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Columna

Venezuela: Contra los moderados

El silencio de muchos y la negativa de otros a involucrarse en el debate sobre Venezuela ha llevado a Jerónimo Pimentel a escribir estas líneas. 

Maduro

La moderación, mal entendida, se convierte en refugio del cinismo

¿A alguien le sorprende la apatía de quienes, parapetados en un falso sentido de neutralidad, apoltronados en las comodidades que les provee el capitalismo posindustrial, desconocen a Guaidó como presidente interino de Venezuela?

La moderación, mal entendida, se convierte en refugio del cinismo; este busca equiparar a Guaidó con Maduro presentándolos como los dos extremos de un mismo problema. No lo son. Maduro es un dictador que ha llevado al país más rico de Sudamérica a la ruina, y que ha provocado la más importante crisis humanitaria en la historia reciente en esta parte del mundo. Guaidó es un parlamentario que, amparado en la propia Constitución chavista, ha conseguido hallar un resquicio de ley y legitimidad a riesgo de perder la vida. No es posible atender un análisis que no se sostenga en esta confirmación.

Desconocer la iniciativa de Guaidó, o disfrazarla de falacias amparado en menciones a Trump, es argumentalmente torpe y moralmente cuestionable. No se puede aplazar la inevitable transición política en Venezuela porque hacerlo es condenar a la población llanera a extinguirse. Los índices de desnutrición son aterradores; la pérdida de peso promedio de los venezolanos es de 11 kilos; las caravanas que, a falta de mejor medio, huyen a pie del país crean un espectáculo estremecedor que se puede observar a lo largo de la carretera Panamericana. No hay ideología que se pueda evocar ante estas carencias. La sobrevivencia material no soporta discusión política. No hay sueño revolucionario que justifique el horror. La justicia social como concepto está vacía si se traduce en un país del que solo se puede huir.

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Maduro resiste la ofensiva de la oposición en Venezuela. Foto: Getty images, vía BBC Mundo

Ya Barrera Tyszka, en la estupenda novela Patria o muerte, ha provisto desde la ficción algunas visiones de cómo los venezolanos han tenido que asimilar esta impronta de violencia, miedo, fanatismo, militarismo y muerte. Las vidas individuales, apenas sostenidas, se quedan sin recursos emocionales para conducirse con una negada normalidad. El resultado es un fresco quebrado de relaciones familiares y laborales plagado de violencia y silencio. Quien no desee abordar Venezuela desde la imaginación realista también puede abrir un diario, aunque el resultado será inferior en términos estéticos. La pregunta es ética: ¿cuál es nuestra posición frente al dolor de los demás?

En tiempos críticos, la moderación es inútil. Siempre lo ha sido. La infinidad de asuntos para los que se revela inútil o contraproducente es tanta que sorprende su feliz historia en Occidente, donde ha pasado de ser un valor griego a una virtud cardinal. Hay temas en los que no aplica el justo medio y que exigen firmeza, templanza, denuncia, partido. Evitar tomar posición ante la catástrofe porque en el Perú no ha descendido la anemia o porque Israel comete terrorismo de Estado en Gaza es, por decir lo menos, estúpido: dos vicios no hacen una virtud; dos problemas no crean una solución.


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