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La fría conquista de América, por José Ragas

En medio de los reclamos a España para que pida perdón por lo hecho en América hace 500 años, crece el debate sobre si ese acontecimiento contribuyó al surgimiento de la Pequeña Edad de Hielo.

Conquista

Por: José Ragas
Hasta hace un tiempo, al menos hasta mediados del siglo XIX, la Tierra atravesaba un periodo de temperaturas más moderadas, más frías incluso que las que experimentamos en la actualidad, cuando el clima está notoriamente influido por el calentamiento global. Esta etapa es conocida como la Pequeña Edad de Hielo y, según los investigadores, se extendió desde el siglo XIV hasta hace aproximadamente 150 años, cuando se dio inicio al lento ascenso que observamos en nuestros días. Durante aquel periodo, el planeta conoció un clima más amable que el actual, lo cual permitió —entre otros fenómenos— el avance de los glaciares, pero también afectó considerablemente actividades como la agricultura, la principal fuente de sustento de la población.

A grandes rasgos, la Pequeña Edad de Hielo coincidió en las Américas con el periodo de conquista y colonización, y con algunos años posteriores a las guerras de Independencia. Gran parte de los estudios tiene como objeto de estudio el hemisferio norte, con lo cual sabemos poco de cómo afectó dicho periodo a América del Sur o a las zonas por debajo del Ecuador. Por ello, una posible conexión entre el Nuevo Mundo y el cambio global del clima ha llamado la atención de expertos y público en general recientemente.

A continuación explicaré algunos rasgos de este periodo para luego centrarme en un artículo en el que se presenta una hipótesis bastante provocadora sobre el origen del enfriamiento terrestre y la opinión de un experto que matiza dicha hipótesis.

Conquista

Pintura anónima que ilustra la conquista del Perú, por Francisco

—La Pequeña Edad de Hielo—
La etiqueta “Pequeña Edad de Hielo” fue acuñada hacia la década de 1980. Bajo este concepto se buscaba entender un conjunto de fenómenos climáticos que podían incluir episodios de frío intenso como también de sequías y hasta periódicas olas de calor. Como lo ha señalado Brian Fagan, se trató de un espacio temporal caracterizado por oscilaciones producidas por la interacción entre la atmósfera y el océano. Los efectos se hicieron sentir en los siguientes siglos en una dinámica que entrelazó cambios climáticos y eventos históricos que los investigadores están intentando relacionar. Este periodo conoció, además, importantes erupciones volcánicas, como las del Huaynaputina (en Moquegua), a inicios del siglo XVII, con episodios como las cruzadas, la prosperidad holandesa, el auge y la crisis del Imperio español, la gran hambruna en Irlanda, entre varios otros.

Los investigadores, por supuesto, tienen mucha cautela en cómo se obtienen, leen y cruzan los datos sobre este periodo y se relacionan entre sí acontecimientos distantes en el tiempo y el espacio. Aun cuando hemos afinado nuestro conocimiento sobre estos siglos, especialmente en el hemisferio norte, quedan aún varias interrogantes. Quizás la principal es: ¿qué causó el inicio de la Pequeña Edad de Hielo? Precisamente, este año un grupo de investigadores lanzó una hipótesis bastante arriesgada que vincula el origen de este fenómeno climático con otro proceso que marcó la historia de las Américas: la Conquista.

—Epidemias, muerte y carbono—
Publicado originalmente en la revista Quaternary Science Reviews, los primeros días de marzo de este año, el artículo académico “Earth system impacts of the european arrival and great dying in the Americas after 1492”, escrito por Alexander Koch, Chris Brierley, Mark M. Maslin y Simon L. Lewis —todos ellos geógrafos con base en el University College de Londres (UCL)—, sugiere un vínculo directo entre el despoblamiento de las Américas con el origen de la Pequeña Edad de Hielo.

Hasta ahora la hipótesis más generalizada señalaba que la Revolución Industrial y el auge del capitalismo eran los principales responsables del incremento exponencial de carbono en la atmósfera. Esta teoría no solo cambia el marco temporal, sino también el geográfico, al moverse desde el Norte industrial hacia los territorios colonizados por los imperios europeos.

¿Pero cómo se relacionan ambos fenómenos? La hipótesis de los autores sugiere que la ausencia de población indígena, producto del contacto con los colonizadores europeos (y que se manifestó en epidemias y violencia), habría tenido como efecto inmediato la reducción de las tierras de cultivo. Ello, a su vez, habría permitido una expansión de vegetación en una vasta área y que estos arbustos y plantas absorbieran la cantidad necesaria de carbono, lo cual influyó en el enfriamiento del planeta.

Para justificar esta secuencia, los autores recurren a diversas fuentes como estimados demográficos, pero sobre todo a proyecciones que permiten establecer las dinámicas de ocupación de suelo por regiones y la posible reconstrucción del avance de vegetación.

Así, los 55 millones de indígenas muertos, como consecuencia de la Conquista y la posterior colonización, habrían dejado de cultivar un total de 56 millones de hectáreas, una cantidad suficiente para que —en la cadena de procesos sugerida por los autores— esta haya tenido algún impacto en el medioambiente. La ausencia de registros para la época precolombina —los filtros a través de los cuales fueron obtenidos por los colonizadores y la fragmentación de los mismos— ha llevado por muchos años a los investigadores a afinar modelos de despoblación, asentamiento y repoblación en la compleja geografía americana.

La evidencia obtenida de núcleos (“testigos”) de hielo, provenientes de la Antártida, señala, efectivamente, una reducción importante de CO2 alrededor del siglo XVI, lo cual coincidiría con la Conquista, pero no necesariamente llevaría a establecer una causalidad. Y este es uno de los puntos más problemáticos y debatibles de dicha hipótesis.

Atahualpa

“Los funerales de Atahualpa”, de Luis Montero. ¿La caída del Imperio incaico tuvo algunos efectos en el clima global?

—Una mirada al África—
Una hipótesis tan arriesgada y sugerente como la de Koch, Brierley, Maslin y Lewis no pasó desapercibida para los especialistas. Diversos medios hicieron eco del argumento central, en ocasiones simplificando los alcances del mismo y los métodos utilizados, y en ocasiones sin presentar opiniones distintas. El profesor Dagomar Degroot, de la Universidad de Georgetown y autor de The frigid Golden Age. Climate change, the Little Ice Age, and the Dutch Republic, 1560-1720 (2018), señaló en la plataforma web Historical Climatology algunas observaciones que matizan dicha hipótesis, las mismas que generosamente nos ha permitido reproducir para El Dominical.

La principal de estas apunta a la naturaleza rígida de las proyecciones y modelos utilizados en el artículo. Si bien a primera vista la cadena de razonamiento parece lógica, es cuando nos acercamos con evidencia histórica y otras hipótesis que esta comienza a presentar una serie de problemas. Como lo señala el profesor Degroot, esta cadena de procesos no ocurrió en el vacío: la colonización posterior del continente pudo haber afectado el supuesto retorno de la vegetación con la introducción de nuevas especies de animales que se alimentaban de las plantas. Asimismo, es necesario prestar atención no solo a las Américas, sino a otras regiones también expuestas a la colonización, como África, de la cual se sabe poco, y que pudieron haber influido en el supuesto cambio climático.

Otra de las observaciones más sugerentes del profesor Degroot es que debates como estos deben alejarse de caracterizaciones binarias de “correcto” o “equivocado”, que tienden a cerrar el intercambio de ideas. Todo lo contrario: estos debates proponen nuevos caminos, métodos y espacios de conversación para profundizar en la compleja relación entre clima e historia, especialmente en nuestros días de calentamiento global.

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