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Columna de Jaime Bedoya

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Televisor, te saludo, noble bestia eléctrica. Miembro putativo de la familia sin conversación y espíritu del desamparo del almuerzo a solas. Así te hayas convertido en un electrodoméstico venido a menos en virtud del néctar narrativo del ubicuo streaming móvil. Antes eterno, hoy descartable. Siempre nos quedará Emaús.

     Pero tranquilo, respira. Enfrentas ahora uno de tus momentos estelares, posiblemente una última razón de ser aparte del pesar testimonial de cataclismos y barbaries: la selección se juega la posibilidad de ir a un Mundial en vivo y en directo. Entusiasta condición del pleonasmo comparable con subir arriba o salir afuera. Es lo que provoca el fútbol. 

     Durante tres y media dolorosas décadas has sido punto focal protagónico de la plena ansiedad y del gozo a medias mundialista. Que no es otro sino el agridulce sabor del balompié nacional sazonado en su gitanería gourmet. Ese saborcito que ya conocemos y en donde el puntapié fallido del Cóndor Mendoza será un kion mordido eternamente a ciegas.

     Tú, televisor peruano, altar visual de la ilusión propulsado por oportunista humo rojiblanco, has recibido sobre tu lomo —cuando lo tenías— ropitas de crochet, fauna cerámica y, en el momento de la verdad, efigies portátiles de santa Rosita y san Martincito, guardianes celestiales de la portería peruana con prioridades más urgentes que atender. Como el perro, el pericote, el gato. O el tsunami por llegar apenas pestañeemos.

     En honor a tu prehistoria evoquemos con agradecimiento funcional tus rudos diales manuales, instancia previa a la ociosidad perfecta del control remoto. Su sonora maniobrabilidad mecánica descifraba el canal indicado cual mecanismo secreto de la más tosca caja fuerte. De igual manera reconozcamos con añoranza la pericia adquirida respecto al sutil juego de transversalidades combinables de tus antenas de conejo, artesanía receptora que precisaba una sinergia armoniosa de intuición y azar.

     Los mejores de los tuyos reposan ahora en cementerios eléctricos y bares retros. Yacen mudos y opacos aquellos que en sus días de gloria fueran objeto de deseo y de dolencia cardíaca futbolística por igual. Se sienten pasos, el rincón de las ánimas, gritaban pundonorosos sus discretos parlantes monoaurales. Descansen, guerreros olvidados de mil batallas perdidas.

     Los relevan esbeltas y digitales versiones de lo que ustedes alguna vez quisieron ser. Las mejoradas prestaciones actuales, tales como la exacerbada resolución de estética microscópica e intrusiva conectividad permanente, reposan en la frontera moderna entre lo exquisito y lo superfluo, delgada línea floja en la que la obsolescencia reina. Poderosa palanca de compra de algo que no necesitamos pero debemos tener.

     Al fin y al cabo las escuálidas pantallas actuales siguen siempre al servicio del mismo ilusorio propósito, ahora en alta definición: poder ver en público que somos capaces, alguna vez, de ganar algo, de salir del hoyo tóxico del sí se puede para alcanzar la meseta del sí se pudo.

     Ustedes, pretenciosos e inteligentes televisores modernos, hagan su parte. Tal como la hicieran sus honrosos antepasados, así los resultados hayan sido sentimentales antes que competitivos. Y háganlo bien, que en estos tiempos la venganza sería terrible: ver el resto del Mundial entre la amargura y la resignación, desde la mezquina pantalla de un teléfono, por ejemplo.

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