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Ficción: "Todos nuestros odios", de Emiliano Monge

Un pasaje de uno de los cuentos que compone La superficie más honda, el nuevo libro de Emiliano Monge, quien participará en el Festival de la Palabra PUCP.

Todos nuestros odios, de Emiliano Monge

[Ilustración: Manuel Gómez Burns]

[Ilustración: Manuel Gómez Burns]

Manuel Gómez Burns



Un mes después de que Cristóbal y Mauricio —que no tendrán aquí mayor cabida— dieran por muerta a la pequeña que tiraron junto al cuerpo de su abuelo y varios otros cuerpos, en los terrenos que para esto utilizaban cada tanto, tuvo lugar el juicio que habría de resultar en el castigo de Ana Agravia, quien para entonces había perdido ya las simpatías de todos los hombres y mujeres que siguieron su caso desde que este comenzara.

Catorce años de prisión, sin reducción posible de condena, ordenó el juez hace apenas unos días, en presencia de la parte acusadora, de los secretarios del ministerio, de los miembros de la prensa, de algunos representantes de ONG, de varios colados y del abogado defensor que por oficio le había sido asignado a la niña del cráneo diminuto, quien por supuesto nunca conoció —antes de la vista, el proceso y la pena— el escrito de la parte acusadora o la alegación de su defensa.

De cualquier modo, dijo el letrado defensor ante los contados reporteros que se reunieron aquel día ante las puertas del tutelar de menores de San Fernando, la pequeñita no habría podido leer ningún escrito. No los habría comprendido, añadió el facultativo, aunque los hubiera sostenido entre las manos. Y es que en algún momento del enredado proceso —demasiado tarde, en mi opinión— la defensa decidió replegarse y articular sus argumentos entorno a las primeras impresiones que externara el público, todavía simpatizante de Ana Agravia, arguyendo que ella era una pobre extranjera desvalida, inútil y sin valor comercial alguno.

Así que no, no creo que esta situación —no haber tenido acceso a los documentos— haya determinado el resultado de este juicio, remató el leguleyo, apartando de sí los micrófonos y murmurando, por lo bajo: Ana Agravia tiene una discapacidad y esto tenemos que aceptarlo. Por su parte, la pequeña microcéfala, quien apenas hacía semana y media sorprendiera al país con su elocuencia, al ser interpelada por un manifestante —que tampoco tendrá aquí mayor cabida—, atinó únicamente a repetir lo mismo que venía refrendando a últimas fechas: no blo i igo ni tiendo.

¿Pero cómo es que el caso de Ana Agravia, que en su origen despertara incontables apoyos hacia la niña desamparada, dio un giro tal que terminó en su condena, por parte de la autoridad, y en su repudio —podría decirse incluso linchamiento—, por parte de la sociedad del país al que ella había llegado en compañía de su familia, una familia que había ido desapareciendo a lo largo de su viaje en busca de una vida nueva?

Aunque no sé si podré explicarlo, trataré de hacerlo apegándome, en la medida de lo posible, a los testimonios y opiniones a los que he tenido acceso, así como reconstruyendo los hechos principales con la información que he recabado y, por supuesto, utilizando la experiencia que me otorgan años de inmersiones en peritajes legales y en el análisis de los cambios que se gestan al interior de la opinión pública. Esta es, pues, la historia de Ana Agravia.

La superficie más honda, de Emiliano Monge

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Literatura

relatos
La superficie más honda
Emiliano Monge
Editorial: Literatura Random House
Páginas: 146
Precio: S/ 69,00

El 22 de diciembre del año 2014, hacia las tres de la madrugada, los hermanos y policías Gustavo y Alejandro Morales —quienes tampoco tendrán aquí mayor cabida, como no la tendrán nunca en otra página, documento o libro escrito— llegaron a El Amparo, famoso barrio de la periferia de Santo Tomás, tras ser advertidos de que en los baldíos que delimitan ese sitio se habían escuchado gritos, múltiples detonaciones y lo que parecían ser los motores de varias camionetas.

