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"Fernanda Melchor y su mundo infernal", por José Carlos Yrigoyen

En su columna, "Columna vertebral", José Carlos Yrigoyen opina sobre "Temporada de huracanes", libro de Fernanda Melchor.

Fernanda Melchor

Melchor consigue un logrado equilibrio entre la historia narrada y el lenguaje denso y multiforme.

Archivo



En 1977 Jorge Ibargüengoitia, uno de los escritores mexicanos más notables del siglo anterior, muy proclive al humor negro y a explorar con inclemente agudeza el sinsentido de la convulsa y compleja realidad de su país, caracterizada por la violencia, la injusticia y la muerte, publicó uno de sus mejores libros, Las muertas, basado en un escandaloso caso de crónica roja. En su frontispicio advertía: “Algunos de los acontecimientos narrados aquí son reales. Todos los personajes son imaginarios”. Esta misma advertencia, transformada en esta ocasión en epígrafe, encabeza Temporada de huracanes, la celebrada segunda novela de Fernanda Melchor (Veracruz, 1982), una cruda y contundente incursión a un mundo feral, oscuro y degradado cuya construcción ha sido ejercida con sorprendente intuición y maestría.

El punto de partida de Temporada de huracanes es sumamente atractivo: unos muchachos mataperros encuentran el cadáver putrefacto de la Bruja, una santera de vida misteriosa que había impuesto en el pueblo donde vivía, La Matosa, un sórdido régimen de miedo y superchería. No se sabe quién ha cometido ese crimen, ni sus motivaciones. ¿Es un acto de venganza, un cruel acto gratuito, un delito sexual? No lo sabemos y definirlo no es el objetivo principal de esta ficción, a la que catalogar como novela policial es reducirla y achatarla. Cierto, en cada uno de los siete capítulos que componen el relato hay distintos puntos de vista de sendos personajes implicados en este hecho de sangre, que a la manera de Rashomon se complementan, contradicen o dan nuevas pistas; pero esta estrategia, más que colaborar en un afán detectivesco, sirve para mostrar en toda extensión y detalle un universo infernal, mísero, primitivo, en el que hasta la naturaleza amenaza silenciosa, agazapada, a los infortunados que la habitan. No obstante, la fuerza natural que con mayor crueldad se cierne sobre estos seres crueles y elementales, sin amor alguno por sus semejantes, es la sexualidad, que aquí no es solo constante y hegemónica, sino profundamente negativa y animalizadora.

Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor

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Random House

novela

Temporada de huracanes
Editorial:
Literatura Random House, 2017
Páginas: 223
Precio: S/ 69,00

Uno de los grandes méritos de Temporada de huracanes es el logrado equilibrio entre la historia narrada y el lenguaje barroco, denso y multiforme del que Melchor se sirve para contarla. Es inevitable no dejarnos llevar por ese ritmo sincopado, salvaje, que arrastra al lector por atmósferas licenciosas y abandonadas entre las que se cuelan los pensamientos, los diálogos y las acciones de los pobladores de aquel despreciable caserío, así como no reparar en el cuidado que ha puesto en su muy personal recreación del habla rural, que sirve como camino para sumergirnos en la mentalidad de los personajes y en su condición humana (es decir, los más íntimos miedos, ingenuidades, deseos y afinidades que los conforman) descubriendo de este modo lo que la suciedad y la vileza del paisaje exhibido escamotea. Esto es claro en la Bruja Chica, Yesenia y Norma, mujeres envueltas en una injusticia que no consigue privarlas del todo de una fuerza vital hasta que se cumplen sus invariables y trágicos destinos.

Al igual que la ya citada novela de Ibargüengoitia, Temporada de huracanes parte de un hecho real, de un crimen realizado en plena tierra de nadie, donde el poder y la autoridad son ejercidos por elementos acechantes, casi invisibles; en esta oportunidad son los narcotraficantes que reinan en la región, cuyas decisiones alteran o condenan, indirectamente, hasta a las más mínimas criaturas que merodean en sus dominios. El tratamiento que se ha elegido para representar esas clandestinas relaciones de opresión debe mucho al periodismo narrativo tan en boga en México, al que esta novela saca la vuelta y a la vez enriquece ostensiblemente; recordemos que la autora es también una reconocida cronista que ya conoce las aristas y trampas del oficio.

Estamos ante uno de los libros más vibrantes y poderosos de la narrativa latinoamericana reciente. Enfrentarlo es una obligación.

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