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Mario Osorio: los símbolos en partituras

Hace una semana murió uno de los pensadores más originales de las sociedades andinas. Su obra es una mezcla feliz de ciencia, arte y espiritualidad.

Mario Osorio Olazábal

Desde los 20 años se dedicó a investigar a las sociedades andinas ancestrales y contemporáneas. [Foto: Musuk Nolte / Archivo el Comercio]

Musuk Nolte / Archivo el Comercio


Por Mariana Tschudi / Santiago Pillado-Matheu 

Miremos las cosas en el sentido complementario. Pongamos el sur arriba y el norte abajo. Olvidemos algunos preconceptos e integrémonos con las plantas, los animales y las montañas; con los ciclos del agua y de la tierra; con el sonido y el silencio. Solo de esta manera, tal vez, podamos entender la dualidad que rige la vida y la sabiduría de la naturaleza a la que pertenecemos. Y, quizá, solo entonces podamos acercarnos al pensamiento de Mario Osorio Olazábal, quien falleció el domingo pasado dejándonos una obra revolucionaria sobre el amplísimo significado de las sociedades andinas.

Nacido en Arequipa en 1948 y arquitecto de profesión, Osorio dedicó 50 años de su vida a la investigación del mundo de los Andes. Publicó más de 30 libros en los que ofrecía las pautas para comprender las ciencias, las artes y la espiritualidad de nuestras naciones ancestrales. De esta forma, rompió todos los paradigmas de conocimiento impuestos culturalmente. Esta comprensión no solo pasó por un análisis racional muy elevado, sino también por una conexión espiritual profunda y una capacidad constante de mirar las cosas en el otro sentido.

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El reto de escribir un artículo acerca del legado de Mario Osorio Olazábal es inmenso, ya que para él la palabra tenía una fuerza que una vez emitida, siempre retornaba. La palabra debía ser impecable, algo muy difícil de encontrar hoy si tomamos en cuenta la banalidad imperante en los discursos de la política, la mayoría de medios de comunicación, la publicidad o la economía.

Para Osorio, a través de nuestros cuerpos se manifiestan nuestros espíritus y son, además, los observatorios más refinados que existen. Los sentidos nos permiten captar y filtrar la información que recibimos. Debemos estar muy centrados en nuestros ejes para poder descifrar qué influencias han sido inculcadas socialmente, y nos han creado fundamentalismos que no nos permiten conectarnos con verdades universales. Es importante cuestionarnos todo lo aprendido en nuestras familias, colegios, universidades… cualquier sistema de aprendizaje, y observar quiénes y con qué intención nos han inculcado esas creencias.

La visión que vino con la Conquista, promovida por la religión católica, es rígida y no integra otras maneras de comprender el mundo. Dicha visión prioriza la racionalidad sobre el sentir, al hombre sobre la mujer, y nos divide en dos polos. Esta división contempla solo el lado derecho —el del orden, la razón, la masculinidad, el sol, la luz— como superior al izquierdo —el del caos, la intuición, lo femenino, la luna, la oscuridad—. Es absurdo y desbalanceado pensar en un polo como superior al otro. No hay luz sin sombra. Y de las dudas nacen las certezas; de los miedos, el coraje. Se trata de fuerzas complementarias que, al dividirlas, solo nos rompen como seres humanos y rompen nuestra conexión con el entorno, con la naturaleza.

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“La arquitectura andina fue concebida como integradora de las actividades de la naturaleza con las humanas. Un medio que recuerda constantemente al ser humano sus funciones y propósitos en esta forma de existencia temporal, sin perder sus relaciones con las criaturas de su entorno ni con el espacio que lo acoge. La sociedad andina ancestral, al aplicar correctamente la ciencia, la transformó en arte; concepto que se puede apreciar en la hechura del conjunto de obras que elaboró y que hemos heredado en el territorio que administró con plena eficiencia”, escribió Osorio.

Si se comprende profundamente la visión andina de fuerzas complementarias, se puede entender también la apertura que tuvieron los incas cuando llegaron los conquistadores. “Hay que comprender por qué sucedieron las cosas. Si no se sana la historia, no se puede sanar un país”, decía. En ese sentido, nos habló de la importancia de salvaguardar las lenguas originarias, como el runa simi, que todavía están conectadas con verdades ancestrales.

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Su visión revolucionaria le costó la incomprensión, la desacreditación y el rechazo de gran parte del circuito académico, pero también la admiración y el agradecimiento de quienes tuvieron esa apertura que pedíamos al inicio de este pequeño homenaje. Él transmitió todo este conocimiento también en su poesía, la pintura y la música. Su última producción, el disco doble Turquoise Boy (goo.gl/xxQYd4), es una muestra genuina de su conexión con la simbología andina traducida en notas musicales. Él también convertía los símbolos en partituras.

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