios proyectos a la vez, ¿cómo es tu proceso creativo a la hora de darle vida propia a cada personaje?
Pues toda la información necesaria está en el libreto: el espacio y tiempo en que está ambientada la obra, las circunstancias en las que se encuentra el personaje, sus características personales y el tipo de relaciones que establece con los demás. A partir de esto, voy construyéndolo, pero además me baso en la idea de que el personaje no existe, sino que el personaje soy yo. Lo elaboro a partir de mis experiencias previas, de las cosas que observo; lo cual no quiere decir que en todas las obras siempre voy a ser Javier Valdés.

Las personas nos comportamos de determinada manera frente a los demás y en función del entorno. Entonces no es que el personaje sea de una determinada manera, sino que se comporta de cierta forma según las circunstancias. Uno no se comporta igual en la casa que en el trabajo; es más uno no se comporta igual cuando interactúa con sus jefes que con sus compañeros; eso no significa que tratemos a la gente de distintas maneras, sino que cumplimos roles, y los roles, se quiera o no, nos llevan a un tipo de comportamiento. Esto es lo que hay que trabajar: el comportamiento humano dentro de un entorno, dentro de ciertas circunstancias y las relaciones que se establecen con los demás.


"Creo que, en la década del treinta, Hamilton intentaba advertir o denunciar lo que pasaba, esa violencia tan naturalizada con la que tenían que convivir las mujeres. " (Foto: Teatro Británico)

¿Alguna vez has pensado en escribir tus propias piezas teatrales?
Siempre he tenido el bichito de la escritura, hace tiempo que me ronda en la cabeza la idea de meterme a un taller de dramaturgia, pero el tiempo me ha ganado y no he podido hacerlo aún. Además, escribir me cuesta muchísimo. Tengo una idea que surgió hace un par de años que quiero desarrollar, pero cada vez que me siento en la computadora, no me sale nada. Entonces lo que hago es incentivar a mis hijos para que ellos escriban por mí.
 

Además de la actuación y dirección, desde hace años también dictas talleres en la Asociación Cultural Venaver, de la que eres director. ¿Dónde nace tu inquietud por la enseñanza?
Creo que la descubrí cuando entré a la universidad a estudiar  cosas que no tenían que ver mucho conmigo, y que hice por darle el gusto a mi viejo. Entonces a mí, que había pertenecido a un grupo de danza folclórica, se me presentó la oportunidad de dictar marinera en un taller de verano en el colegio Los Reyes Rojos. Ahí me di cuenta de que me gusta enseñar. 

Por otro lado, el hecho de haber entrado a trabajar en los Reyes me puso en contacto con los miembros del grupo de teatro Telba, porque muchos actores tenían a sus hijos en este colegio. Entonces, se abrió la escuelita Telba, y para mí fue como si el destino se hubiese reacomodándose para que yo siguiera el camino que siempre había querido. Y allí fue que retomé la actuación. Luego me fui a España, donde estudié con Cristina Rota. Después regresé a Lima y estudié en con Roberto Ángeles y Alberto Isola; y luego me metí al Ensad a estudiar Complementación pedagógica, y al Celcit de Buenos Aires a estudiar Pedagogía teatral.
 

¿Para qué sirve el arte, específicamente el teatro? ¿Por qué es importante enseñarlo?
El teatro tiene múltiples usos. Uno de los más importantes es que puede promover la transformación social. Personalmente, lo que me mueve a hacer teatro es que el espectador, de una u otra manera, salga transformado de la sala, o por lo menos que la pieza lo incite a reflexionar, a pensar su vida, cómo vive, cómo se relaciona. Por otro lado, el trabajo del actor es como cualquier otro; de modo que es importante que se enseñe y se profesionalice.


"Somos una sociedad totalmente cerrada que no acepta al otro. Decimos que los escuchamos, pero realmente no escuchamos a nadie; decimos que tratamos de comprender diferentes puntos de vista, pero solo si compatibilizan con los nuestros." (Foto: Teatro Británico)

Desde hace unos años hemos asistido a un proceso de profesionalización del teatro, al desarrollo de diferentes festivales, concursos de dramaturgia, y a una cantidad mayor de montajes. ¿Cuál debería ser el siguiente paso para impulsar esta industria?
Siento que el camino recorrido hasta ahora es correcto. Hoy hay más universidades que ofrecen la carrera de Teatro y Artes Escénicas, como la Ucsur o la UPC; la Ensad ya puede otorgar títulos a nombre de la nación… Pero todavía debemos poner el énfasis en la captación de nuevas audiencias. Definitivamente ha habido un crecimiento: tenemos una oferta mayor de obras, pero lo que necesitamos ahora es incrementar la demanda de esa oferta.

Si nos comparamos con otras ciudades, estamos muy atrasados. En Buenos Aires, por ejemplo, la gente va al teatro no porque quiera ver una obra en especial, sino porque es una actividad cotidiana; allá encuentras una oferta muy variada; tienen cientos de salas de teatro, en cualquier barrio, por más alejado que esté, puedes encontrar una; aquí en cambio estos se limitan a Barranco, Miraflores, San Isidro...

No solo necesitamos actores y directores, sino también productores e inversión. Antes se hacía la distinción entre el ‘teatro comercial’ y el ‘teatro serio’, hoy esto no tiene sentido porque finalmente lo que uno quiere es que su obra sea exitosa y comercialmente rentable. Si hay una industria sólida, entonces habrá más actores que puedan dedicarse realmente a su trabajo, la calidad y cantidad de los espectáculos serán mayores, y se incrementarán las salas de teatro, lo que permitiría que este arte llegue a más audiencias.


Luz de gas fue escrita en 1938, y está ambientada en la época victoriana. Sin embargo, es interesante ver que ese machismo que se presenta en la obra persiste hasta nuestros días.
Totalmente de acuerdo. Creo que, en la década del treinta, Hamilton intentaba advertir o denunciar lo que pasaba, esa violencia tan naturalizada con la que tenían que convivir las mujeres. La violencia de género no es un fenómeno de ahorita, esto viene desde hace mucho, y es una violencia institucionalizada, desde que a las mujeres no se les reconocen los mismos derechos y privilegios que gozan los hombres, hasta el maltrato y la agresión física.

¿En el teatro pasa? ¿Hay discriminación, por ejemplo, en cuanto a los salarios?
Lamentablemente creo que eso pasa en todos lados. Es que el machismo está en la médula, no solo de los hombres, sino de nuestra sociedad en sí. Si hoy en día tocamos este tema, no es para alertar al espectador, sino para invitarlo a una reflexión mucho más profunda de nuestro sistema y de nuestro comportamiento. O sea, hablamos siempre de tolerancia, de aceptación, de solidaridad; pero, cuando ocurren las cosas, nos escandalizamos, y sale la Iglesia a decir “Qué barbaridad”, u otros a marchar en contra del aborto y de la unión civil… Somos una sociedad totalmente cerrada que no acepta al otro. Decimos que los escuchamos, pero realmente no escuchamos a nadie; decimos que tratamos de comprender diferentes puntos de vista, pero solo si compatibilizan con los nuestros. Y eso nos pasa en los niveles más simples y cotidianos de la vida. Entonces, el teatro y obras como esta ayudan a visibilizar estas cuestiones, a generar reflexión.


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