[Foto: Getty Images]
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Jaime Bedoya



¿Qué hacía una chica de 16 años en una juerga a esa hora?, se preguntan aquellos inmaculados dados al cómodo deporte nacional de juzgar cadáveres.

Y como aquello además de no incumbirles tampoco lo saben, ellos mismos se responden en diversos grados de fantasía o brutalidad.

Esta última calificación varía según se quiera entender el peculiar proceso mental que asocia tener acceso a un teclado a tener algo trascendente que decir. Es como pensar que tener un cuchillo en la mano convierte a quien lo sostenga en neurocirujano.

Esa es la gran falacia moderna de las redes sociales: pretender establecer que todas las opiniones valen por igual. Internet hace a cualquiera detective, perito forense, experto en sicología adolescente o antorcha moral electrónica.

Si bien cada quien tiene el derecho a pensar lo que quiera, algo completamente distinto es creer que la expresión pública de ignorancia es un asunto de interés público. Infames tiempos en que hablar de lo que no se sabe se ha convertido en una forma de validación social.

Lo irónico, agregando absurdo a la ofensa, es que la joven muerta posiblemente hacía lo mismo que estos jueces cuando tenían 16 años. Que es más o menos vivir explorando los límites de la adolescencia. Es la edad en que se empiezan a inventar coartadas, a buscar oportunidades para tentar lo prohibido, y a querer resolver por uno mismo las preguntas que los adultos no responden. O sobre las que los padres ni siquiera quieren hablar. Una menor requiere referentes en vida, no policías post mortem.

La culpa no es de la tecnología. Sería superficial adjudicar este penoso coro de suposiciones, teorías y condenas sobre una chica muerta a ese nido de ametralladoras en manos de quien tenga wifi en que se han convertido las redes. Hoy es ese el tema sobre lo que hay que decir cualquier cosa. Mañana sabrán todos de dopaje, pasado de historia vaticana, y así sucesivamente. El problema no es la herramienta, sino quien la opera.

La estupidez es consustancial al ser humano. Una de las maneras más flagrantes de ser estúpido es expresarse sobre un tema con autoridad proporcionalmente inversa al conocimiento del mismo. Y eso sí es mérito de Internet: hacer visible y ubicuo lo que antes el pudor escondía bajo un manto de silencio, no de humildad.

Ahora que se puede leer lo que la gente realmente piensa se entiende a qué se refería Cortázar cuando escribía que las hormigas se comerán Roma. El futuro pertenece a los insectos, solidarios invertebrados con antenas que no postean cojudeces.