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Leoncio Bueno: Soldado viejo

El poeta cabalga a sus 97 años, y aunque el invierno limeño no lo trate bien, en sus dominios de los arenales de Tablada en Lurín sigue escribiendo y publicando poesía, ahora incluso en las redes sociales.

Leoncio Bueno

Leoncio Bueno en su casa, en mayo de este año. El poeta ha sido soldado, obrero, mecánico y periodista. [Foto: Hugo Pérez]

Leoncio Bueno en su casa, en mayo de este año. El poeta ha sido soldado, obrero, mecánico y periodista. [Foto: Hugo Pérez]

Hugo Pérez


Por Eloy Jáuregui

Está convaleciente. Tres colapsos pulmonares lo tienen delicado. Lo nebulizan tarde y noche, y no puede hablar mucho porque se queda sin resuello. Me cuenta sin drama que ya pronto estará acompañando a los espíritus de Ulises, de Sócrates, de Condorcanqui. Y se emociona con lo que pasa hoy en el mundo. En la serie de poemas “Soldado viejo”, publicada hace unos días en su cuenta de Facebook, se lee: “Ni una tumba, ni una flor y ni un quejido./ ¡Solo poemas arrancados por el viento!/ Solo y débil, solo, el viento quedará afligido/ Entre las nubes por este soñador severo en albas”.

Leoncio Bulmaro Bueno Barrantes nació el 2 de enero de 1920 en la hacienda La Constancia, en el distrito de Chocope, departamento de La Libertad. Extrañamente zambo, este heredero de don Wulmar Leoncio Donador Bueno Tello —natural de San Marcos, Cajamarca— y de doña Sara Barrantes Matos —oriunda de Trujillo— es hijo, pues, de cholo italocajamarquino y negra amorosa de cañaveral. En su poema “Leoncio Bueno recordando a su padre” dice: “Mi mamá, que era una morena en razada y bien polenta,/ a veces desgranaba historias picantes sobre mi padre/ Que era un cholo blancón, buen mozo y bien jijuna”. Entonces nació patizambo y conoció su asunto como sacristán de pueblo, experto en entripados y entuertos mayores.

Leoncio  Bueno y su mamá

Leoncio Bueno junto a su mamá. [Foto: Archivo personal]

El poeta Leoncio Bueno junto a su mamá. [Foto: Archivo personal]

Archivo personal

De pronto, lo ataca ese frío de vieja que se disipa cuando recuerda que toda su vida fue un sindicalista, un luchador social y un periodista insobornable pero, sobre todas las cosas, un poeta. Un poeta del pueblo. A los 12 años era peón y limpiador de trapiche en la hacienda norteña de Casagrande. Y fue infeliz hasta que descubrió que su deber era ser un “paladín”. ¿Cómo que paladín? Gesticula rotundo: “Yo soy un producto salvaje de la naturaleza. Si apenas terminé la primaria y trabajaba 12 horas. La gallada, sin embargo, estaba preocupada por la cultura. Había que leer a H. G. Wells en Breve historia del mundo y a Homero en la Ilíada. Hacíamos una chancha y mandábamos a un monosabio a Trujillo para que nos compre los libros. Y por Vargas Vila, quien decía que para ser buen escritor primero había que ser buen poeta, me enamoré de la poesía. Claro, leíamos a Vallejo, pero más a Amado Nervo, Rubén Darío y los españoles del 98. Entonces el estilo era romanticón. Yo me dije, antes de venir a Lima, que había que fundar un estilo, hasta que conocí a Haya de la Torre. Ahí nos jodimos varios”.

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“En el taller de Casagrande, el maestro le dijo a mi mamá que yo era un chico muy ignorante, que estaba muy atrasado en aritmética, y que comprara una pizarrita para que él me enseñara. Eso me avergonzó mucho. Entonces yo me dije: ‘Me voy a educar en forma autodidacta, voy a leer libros, voy a prepararme por mí mismo. No necesito maestro’. Y así agarré poesía y lucha social de raigambre campesina. Luego la vida me llevó a ser invasor de barriadas en la capital, soldado de caballería, obrero, mecánico, periodista y portero”, cuenta. Y recuerda también a sus maestros anarcosindicalistas. Entonces él también quiso ser un buen orador, polemista y escritor, y dar la pelea en los sindicatos, en los partidos. Y jura que su anarquismo travieso se hizo militancia aprista por la personalidad del líder.

Leoncio Bueno en la isla El Frontón

Leoncio Bueno en la isla de El Frontón. [Foto: Archivo personal]

 El también periodista estuvo 4 años en la isla de El Frontón. [Foto: Archivo personal]

Archivo personal

Luego, por estar contra el estalinismo que se había instalado en los partidos comunistas latinoamericanos, Leoncio Bueno se hizo trotskista. Un asunto extraño porque él era obrero; y los trotskistas, de clase media. De pronto, se vinculó a poetas tan disímiles como Emilio Adolfo Westphalen, Xavier Abril y César Moro, con quienes creó el Grupo Obrero Marxista; y con Víctor Mazzi, Eliseo García Lazo, José Guerra Peñaloza y Carlos Gómez Loayza, quienes dieron vida al Grupo Primero de Mayo. Fue militante del Partido Comunista Peruano, pero debido a un choque con la cúpula durante la huelga general de 1944, fue expulsado. Luego de eso, coincidirían en toda marcha, huelga o llamado al activismo político.

