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"No es no", por Jaime Bedoya

"Disculpen la pequeñez", la columna semanal de Jaime Bedoya.

Columna de Jaime Bedoya

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Le dicen a Adán que no coma el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Convencido por un ofidio intrigante y la curvilínea compañera hecha de su costilla, sucumbe y come. Nace el pecado, nos volvemos mortales. Todo se va al cuerno y por eso hoy tenemos el tráfico que tenemos y Héctor Becerril es un representante de la República al que le pagamos el sueldo.

A Pandora, la primera de las mujeres según la mitología griega, los dioses le dan una caja diciéndole que no la abra: en su interior residen todos los males del mundo. Pandora no puede reprimir la curiosidad y la abre. El sombrío contenido de la caja cubre la humanidad bajo un manto maldito, Grecia cae ante Roma, y apenas hace un mes la selección nacional griega no clasifica a Rusia tras perder ominosamente contra Croacia.

Avisado por los ángeles de su inminente destrucción, Lot huye de Sodoma con Edith, su mujer. Recibe como mandato no voltear a ver qué pasa con Sodoma. Edith no contiene las ganas de ver por sí misma la condena eterna y vuelve la mirada hacia la libidinosa ciudad. En castigo se convierte en estatua de sal. La sal eleva el riesgo de enfermedades cardíacas.

A la Caperucita Roja le advierten que no hable con extraños camino a la casa de su abuela. Ella hace caso omiso y se deja engañar por el lobo en hacer una carrera: él toma un atajo; ella, el camino largo. El lobo llega primero y deglute a la anciana. Luego hace lo propio con la niña. El lobo duerme la digestión mientras los jugos gástricos van diluyendo vivas a la abuela y la nieta. Aparece el leñador, coge un hacha y abre en dos al mamífero para retirar a las dos mujeres sanguinolentas de su interior. La anciana queda traumada de por vida, que no sería mucha, mientras que la Caperucita desarrolla por largos años serios daddy issues: oscila sentimentalmente entre depredadores carnívoros y héroes descuartizadores bajo un caudal anestésico de bebidas alcohólicas.

A Pedro Pablo Kuczynski le dicen que sea firme. Lo es un rato y luego se ablanda. Le dicen que no mienta, pero vuelve a ocultar la verdad. Le dicen que no baile más, y vuelve a bailar. Luego le advierten que no haga lo que no debe hacer, o no lo haga todavía, o por lo menos no lo haga de una manera brutal, como hacerlo en Navidad. Él lo hace de todas maneras y sin avisarle a nadie. Entonces, mientras las calles arden, filma un incipiente videíto con su teléfono para explicar balbuceante que lo hizo por la pacificación.

Adán, Pandora, Lot y la Caperuza se enteran y dicen al unísono: al lado de este ya fuimos.

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