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"Hay, en el MEF, una incomprensión respecto al sector: ninguna editorial publica solo libros rentables"

Continúa el debate. Nuestro columnista Jerónimo Pimentel escribe esta semana sobre la Ley del Libro, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Lima. Lee aquí la nota completa. 

"Hay, en el MEF, una incomprensión respecto al sector: ninguna editorial publica solo libros rentables"

"Estimar las ganancias de las editoriales pensando en el costo de impresión como única variable es de una ignorancia alarmante", escribe en referencia al Ministerio de Economía y Finanzas. 

archivo el comercio

El sector editorial en el Perú es peculiar: posee el evento cultural más importante del país en términos de asistencia, la Feria Internacional del Libro de Lima, y a pesar de los numerosos limitantes no solo subsiste, sino que crece. Es más o menos claro que el sector tiene un problema de imagen y que no ha logrado dar el salto a ser motivo de orgullo nacional. La última campaña en favor de la renovación de la Ley del Libro, irónica y divisiva, no ha permitido posicionar la importancia de esta industria cultural. Pero ese es el menor de los problemas. Los importantes son de fondo y de distinto corte: político, legítimo, legal, comercial y educativo.

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En la arena política el escollo parece ser idiosincrásico. El MEF desea imitar —como en todo— el modelo chileno, y, por tanto, busca alinearse con el único país de la región que grava los libros con IGV. Lo que no toma en cuenta es que ambas realidades no son comparables. Piénsese en el alto nivel de consumo de la clase media chilena, los múltiples estímulos a la creación y edición con los que cuentan los autores del sur, así como su robusto fondo de compras estatales, que logra abastecer su sistema de bibliotecas. Por no hablar de la ausencia de piratería y nivel educativo... Pensar que el Estado peruano es capaz de replicar de la noche a la mañana estas condiciones es pensar mucho. Basta ir a cualquier biblioteca municipal para entender cuán lejos vamos al respecto.

La legitimidad es otra batalla inconclusa. El gremio editorial amenaza con traspasar el impuesto al padre de familia, pues el grueso de la producción sigue siendo texto escolar, de compra obligada, para asegurar así una solidaridad con los afectados. Por otro lado, y aquí la izquierda ha encontrado un caballito de batalla, persiste la idea de que la exoneración tributaria solo beneficia a unos cuantos. Sobre lo primero, el gremio debe entender que el miedo no es nunca un buen aliado. Sobre lo segundo, la idea es que el beneficio se extienda, no restringirlo, de tal forma que alcance a las editoriales pequeñas y se asegure el objetivo de la bibliodiversidad. Esto último no es baladí. Recrudecer las condiciones tributarias, en la práctica, será un castigo que solo las casas más grandes podrán soportar.

El tema legal, sin embargo, es el más urgente: la piratería sigue siendo el gran lastre de la industria. El Estado es incapaz de establecer condiciones mínimas que aseguren, para usar los términos que gustan al ministro Oliva, la inversión privada. Esta precariedad institucional se suma a una ambigüedad comercial, crítica. Hay, en el MEF, una incomprensión respecto al sector: ninguna editorial publica solo libros rentables. Y estimar las ganancias de las editoriales pensando en el costo de impresión como única variable es de una ignorancia alarmante. Significa asumir que las ediciones se venden enteras, que los libros se editan, diseñan y corrigen solos, que las librerías no perciben un descuento sobre el PVP, que los autores no cobran regalías, etcétera. Quién diría que la tecnocracia del MEF era capaz de hacer informes tan lisérgicos.

Fuera de ello, hay una singularidad más acuciante. Hay
valores inmateriales (estéticos, simbólicos, pedagógicos) que entran en juego cuando se toma la decisión de qué publicar y qué no. Por dar un ejemplo que el MEF pueda entender: los libros de Porras, Valdelomar y Basadre no fueron escritos ni publicados bajo la idea de generar lucro. Y, a pesar de ello, sus rostros adornan los billetes que emite el BCR y su enseñanza es obligatoria en las escuelas. ¡Celebramos que así sea! Es lo que diferencia a un país de un banco.
El libro no es una mercadería regular, menos un commodity, y, por tanto, no puede ser tratado como tal. Las editoriales no son solo empresas, sino también centros culturales, medios para visibilizar visiones, creaciones y experiencias. Si el Perú tuviera una política cultural estatal (pero cómo la tendría con 11 ministros de Cultura en nueve años de cartera), quizás se podría encontrar la manera de entender y discutir la especificidad del sector. Pero para el martillo que es el MEF todo lo que está alrededor son clavos. Incluso los poemas de Blanca Varela.

*Director general de Penguin Random House en el Perú


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