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En busca de la memoria audiovisual perdida, por Óscar Bermeo

La carencia de un archivo audiovisual o una cinemateca nacional pone de manifiesto el histórico descuido de nuestro patrimonio audiovisual. Algo parece empezar a cambiar.

Juliana

Juliana ( 1989 ) es una de las dos películas del Grupo Chaski que ha sido recientemente digitalizada.

Hace tres años, el cineasta Gonzalo Benavente inició una investigación que resultaría complicada en su ejecución. Se planteó realizar un documental sobre las luchas del campesinado peruano durante la primera mitad del siglo XX hasta la Reforma Agraria.

La búsqueda de material audiovisual de la época lo enfrentó con una dura realidad. “Resultó complejo encontrar algo. Muchas grabaciones han desaparecido porque estaban en custodia de particulares que no pudieron guardarlas en buenas condiciones. Otro tanto se extravió. Es triste, pero resultó más fácil encontrar imágenes fuera del Perú que aquí”, anota.

Universidades y fundaciones extranjeras proporcionaron los videos que Benavente no pudo encontrar en los archivos peruanos. “En el país no hay un espacio oficial al cual uno pueda acudir si está buscando material audiovisual de décadas pasadas. Es raro, pero, por ejemplo, la gente de 40 años hoy no sabe cómo era la Lima de los años sesenta”, apunta.

Durante mucho tiempo, la preservación del patrimonio audiovisual no ha sido una prioridad del Estado ni de agentes particulares. Es conocida la práctica de varios canales de televisión de regrabar sobre las cintas o casetes que contienen material antiguo. Por abaratamiento de costos o desidia archivística, con estos actos se fue boicoteando nuestra memoria audiovisual.

—Un valor inmaterial—
En los últimos años, con la creciente producción nacional, y con el interés de las nuevas generaciones por repensar nuestra filmografía y el impacto actual del lenguaje audiovisual, es que empieza a pensarse en la necesidad de contar con un archivo audiovisual nacional, y este tema empieza a ser una demanda colectiva.

El primer paso ha sido identificar dónde han estado desperdigadas las mayores colecciones del país. El año pasado se sentaron en la misma mesa, por primera vez, representantes de la Biblioteca Nacional, el Archivo General de la Nación, el Instituto Nacional de Radio y Televisión (IRTP) y la Dirección Audiovisual, la Fonografía y los Nuevos Medios (DAFO). Se revisó qué tenía cada uno, compartieron experiencias y se establecieron algunos lineamientos comunes para la preservación del acervo de cada institución.

El material identificado se reparte entre vinilos, soportes fílmicos, magnético y digital, que requieren tratamientos particulares. A ellos debemos sumar el catálogo de la Filmoteca PUCP, que conserva, en películas de 16 y 35 mm, el patrimonio de cintas de la DAFO heredadas del antiguo Conacine.

En la conversación aparecieron trabas legales irresueltas, las cuales podrían complicar la ejecución de planes de conservación. “La ley de patrimonio cultural contempla el fílmico solo en su dimensión material. Es decir como un bien mueble, un soporte, cuando sabemos que lo que vale es el contenido”, señala Pierre Emile Vandoorne, director de DAFO.

La apuesta sería incluir el valor inmaterial de las cintas, estableciendo un marco normativo específico que proteja los contenidos, pero sin descuidar los soportes y sus proyectores. “Cuando tienes un formato obsoleto se requiere el reproductor de ese formato para digitalizarlo”, dice Vandoorne.

Archivo

La BNP guarda una importante colección audiovisual. La imagen corresponde a noticieros de la década de 1940 sobre un aluvión en Huanta.

—Múltiples miradas—
El investigador y crítico cinematográfico Isaac León Frías es uno de los que más ha trabajado el tema. Para el estudioso es importante restaurar los materiales antes de su digitalización. Aunque ello puede conllevar costos importantes debido a que en el país no se cuenta con los laboratorios necesarios. El segundo paso sería ponerlos a disposición del público. “No se puede dar premios a coleccionistas para restaurar sus colecciones personales. No tiene sentido. Eso tiene que hacerse en función de un archivo audiovisual nacional. Donde no solo esté la obligación de conservar, también de restaurar y difundir”, apunta.

En similar línea, la comunicadora Katherine Díaz, quien viene realizando investigaciones del tema desde el sector académico, apuesta por la circulación de los contenidos. “Más que hablar del espacio físico que albergue el archivo, debe priorizarse la visión que tenga el equipo que trabaje en él. Si el público no sabe qué hay dentro cómo demonios va ir a verlo. No debe ser un espacio inerme, inmóvil”, precisa.

Para Vandoorne, la discusión no debe estancarse en la existencia de un ente que centralice todo el material. “Tenemos que tener una institución que lidere los procesos, pero su conformación no querrá decir que cada organismo no haga una política de preservación de su propia producción. La creación de una cinemateca no va resolver el cuidado del patrimonio. Lo que importa es tener un Sistema Nacional de Preservación Audiovisual, que no recaiga todo el trabajo en una institución”.

Este debate, tantas veces postergado, busca un lugar en la agenda pública. En su plan del año 2020, el Ministerio de Cultura ha priorizado un proyecto de preservación y digitalización de su acervo audiovisual. Esta iniciativa tomaría mayor impulso con la Ley de Cine que aguarda por una segunda votación en el Congreso. Por su parte, la Dirección Desconcentrada de Cultura de Cusco, con miras al bicentenario, trabaja en la creación de una Cinemateca Nacional.

Acciones como estas apuntarían a volver a tejer nuestra memoria audiovisual. Urge recomponer los eslabones perdidos. En cada cinta electromagnética, celuloide, betacam, casete VHS, podríamos mirar y reconocer de dónde venimos. Son testimonios vivos de un pasado común. Son las películas de nuestras vidas.

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