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Ficción: "Agua de caléndula", de Gregorio Martínez

Presentamos uno de los relatos de "Tierra de caléndula", del recordado escritor Gregorio Martínez.
El libro acaba de ser reeditado por la editorial Peisa.

Agua de Caléndula

[Ilustración: Manuel Gómez Burns]

Manuel Gómez Burns



Amaneció nublado pero el olor se sentía más fuerte. Había comenzado la semana anterior, exactamente el día viernes después de la una de la tarde. Era un tufo a carne podrida, a burro muerto, que llegaba en oleadas y se quedaba estancado, flotando en el aire remolonamente horas de horas. Se desató tan luego la campana de la iglesia dio la una de la tarde. A esa hora la ciudad reposaba adormecida por el almuerzo y el calor sofocante. Recién a las dos y media, al restablecerse las actividades ordinarias, se notó que había florecido y empezaba a provocar los primeros estragos. Alguien que entró a la oficina del correo a poner un telegrama encontró a la telegrafista desmayada sobre un charco de vómitos. La noticia se desparramó rápidamente y fue causa de múltiples manifestaciones de pesar y lamento principalmente entre los pensionistas que comían con ella en la pensión Chacaltana. Sin embargo, luego se dijo que la telegrafista era una melindrosa a quien todo le apestaba y que desde su llegada a la ciudad, como única empleada del Correo, no había hecho otra cosa que ponerle mala cara a cuanto se le ponía por delante, incluso a la comida. Era soltera, de unos treintaicinco años, y cada uno de los pensionistas apetecía en secreto sus nalgas macizas y redondas.

Ahora era lunes y el asunto iba de mal en peor. Amaneció nublado, el suelo humedecido y el olor a podrido se sentía más fuerte y repulsivo que en los tres días anteriores. No se distinguía claramente lo que estaba ocurriendo, pero se comenzó a hablar de grandes catástrofes y de males como la peste que mataban de la noche a la mañana. Incluso gente leída y versada declaró con suficiencia que la Historia y la Biblia atestiguaban que la peste siempre comenzaba con una pestilencia nauseabunda sin causa ni origen visibles. Este razonamiento impresionó a la población y la mayoría lo aceptó como cabal y científico. Solo una voz discrepante se alzó contra esta apreciación: la de Casimiro Reyes, veterinario práctico que contra el parecer de los diplomados curaba el torozón de las reses a punta de lavativas de hierbamora y linaza. Sin altanerías de ninguna especie, pero con la misma parsimonia que empleaba para someter a los toros bravos, dijo que la única peste que había que temer era la carestía y el hambre. Luego se quedó pensativo, como suspendido en el vacío y embargado por una repentina desolación.

El día domingo, en las primeras horas de la mañana, grupos de vecinos recorrieron los alrededores de la ciudad y el cauce seco del río en busca de alguna carroña oculta que fuera la causante del mal olor. Encontraron una cornamenta de ciervo que nadie pudo explicar de dónde provenía. Casimiro Reyes, que sabía de animales más que los mismos libros, disertó largamente sobre las variedades de cérvidos que vivían en las quebradas altas y que a veces, en las temporadas de hambruna, bajaban a la costa. Pero, finalmente, cuando se le dijo que fuera al grano, no supo dar una explicación convincente sobre tan exótico hallazgo. Cuando el alcalde se enteró de que se trataba de la cornamenta de un cérvido supuestamente africano, ordenó que se la entregaran para ponerla fuera del alcance de la curiosidad de los niños y la novelería de la gente. “No estamos para espectáculos, carajo”, les dijo a quienes se emperraban por conocer los extraordinarios cachos de venado africano. “Vayan más bien a mirar las musarañas”, añadió muy serio pero regodeándose por dentro como era su costumbre.

A las diez de la mañana el cielo continuaba encapotado. La gente se había levantado temprano para comenzar bien la semana, pero el mal olor los tenía aturdidos y estragados. Las nubes que cubrían el cielo eran algodonosas, sin agua. Se notaba que no iba llover. En cambio el calor empezaba a sentirse sofocante y pegajoso. Para bien de todos, el sábado se había logrado controlar las náuseas y vómitos, mediante cocimiento hecho a base de hojas y flores de caléndula. A las once el hedor se sintió con más fuerza, como si estuviese empozado en los rincones, en las habitaciones más oscuras.

Tierra de caléndula, de Gregorio Martínez

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Peisa

narrativa
Tierra de caléndula

Gregorio Martínez
Editorial: Peisa
Páginas: 116
Precio: S/45.00

Después del mediodía, una atmósfera ensombrecida y roñosa cubrió la ciudad. Muy pocos probaron bocado a la hora del almuerzo. Los más, desganados y sin apetito, se contentaron con un sorbo de agua de caléndula. Solo quienes habían trabajado en La Guanera durante la temporada de extracción de guano, comieron tranquilamente como en cualquier día común y corriente. A las dos y media de la tarde, contra lo esperado, un intenso trajín marcó el reinicio de las actividades del día. Pero la gente no se dirigía a sus ocupaciones y lugares de trabajo sino directamente a la puerta de la iglesia, donde se había formado una inusitada aglomeración. En el centro del tumulto, una mujer gorda con cabellos chamuscados por la química de la ondulación artificial retenía sobre sí toda la atención. La escuchaban con paciencia a pesar del cargado hedor que flotaba en el aire. Hablaba con seguridad y ejercía sobre sus oyentes una especie de dominio. Con una voz prístina dijo que era hora de decirle a la mujer del alcalde que abriera la iglesia para cantarle a la Virgen y pedirle que espantara la pestilencia. Se hizo un silencio duro y solo se escuchaba el rumor sordo de la atmósfera enrarecida.

