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Desde el 2024, año en que fue adquirido, el autorretrato de María del Rosario Weiss Zorrilla (1814-1843) aguarda a los visitantes en la discreta sala 62A del Museo del Prado, dedicada a retratos de pintores españoles del siglo XIX. “La sala de la paranoia” la llaman los vigilantes, pues resulta un poco incómodo para el espectador verse rodeado por un montón de rostros escrutadores. Sobre la pared de oriente, el cuadro la muestra desafiante y soberbia. La artista se representa a sí misma como Diana cazadora, mientras levanta la mano izquierda hacia el oído en un gesto que alude a la facultad de la atención. Se ubica encima del último retrato que se le realizara a Francisco de Goya, hecho por Vicente López. El genio de Fuendetodos tampoco tiene una mirada amable. Más bien parece la de un hombre cansado, que nos increpa por nuestra presencia.
Desde el 2024, año en que fue adquirido, el autorretrato de María del Rosario Weiss Zorrilla (1814-1843) aguarda a los visitantes en la discreta sala 62A del Museo del Prado, dedicada a retratos de pintores españoles del siglo XIX. “La sala de la paranoia” la llaman los vigilantes, pues resulta un poco incómodo para el espectador verse rodeado por un montón de rostros escrutadores. Sobre la pared de oriente, el cuadro la muestra desafiante y soberbia. La artista se representa a sí misma como Diana cazadora, mientras levanta la mano izquierda hacia el oído en un gesto que alude a la facultad de la atención. Se ubica encima del último retrato que se le realizara a Francisco de Goya, hecho por Vicente López. El genio de Fuendetodos tampoco tiene una mirada amable. Más bien parece la de un hombre cansado, que nos increpa por nuestra presencia.
Ver por primera vez “La atención” en el Museo del Prado supuso para Sergio del Molino una epifanía. El escritor español ya estaba muy empapado del mundo de Rosario Weiss, había investigado en su biografía y visto algunos de sus dibujos a lápiz. Pero contemplar aquel lienzo pintado hace casi 200 años le hizo darse cuenta de que estaba ante una artista poderosa, diferente a todos sus contemporáneos expuestos en las salas aledañas del museo. Es el autorretrato de una mujer segura de sí misma, pero a la vez envuelta en una fragilidad conmovedora. “Fue ahí cuando Rosario Weiss me ganó completamente para su causa”, recuerda el autor de “La España vacía”.
—En el nombre de la hija—
Ser ganado por la artista supuso un cambio en su propia escritura. El ganador del Premio Alfaguara por “Los alemanes” en el 2024 sintió una relación emocional con aquel personaje. No se trataba de una exploración del lenguaje y de su historia: en “La hija”, su más reciente novela, Del Molino confiesa haber sostenido una relación afectiva con Rosario Weiss, hasta el punto de costarle mucho terminar este libro. “Fue desolador. Para mí era una rutina estupenda levantarme por la mañana y pasar horas pensando en Rosario” –afirma desde su casa en Zaragoza–. “Sabía que la iba a echar mucho de menos cuando terminara el libro, y así ha sido”, cuenta.

Muy pocos son los que sabían de la existencia de esta artista. Ahora, tras la lectura de esta notable reconstrucción tanto novelística como ensayística del personaje, sentimos que la conocemos de toda la vida. Desde datos personales como su miopía hasta su propia y difícil circunstancia histórica: ser la hija de su tiempo y del maestro Francisco de Goya; vivir su infancia en la llamada Quinta del Sordo, donde su padre pintó las llamadas “pinturas negras”; el duro exilio familiar en Burdeos y, tras la muerte de su padre, ser privada de su herencia en beneficio de Francisco Javier Goya y Bayeu, el hijo legítimo. Asimismo, sus intentos por adaptarse en el medio artístico madrileño, sus fracasos y su muerte temprana, así como su posterior eliminación, casi quirúrgica, de los libros de historia del arte.
Desde la literatura, el escritor sacude la conservadora historiografía y los estudios goyescos, reivindicando los derechos de Rosario como hija del maestro Goya y su papel como testigo de una España que cambiaba radicalmente. Su carrera artística va paralela a la llamada Década Ominosa (1823-1833), período marcado por la restauración del absolutismo de Fernando VII, la pérdida de las colonias americanas tras la batalla de Ayacucho, la persecución a los liberales y el sometimiento al ejército francés. Para Del Molino, aquellos tiempos en la península resultaban muy parecidos a los vividos al otro lado del Atlántico. “En cierto modo, hace 200 años, España también se independizó de su dimensión imperial. Y tuvo que enfrentarse y armarse, con luchas, divisiones sociales y formas de entender el liberalismo muy parecidas a las que se vivían en el Perú, en Colombia, en México o en Argentina entonces”, señala. Rosario Weiss perteneció a esa primera generación de españoles que tomó la palabra, que participó y opinó en debates, donde surge la prensa y la opinión pública. “La España moderna no es la de los reyes católicos. No le debe nada a Felipe II ni al Escorial. La España de hoy le debe mucho a ese momento fundacional, que es el tiempo que vive Goya en sus últimos años y el que vive Rosario Weiss”, apunta el escritor.

