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Los legados del terror, por Mauricio Zavaleta

Publicado por la Universidad de Texas, aparece un libro editado por Hillel Soifer y Alberto Vergara, que ofrece nuevas luces sobre el incierto periodo de violencia.

Lucanamarca

La matanza de Lucanamarca fue uno de los hechos más execrables de los años del terror.

“¿Es posible la victoria de Sendero Luminoso?”. Cynthia McClintock, una de las primeras académicas en estudiar la emergencia de Sendero Luminoso (SL), se hacía esta pregunta a inicios de los noventa. La violencia senderista y su rápida escalada habían sorprendido no solo al país en su conjunto, sino también a la comunidad académica dentro y fuera del Perú. Con esta interrogante, McClintock empezó el capítulo final de un volumen colaborativo, entre analistas peruanos y extranjeros, editado por David Scott Palmer, en 1992. Escritos antes de la captura de Abimael Guzmán, los trabajos daban cuenta de un escenario incierto: SL intensificaba sus acciones terroristas y no parecía haber salida inmediata al tinglado de violencia y crisis económica.

Sin embargo, para sorpresa general, el conflicto acabó más rápido de lo previsto. Sendero se descompuso aceleradamente tras la captura o muerte de los miembros de su comité central y hacia 1995 la cifra de víctimas disminuyó notablemente. Pocos antes de finalizar los noventa, otro volumen colaborativo entre académicos peruanos y extranjeros fue publicado bajo el título Los senderos insólitos del Perú (1999). Editado por Steve Stern, abarcaba desde el surgimiento senderista hasta las inmediatas secuelas de la violencia. La academia pasó, rápidamente, de preguntarse sobre la posibilidad del triunfo senderista (e imaginar las polpotianas consecuencias) a explorar los legados de lo que, ahora, Hillel Soifer y Alberto Vergara han denominado “los largos años ochenta”.

—Una época oscura—
En Politics after violence. Legacies of the Shining Path conflict in Peru, publicado por el fondo editorial de la Universidad de Texas, Soifer y Vergara (los editores) se preguntan por los legados de la violencia en la opinión pública, las instituciones estatales, la sociedad civil y los partidos políticos. El libro aborda en sus 11 capítulos, escritos en su mayoría por politólogos y politólogas, las herencias políticas más resaltantes de los “largos ochenta” (1978 – 1993). Este marco cronológico que difiere de la Comisión de la Verdad y Reconciliación permite a los autores analizar las secuelas del ciclo político inaugurado con la salida de los militares del poder —a fines de los setenta— y concluido con la derrota de las organizaciones terroristas, la crisis de los partidos y el quiebre de la democracia, a principios de los noventa.

Tal vez por ello, los capítulos dedicados a los efectos de la violencia en la sociedad civil y los partidos políticos sean los más logrados del volumen y los que se complementan entre sí de manera más consistente. Es conocido que los partidos, en su conjunto, sucumbieron en medio de las balas y la hiperinflación. La izquierda política, como muestra Paula Muñoz (cap. 8), no pudo construir una organización partidaria a pesar de su éxito en las urnas, pero, sobre todo, fue incapaz de abandonar la retórica revolucionaria. Ante la escalada de la violencia, la izquierda legal fue vista por los ciudadanos como un primo demasiado cercano del senderismo y el emerretismo, lo que melló su atractivo electoral y facilitó su estigmatización (ver también Burt 2009).

Alberto Vergara

Alberto Vergara. Uno de los editores del libro. 

—La caída del sistema de partidos—
La violencia también barrió con la derecha partidaria. Alberto Vergara y Daniel Encinas (cap. 9) sostienen que el ascenso político de Vargas Llosa introdujo las ideas de la “nueva derecha” anglosajona en la arena nacional, pero el triunfo final del fujimorismo originó una derecha local que —hasta la actualidad— es liberal en lo económico pero iliberal en lo político. Después de la caída del sistema de partidos, la derecha política no se organizó de manera partidaria, más bien, de acuerdo con los autores, se aglutinó en un “archipiélago conservador” (p. 226) compuesto por bancadas partidarias, tecnócratas, gremios empresariales, un sector de la Iglesia cercano a Juan Luis Cipriani y algunos medios de comunicación, un conjunto de ‘islas’ que defienden de manera consistente el modelo económico surgido a inicios de los noventa.

Este volumen muestra cómo el periodo de violencia significó un cambio fundamental en la distribución del poder en el país y la continuidad de un orden político que sobrevivió a la transición democrática de los 2000 (ver las Conclusiones a cargo de Steven Levitsky). ¿Cómo interpretar este legado? Es una tarea colectiva reflexionar al respecto. Esperemos que el libro sea traducido y pueda ser discutido por un público amplio e incentive nuevas investigaciones sobre una época que nos ha marcado tanto.

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