Apenas descender de su patrulla, maldiciendo a la fortuna por haber sido en su turno cuando avisaron de estos hechos, que los tenían allí en los lindes de El Amparo, los hermanos Morales escucharon un terco y fastidioso lloriqueo. Encendieron sus linternas, sacudieron sus cabezas y se dirigieron, quejándose en voz alta, hacia el origen de aquel llanto, donde encontraron el cuerpo de Ana Agravia, aferrado a la pierna izquierda de su abuelo. A varios metros del viejo y de la niña, cuya cabeza diminuta en aquel momento no notaron los agentes, yacían otros cadáveres.

Lo que faltaba, aseveró Alejandro apuntando su linterna hacia Gustavo: que nos dejaran una viva. Esto va a ser un desmadre, soltó, por su parte, el mayor de los Morales, acercándose a la niña y al viejo y sintiendo cómo el coraje se adueñaba del resto de su cuerpo: vuélvete mejor a la patrulla y diles que nos manden ambulancias y peritos… ya estuvo que nos vamos a quedar toda la noche. ¿Y le hablo al Pano?, preguntó Alejandro caminando ya hacia la patrulla: ¿o esperamos otro rato? Avísale a ese también de una, respondió Gustavo alumbrando a Ana Agravia: por lo menos que nos deje esto una lana.

Una hora después, hacia las cuatro de la madrugada, el ajetreo en El Amparo era absoluto: los policías se movían como enjambre, los paramédicos tendían sobre el suelo una sábana tras otra y los peritos dejaban sus marcas por aquí y por allá. Por su parte, los vecinos, tras la cinta que Gustavo y Alejandro habían tendido hacía un rato, atestiguaban todo entre cansados y aburridos y el Pano, cuyo nombre de pila es Felipe, tomaba apuntes y fotografiaba todos los detalles que habría de mencionar en la nota que publicaría al día siguiente, con un titular en forma de pregunta: “¿Inocente niña entre doce asesinados?”

Para cuando llegó el amanecer, El Amparo finalmente había quedado desierto: los muertos habían sido trasladados a la morgue, los policías habían vuelto a sus casas, los peritos habían redactado sus informes, los vecinos desayunaban discutiendo su desvelo, Ana Agravia descansaba en su cuarto del hospital municipal de Santo Tomás, vigilada por los federales que la habían escoltado hasta ese sitio, y Felipe leía orgulloso, podría decirse incluso que exultante, el ejemplar de Noticias del Golfo que, en portada, presentaba dos de sus fotografías y el texto íntegro de su reportaje.

El mismo reportaje vago, suspicaz y mal escrito que al día siguiente, tras el revuelo que causara en Santo Tomás, sería reproducido por la mayoría de los periódicos de circulación nacional, convirtiéndose en la causa principal de que la historia de Ana Agravia se transformara en asunto de todos y en un caso digno de las autoridades federales. Y es que el escrito de Felipe, apenas 48 horas después de los sucesos acaecidos en los terrenos de El Amparo, había dividido en dos a la opinión pública y había inoculado en la médula de esta un evento que, en lo general, era igual a tantos otros sucedidos diariamente en el país pero que, en lo particular, tenía a una niña discapacitada como víctima. O como culpable.

Emiliano Monge

Emiliano Monge (1978) es un escritor y politólogo mexicano, considerado uno de los autores más importantes de América Latina. [Foto: Oswaldo Ruiz]

Emiliano Monge (1978) es un escritor y politólogo mexicano, considerado uno de los autores más importantes de América Latina. [Foto: Oswaldo Ruiz]

OswaldoRuiz

vida & obra
Emiliano Monge (Ciudad de México, 1978)

Narrador y licenciado en Ciencias Políticas por la UNAM. Ha publicado relatos, crónicas y reseñas en diversos. Arrastrar esa sombra, su primer libro de cuentos, se publicó en el 2008; y en el 2010 obtuvo el Premio Jaén de Novela por Morirse de memoria. Dos años más tarde, publicó El cielo árido. La superficie más honda
(2017) es su más reciente libro de relatos, ganador del IX Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska.

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