—En tu libro “La hija” sugieres que su cliché fue inventado por los viajeros e intelectuales románticos franceses. ¿Cómo se construye la imagen que tenemos hoy de Goya?
Completamente. Goya, sin la intelectualidad francesa, no sería nada. De hecho, murió prácticamente olvidado. Nadie se enteró de su muerte y la generación artística inmediatamente posterior en España no le tuvo ninguna querencia. Para ellos, Goya había pasado de moda. Es la conexión con Francia, el descubrimiento primero del pintor Delacroix, el primero en fijarse en “Los caprichos” y tras ese impacto empezar a coleccionarlo ansiosamente, interesado por conocer más de ese pintor tan extraño y oscuro. Y posteriormente, será el poeta Charles Baudelaire su primer propagandista. Fue el creador de Goya como mito romántico. Sin esos mitos, Goya probablemente no tendría el peso en la cultura occidental que tiene ahora. Hay una cosa que me parece curiosa: la lucha constante entre Francia y España por dibujar dos Goyas distintos: un Goya mucho más trágico y romántico desde el lado francés y otro mucho más costumbrista, más católico y apegado a la tierra (y mucho menos interesante) por el lado español. Eso a mí me divierte, porque da cuenta de su verdadera importancia. Es cierto que su obra posee un poder de fascinación por sí misma que hace que cada generación que se asoma a ella encuentre cosas distintas, pero domina el relato francés, como domina tantas cosas sobre la cultura española. ¡La cultura española ha estado tradicionalmente sometida a Francia, con un complejo de inferioridad enorme! Hasta la entrada de España en la Unión Europea, en 1985, el sueño revolucionario de los intelectuales y de los políticos españoles era convertir España en Francia. Y eso genera un complejo muy grande. Por eso hay una sensación de que los franceses han intentado robar Goya a los españoles. Y esa pugna de nacionalismos a mí me divierte mucho. Goya está muy por encima de todo eso.
—Sucede igual que en el Perú, que tiene que venir una comisión de National Geographic a registrar Machu Picchu para que nosotros recién asumiéramos su valor. ¿Vuestro Goya es nuestro Machu Picchu?
¡Sin duda! Ese complejo lo compartimos en muchos países que hablamos español. ¡Salvo con los argentinos! [Ríe].
—Ya a inicios del año 2000, se ponía en duda que el cuadro “La lechera” perteneciera solo a Goya y se deslizaba que una desconocida Rosario Weiss, posiblemente una aprendiz, hubiera participado en él. ¿Cuánto crees que en estos últimos 20 años se ha posicionado Rosario Weiss en el imaginario español?
¡En nada, absolutamente nada! El grupo de personas interesadas en Rosario Weiss cabe en una habitación. ¡Cabría en la sala 62-A del Museo del Prado y sobraría espacio! Hubo un par de exposiciones, ha habido publicaciones, pero hasta hoy no hay una biografía académica de Rosario Weiss. Lo que hay son ‘papers’, un interés académico muy discreto. Rosario sigue siendo una coda a las biografías de Goya, un personaje desconocido fuera de los límites académicos de los especialistas en Goya.

—Desde los investigadores más conservadores hasta las estudiosas feministas, intentan negar el vínculo de Rosario Weiss con Goya. Unos no quieren pensar en una hija fuera del matrimonio, otras quieren imaginarla como una artista independiente y original. ¿Por qué crees que hay este prejuicio alrededor del personaje?
Porque probablemente no nos interesan tanto los personajes como las teorías que queremos elaborar sobre ellos. Nos gusta que los personajes ilustren cosas y que encajen perfectamente en la visión del mundo que queremos transmitir. Pero las personas somos muy complejas y no encajamos casi nunca en un molde. Cuando se nos mira muy de cerca enseguida surgen elementos problemáticos que estropean el cuadro prístino y unívoco que quieren hacer de nosotros. Así, en el caso de la crítica más tradicional y conservadora, Rosario Weiss es un elemento muy perturbador: rompe la imagen mítica que se ha hecho de Goya como alguien de una moralidad absoluta. Entonces, la existencia de Rosario (su posible hija) y de Leocadia (su posible segunda esposa), dan un elemento oscuro, difícil de interpretar, ambiguo dentro de una vida que creemos “ejemplar”. Por el lado feminista, vincular en exceso a Rosario con Goya pareciera que le resta valor, como si dijéramos que Rosario no tiene interés por sí misma, que es una extensión del gran maestro macho y patriarcal. Por eso intentan interpretarla de una forma absurda también, porque si le quitas a Goya, Rosario pierde buena parte de sustancia. Esto, sencillamente, tiene que ver con que las personas nunca cumplen las altísimas expectativas de los ideólogos. Y la literatura viene para poner en peligro ciertas creencias, a echar luz sobre lo ambiguo, lo paradójico, lo difícil de interpretar, lo que no encaja en un eslogan ni en una teoría crítica.

