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Melville bicentenario, por Jerónimo Pimentel

El periodista y escritor Jerónimo Pimentel rinde homenaje al creador de una de las novelas más leídas de la literatura universal.

Melville bicentenario, por Jerónimo Pimentel

Portada del clásico de la literatura escrito por Herman Melville

Esta columna le debe su nombre a Herman Melville, aunque el mito de la ballena es anterior y se rastrea en la literatura judeocristiana hasta Jonás, por lo menos, mientras que su conversión en modelo narratológico se debe a la tesis del monomito de Joseph Campbell. El vientre de la ballena, para el antropólogo norteamericano, es el símbolo que representa el momento de cambio entre el mundo conocido y el venidero. Lo desconocido es oscuro y esa oscuridad abraza al héroe, produciéndose un estado de suspensión. El viaje, por tanto, es interior.

Melville, quizás por sus profundos conocimientos bíblicos, intuyó el proceso. De joven renegó del país y se enroló a conocer la parte líquida del mundo, como luego la llamaría. Esos trayectos, que incluyeron dos pasos por Lima, resultaron en novelas de aventuras bastante estimables, como Taipi y Omú. Quien se acerque a ellas con ánimo ligero y sin exigencias posmodernas será recompensado. Ninguna de ellas, sin embargo, podrían anticipar lo que vendría después: Moby Dick; o La Ballena.

Moby Dick

(Ilustración: Giovanni Tazza).

Ilustración: Giovanni Tazza.

Novela sobre todo peculiar, se puede leer como un manual sobre la caza de ballenas en el siglo XIX, como un derivado de la literatura de viajes, como un tratado natural sobre los cetáceos, como una gran metáfora sobre el alma industriosa del pueblo norteamericano, como un estudio precursor sobre la obsesión psicológica (Ahab) o como el compendio enfebrecido de todo lo anterior. Pero mal haría el lector en acercarse a ella con otra actitud que no sea la del hombre que busca la voz de otro hombre que ha vivido más y sabe más.

Quizás más sorprendente aún es que Melville haya producido el reverso perfecto de este portento en otra pieza, esta vez minúscula, escrita también con ingredientes mínimos: Bartleby, el escribiente. Mientras Ahab simboliza lo que Feinmann llama la “locura imperialista, el expansionismo fanático, indetenible”; el burócrata de Wall Street, como bien entendió Borges, anticipa a Kafka, lo que significa sondear los límites de lo humano entre la tragedia del destino y el espejo del absurdo. Con ambas creaciones, Melville creó el siglo XX y delineó su campo de acción. La neurosis y la paranoia por la consecución del objetivo a costa de todo, incluso de uno mismo; y la compresión y negación como vía de escape para salvarse de la ciudad enajenada, el trabajo alienante y las maneras de los otros.

Pero ni Moby Dick ni Bartleby se agotan en interpretaciones. Por eso lectores inquietos como Alberto Isola y Rosella di Paolo, si me permiten dos infidencias, vuelven a ellas una y otra vez, y las asedian, pues intuyen que entre sus capas habita una verdad espiritual e inasible a la que de tanto en tanto toca volver como quien peregrina en búsqueda de un ídolo pagano o vuelve a rezar a un templo oculto. Llamémosle a ese lugar, solo por conveniencia, el vientre de la ballena. Ahí nos encontramos a veces y nos saludamos con leve complicidad, pues es así como se reconocen aquellos que, en las noches oscuras, encuentran en la disposición de las estrellas a una ballena blanca navegando en lo negro cósmico.


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