La mujer del alcalde aceptó la petición y luego hizo mil requiebros para conquistarse la simpatía de la gente. Cuando se dio cuenta de que su permanencia en la iglesia luego de abrir la puerta solo había despertado antipatía y murmuraciones, adujo que la pestilencia le había aflojado el estómago y se marchó. Inmediatamente la mujer inició los preparativos para el canto.

Casimiro Reyes escuchó el coro y dudó. Dejó la piedra esmeril sobre el muro de la cocina y trató de despejarse la mente. Le hubiera gustado caminar hasta la iglesia, contemplar el rostro de la Virgen, sentir más cerca las vibraciones del canto. Se dio cuenta de que ahora ya era tarde. Había ido cada noche a rezar arrodillado en la parte posterior de la iglesia. Un quejido apagado, agónico, que brotó de la habitación contigua, lo sacó de sus meditaciones. Recogió la piedra esmeril y comenzó a sacarle filo a un cuchillo sin mango. Trabajaba concentrado, lejos de todo, con una dedicación rígida como si estuviera castrando un toro. De la barbilla le brotaba un sudor meloso y sucio, pero él seguía operando sobre la piedra esmeril, frotando el cuchillo con precisión y estrictez y respirando fatigosamente al compás de su esfuerzo. La hoja metálica brillaba cada vez más. Ahora él estaba de nuevo tendido sobre la cama, fumando, y ella entraba como sonámbula para quedarse arrimada a la pared, crispada y en silencio, en el vientre crecido y con el mismo traje granate que tenía puesto cuando se marchó de la ciudad, meses atrás. Él se había incorporado despacio, sin dejar de fumar. Quería infundirle confianza y ánimo, pero ella se repegó contra la pared y empezó a estremecerse con violencia como un animal herido. Lloró convulsivamente, sin atender ruegos ni palabras de aliento, culpándose más bien ella misma de su desgracia, de esa vana ilusión que la hizo soñar en el aire para ahora vivir de su deshonra. Él había esperado sin impacientarse hasta que el agotamiento la sosegó y toda la violencia de su desahogo se diluyó en suspiros profundos. Cuando dejó de frotar el cuchillo contra la piedra esmeril y miró el filo impecable, un estremecimiento frío recorrió todo su cuerpo. Tenía la boca seca y amarga. La comadrona había desplegado toda su experiencia. Día y noche se la había pasado calentándole el cuerpo con masajes, rescatándola de la agonía y alentándola para que hiciera el último esfuerzo. Después de varios días, cuando se dio cuenta de que todo estaba irremediablemente perdido, y el hedor se había hecho insoportable, abandonó a la parturienta y se dirigió a la iglesia. Ahora su voz prístina se leva vibrante por encima del coro y Casimiro Reyes había empezado a confiar ciegamente en la fuerza de ese clamor melodioso. Miró el filo brillante del cuchillo y recordó su tierra, Sondondo. Había bajado a la costa apenas de nueve años, ahora tenía veinticinco y estaba con un cuchillo en la mano. “Carajo”, dijo y se sintió más solo que nunca. Las paredes de la cocina eran viejas y el hollín impregnado en la superficie les daba un aspecto tétrico. Abrió la mano donde tenía el cuchillo y volvió a cerrarla con más fuerza. Con los ojos velados por las lágrimas entró en la habitación contigua. Ella no lo vio, pero cuando se sintió aprisionada contra la cabecera del catre, soltó un quejido y abrió los ojos. Su mirada era neutra e inexpresiva. Él no se atrevió. Buscó un trapo y le cubrió la cara. Recién entonces hundió el cuchillo; sostenido por una extraña serenidad comenzó a extraer pedazos de carne podrida, coágulos endurecidos y negros. Erizado por los quejidos apretó los dientes y continuó tembloroso su terrible tarea. Ya no tenía lástima ni dolor, sino un vació infinito igual a la muerte. Sin embargo, no se detuvo. Con las manos embarradas de sangre oscura y lodosa, fue amontonando los deshechos en el suelo, sobre una hoja de periódico. Actuaba como cegado por un frenesí inexplicable. De pronto su rostro enrojeció, se contrajo con violencia, y un grito quebrado remeció las paredes de la habitación.

Ella abrió los ojos y quedó inmóvil, con la mirada vidriosa clavada en el techo.

Gregorio Martinez

Las ficciones de Gregorio Martínez se desarrollaban por lo general en la costa sur peruana y solían tener como protagonistas a campesinos afroperuanos.

Archivo

vida & obra
Gregorio Martínez (Ica, 1942 - Virginia,2017)

Miembro destacado de la generación del setenta, nació en el poblado de Batanes, anexo de Coyungo, provincia de Nasca, Ica. Estudió Educación en La Cantuta y luego Literatura en San Marcos. Fue en esta última donde ganó sus primeros concursos y formó su primer círculo de amigos literatos. Publicó en 1975 su primer libro de cuentos, Tierra de caléndula; y en 1977, su primera y celebrada novela, Canto de sirena.

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