—Para bien y para mal, no se puede dejar de advertir el vínculo con Goya para comprender a Rosario…
Sin duda. Tengo la certeza absoluta de que Rosario no habría sido una artista si no hubiera crecido con Goya. Nadie se habría fijado en su talento, nadie la hubiera encaminado. Su vida habría sido completamente distinta. No es lo mismo que Rosario hubiera nacido en cualquier otra casa de Madrid a que hubiera crecido en la Quinta del Sordo, rodeada por las pinturas negras. Crecer allí fue lo que la hace artista. Eso no se puede desligar. Nuestras vidas están gobernadas por azares de ese tipo.

—¿Si bien no sobreviven familiares para hacer una prueba de ADN, podríamos afirmar con seguridad de que Rosario Weiss fue hija de Goya?
En todos los sentidos. La cuestión biológica era importante quizá en el siglo XIX. Hoy eso no nos importa en absoluto. Hoy es fácilmente comprensible para cualquiera, incluso en términos jurídicos, que Goya es el que ejerce la Patria Potestad sobre Rosario, que fue su tutor, quien se hizo responsable de ella, independientemente de que tenga sus genes o no. Es la figura que ejerció de padre. Hoy, Leocadia y Rosario habrían encontrado jueces muy receptivos que habrían entendido esta relación paternofilial, que no habría permitido dejar a madre e hija en la calle como sucedió con el testamento que legó todo al hijo legítimo. Felizmente hemos cambiado la perspectiva de la paternidad: el tema de la sangre es anecdótico, lo que importa es la relación que se establece entre ambos. Y esa relación es, inequívocamente, de padre e hija.
—¿Ser hija de Goya le supuso a Rosario un problema?
Indudablemente. Cuando Rosario quiere abrirse paso en Madrid después del exilio, el hecho de que todo el mundo en esta ciudad asuma que es la hija bastarda de Goya supone un problema muy grave. Había un mandarinato artístico dentro de Madrid muy ligado a Javier de Goya, lo que le va a suponer lo que hoy llamaríamos una política de cancelación. La excluyeron de muchos lugares donde los artistas hacían su carrera. Pero ella tuvo algunos aliados, consiguió recorrer caminos paralelos y conseguir, gracias a eso, abrirse paso como una retratista a lápiz, y en litografías, técnicas que ella había aprendido en Francia. A lo mejor, Rosario no hubiera destacado tanto si lo hubiera tenido fácil. A veces, y esto es una constante en la historia del arte, las dificultades hacen al artista.

—La primera mitad de “La hija” es una brillante novela; la segunda mitad un profundo ensayo, ambos enfocados en Rosario. ¿Qué es lo que te da la ficción que no te da el género ensayístico?
Es muy sencillo: la ficción te permite penetrar en ámbitos de la Historia con un grado de ambigüedad, sugerencia y apertura que no tiene el ensayismo. El ensayismo lo que busca es respuestas, mientras la ficción busca preguntas. Y las preguntas y las respuestas son complementarias. Con esto no quiero decir que el ensayo responde a las preguntas de mi novela ni mucho menos. Pero sí que la ficción deja en el aire una serie de cuestiones que el ensayo permite abordar con una mirada muy distinta, más sistemática y más analítica que la novela. Una novela no se puede permitir ser analítica. La novela es evocadora, ambigua, intenta dejar las cosas mucho más complejas que como llegaron al principio. El ensayo intenta ordenar un poquito el mundo, dejar las cosas un poquito más aseadas. Me parece que ambas estrategias confluyen. Yo, que transito los dos géneros, que escribo ensayos muy narrativos y una narrativa muy ensayística, me parece que ambos venían muy bien para poder redondear la figura de Rosario y poder abrazar su época.
En la información que ofrece el Museo del Prado, Rosario Weiss aparece como hija de Leocadia Zorilla, “ama de llaves de Goya desde, al menos, 1815”, cuando todo indica que fue la segunda esposa del pintor.


“La hija”
Autor: Sergio del Molino
Editorial: Alfaguara
Año: 2026
Páginas: 648
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