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"Juego tronado", por Jaime Bedoya

"Disculpen la pequeñez", la columna semanal de Jaime Bedoya.

Jaime Bedoya, 27 de agosto

[Fotoilustración: Lourdes Loli Caman]

[Fotoilustración: Lourdes Loli Caman]

Lourdes Loli Caman

La realidad, esa decepción permanente. Cuando lo mismo es lo mismo 24 horas al día el discurso deja de tener sentido. Entonces una versión frívola ocupa el dilema existencial: se le achaca falta de verosimilitud y vacíos al guion del último capítulo de Juego de tronos. Habrían existido maneras de resolver eso.

     Por ejemplo: la tensión entre los doce valientes del Muro
y el ejército de Caminantes Blancos sobre el lago congelado fue interrumpida por un rumor de insubordinación.
Un piquete de maestros en huelga se interpuso entre ambos, concitando inmediatamente la llegada de reporteros, la guardia de asalto y un pinochito, algo lerdo sobre el hielo. Atrás, rezagada, una carretilla de emoliente y huevos duros se aproximaba ante la obvia oportunidad comercial del día. Hacía frío.

     “No nos negamos a la evaluación, pero bajo otros criterios”, declaraba un dirigente a la prensa mientras un caminante detrás de él encogía los hombros en señal de coincidencia tras su mirada azul. En frente, un grupo de policías de asalto rodeaba a los 12 conminándolos a circular. Jon Snow miró a Jorah Mormont sorprendido, como diciéndole: “Explícales que soy el Rey del Norte y tenemos una misión que cumplir”.

     Jorah empezaba a hablar cuando el policía le dijo: “Ahora no joven, circule”, empujando con su escudo de plexiglás la espada de acero valyrio.

     El Perro empezaba a perder la paciencia cuando el primer gas lacrimógeno impactó a su lado. Las cámaras de televisión registraron al gigante Sandor Clegane tosiendo y maldiciendo mientras a
Tormund parecía divertirle la situación. “¡Sabía que eras un marica!”, le gritaba divertido el pelirrojo.

     Lejos de ahí, en Winterfell, el congresista Becerril, Petyr “Meñique” Baelish y Pedro Castillo se reunían en privado para conformar una lista de WhatsApp entre los tres. No sabían que eran observados por la sigilosa Arya Stark con dos máscaras de Braavos en su morral: una de su hermana Samsa, la otra de Marilú Martens.

     Gendry ya había huido hacia el castillo, siendo interceptado en el camino por raqueteros a bordo de un Audi negro. Daenerys y sus dragones tenían 45 minutos de tráfico por delante según Waze, circulación complicada por desvío de rutas ante las marchas.

     En esos momentos en Dragonstone, un meditativo Tyrion Lannister se encontraba con el suspendido Kenji Fujimori oteando el horizonte desde lo alto del acantilado. Ambos se miraron en silencio durante 22 minutos intentando decirse algo. Fue en vano. No había palabras.

     La confusión se había instalado en el lago congelado. “¡No sabes con quién estás hablando!”, amenazaba Mormont al comandante de asalto que les impedía avanzar. Jon Snow, atrapado entre policías y prensa, recibía confundido a un cuervo que le acababa de entregar un mensaje en una lengua ininteligible, que leía una y otra vez con la boca abierta: Aumentar Keiko para 500 e eu fazer visita.

     Los Caminantes Blancos se habían sumado a la olla común de los maestros. Sus intentos por disfrutarla eran inútiles, la sopa se filtraba entre sus costillas. Algunos voluntariosos contribuían agregando un fémur al caldo, lo que propició notas de color local para los noticieros. “Mistura zombi”, fue el título de uno de esos reportajes.

     A la distancia, desde un promontorio que dominaba la extraña situación que se desenvolvía sobre el lago congelado, el Rey de la Noche descabalgaba con fastidio de su caballo muerto. Hizo un gesto con la mirada hacia el emolientero.

     “Cuándo acabará esta cojudez”, pensaba mientras mordía su huevo duro, calientito.

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