Los poetas de los setenta lo reconocíamos por sus versos de La guerra de los runas, libro fundamental en su obra e hito de la poesía de la migración, iniciada por José María Arguedas. Este canto nacional sentó las bases de una nueva estética que luego estalló con toda su vibración. Bueno devino en fundador de una poética del desarraigado y de la esperanza. Aunque es considerado por la crítica y los lectores como un poeta “de los de abajo”, Bueno es un hombre cultísimo, un vanguardista que en aquellos años recomendaba leer sobre el estructuralismo y el pensamiento posmoderno. Era especialista en Barthes y en Foucault.

Leoncio Bueno  en su taller El Túngar

Bueno en su taller El Túngar, en el distrito de Breña, donde solía recibir la visita de periodistas, poetas y escritores. [Foto: Archivo personal]

Bueno en su taller El Túngar, en el distrito de Breña, donde solía recibir la visita de periodistas, poetas y escritores. [Foto: Archivo personal]

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Allá en los pagos de la hacienda norteña de Facalá, Natividad Matos Urdanivia Goycochea tenía un burro que bautizó como Ragnut. La señora era la abuela de Leoncio Bueno y sabía hasta curar el susto. A fines de la década del cuarenta, cuando ya se había establecido en Lima, Leoncio Bueno pasó una temporada en la cárcel por llamar “sirviente del capitalismo” al entonces presidente Bustamante y Rivero. Como se recordará, a Bustamante y Rivero lo derrocó Odría. Y Bueno volvió a la cárcel en 1952, condenado por instigar una conspiración en su contra. Pasó cuatro años en El Frontón, donde comenzó a escribir. Seis meses después, ya en libertad y sin trabajo, inauguró su taller de arreglo de baterías en calle Restauración 180, Breña. ¿Cómo lo llamó? El Túngar, el nombre del burro de su abuela escrito al revés. Fue ahí donde se reunía con escritores, periodistas y jóvenes poetas.

Bueno recuerda: “Con otros compañeros ya nos habíamos instalado en la Asociación La Libertad y Pampas de Comas, con los gérmenes de las primeras invasiones de tierras en Lima desde 1958. Y ahí, en Comas, viví hasta 1975, hasta que Velasco nos persiguió y me tuve que refugiar en la Tablada”. Desde hace 37 años vive en esta casa junto a su esposa, Blanca Rojas. Tiene diez hijos, ocho nietos y tres bisnietos. Algunos residen en Europa, otros en Lima. En su trabajo intelectual lo ayuda su hija Gladys, quien es una suerte de asesora y secretaria que se encarga de transcribir sus trabajos y lo apoya en la elaboración artesanal de sus libros.

Leoncio Bueno junto a Carmen Ollé y Enrique Verástegui.

Leoncio Bueno en compañía de los poetas Carmen Ollé y Enrique Verástegui. [Foto: Archivo personal]

Leoncio Bueno en compañía de los poetas Enrique Verástegui y Carmen Ollé. [Foto: Archivo personal]

Archivo personal

Como todos, es poeta sin CTS ni AFP. Acaba de cumplir 97 años y yo lo veo vital, aunque sufra de furor existencial. Le duele el pecho por el asma y le friega el corazón por la sangre espesa de vida intensa. Hace unos años le confesaría al poeta Feliciano Mejía: “Mi libro Al pie del yunque interpreta y manifiesta el sentir campesino, las vivencias, la época en que viví con la voz e identificado con el paisaje y los sentimientos de la gente del campo. En Pastor de truenos, en Rebuzno propio y en Invasión poderosa hay un cambio radical de la expresión, de mi manejo del lenguaje, que se vuelve citadino, y aplico la oralidad. Claro que sus gérmenes están ya en mi primer libro. Pero el manejo del lenguaje, de los versos, los recursos lingüísticos en ese primer libro son aún tradicionales”.

Ahora Leoncio Bueno no puede hablar demasiado, pero en su mirada uno entiende que lo dice todo. Que habla del país todavía con esperanza y que pone ante nosotros su vida, que es el derrotero de un escritor de bien que se apasionó por la solidaridad con los hombres y la defensa absoluta, sin indulgencias, de su libertad y la de los otros. Entonces se tranquiliza y uno sabe que su poesía no es más que la épica de su tiempo y sus batallas.

Leoncio bueno en la Casa de la Literatura Peruana

El año pasado, en la Casa de la Literatura Peruana, cuando el poeta fue homenajeado y premiado por esta institución.

El año pasado, en la Casa de la Literatura Peruana, cuando el poeta fue homenajeado y premiado por esta institución.

Casa de la Literatura Peruana

Su vida, sus poemas
“Mi poesía revela lo que soy. Soy un hombre de Tercer Mundo. Soy un hombre que trata de exponer su cólera; su inconformidad con el mundo; su civilización; y su propia especie, que destruye no solo para sobrevivir, sino para ejercer la dominación y el enriquecimiento desmesurado de una minoría impuesta. Debo confesar que no me siento poeta. Ser poeta es una metáfora que han creado los griegos. Solo diez años después de que estés muerto se sabrá si en realidad eres poeta. Si después de esos años se acuerdan de ti, te lloran y te recitan, entonces sí lo eres. Cuando me dicen ‘poeta’ me siento vivo, siento que aún no me he muerto. Sé que falta poco para eso, y aunque no sabré si después de diez años de dejar este mundo me leerán, confío en que siquiera uno de mis poemas será recitado”.

Testimonio al recibir el Premio Casa de la Literatura Peruana 2016.


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