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Fuerza Popular: Ocaso paranormal

Las últimas armas del fujimorismo no vienen de este mundo

Ouija

Al mismo tiempo que el hombre hacía descender una nave no tripulada en Marte, un político peruano, astronauta en Miami, revelaba que un millonario muerto era el financista de una campaña vinculada a dinero presuntamente ilícito.

Hay 185 millones de kilómetros entre Marte y la Tierra. Entre la verdad y la mentira hay una distancia relativa. A veces, milimétrica; otras, astral. Cruzarla depende de una delicada ecuación entre la desesperación y la mala conciencia.

El disloque interplanetario por una coartada de ultratumba confirma aquello que quienes pretenden gobernar el país creen que todos los demás somos idiotas. Y que un ingobernable factor de degradación se cierne, ya sea por karma o por principio de realidad, sobre todo lo que mal comienza.

Lo que hasta hace unos meses era una fuerza política avasalladora y amenazante sobre cualquier atisbo de pluralidad o discrepancia, por propia mano se ha transformado en una fuente de humor involuntario y exotismo penal permanente. La prepotencia como un búmeran letal.

La defensa final del fujimorismo ha quedado reducida a un chiste clásico del costumbrismo contemporáneo, magistralmente interpretado por Miguel el “Chato” Barraza bajo el título de “El cabeceador” (https://tinyurl.com/y7sghns4). Esta situación deja el camino abierto a que una secretaría colegiada a cargo de Tripita, Pitillo y Melcochita tomen las riendas de la reorganización del partido.

El revés en encuestas y aceptación popular es una manifestación social regulada por la poética de la ley de la gravedad. La falacia de la alternativa única, arrogancia sustentada en el culto a una personalidad sin sustancia y la no aceptación de haber perdido las elecciones, está quedando reducida a un triste protagonismo de infortunios, contradicciones y cucharadas de su propia medicina.

Lo que antes celebraban en sus adversarios, la prisión preventiva, es ahora injusticia. Lo que antes era un nido de caviares pro terrucos, la CIDH, es ahora un salvavidas. Lo que no se quiso hacer durante dos años, dialogar, ahora es una necesidad nacional.

La ouija es el último recurso paranormal para validar una honestidad en rigor mortis. Pero sería inexacto reducir lo que le está sucediendo a esa agrupación política como una desgracia personal. Así como sería un error entender el espectáculo público de este derrumbe como un motivo de alegría o de burla. Esto no es ensañamiento, mala suerte o persecución. Es una lección: no existen actos sin consecuencias.


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