Posters. Ya creciste. Ya no puedes estar llenando las paredes de tu cuarto con posters de personajes o películas que admirabas en tu adolescencia. Concéntrate en tener algo más simple. (Foto: Getty Images)
Posters. Ya creciste. Ya no puedes estar llenando las paredes de tu cuarto con posters de personajes o películas que admirabas en tu adolescencia. Concéntrate en tener algo más simple. (Foto: Getty Images)

Según el filósofo francés Edgar Morin, el rasgo distintivo de la modernidad en la época de la cultura de masas es el haber inventado una nueva edad del hombre: la adolescencia. En efecto, antes de 1945, tú eras un niño o un adulto. El periodo en el que habías dejado de ser un chico y todavía no habías alcanzado la madurez no tenía entidad propia. Recién en los años cincuenta aparece lo que más adelante se definirá como generation gap (brecha generacional). La sensación de impotencia emocional de los jóvenes, su condición de estar privados de unos símbolos y valores que habían quedado disueltos y rotos por la guerra; de vivir sobre el abismo del conflicto atómico, presas fáciles del clima de angustia y desesperación característico de la posguerra y, sobre todo, la falta de una real y auténtica cultura juvenil con la cual identificarse, hizo que los teenagers (como se les comenzaría a llamar en el mundo anglosajón) convirtieran la cultura de masas en un refugio y un campo de batalla.

Como dijo el poeta y ensayista inglés Jeff Nuttall, en su célebre Bomb culture, “en aquella época, la cultura de masas no nos pertenecía. Era el reino del joven adulto, limitada y manipulada por empresarios y directores y dirigida a los que tenían alrededor de 25 años, especialmente a la clase obrera. Nos refugiamos en esta cultura extraña porque en aquel momento respondía a dos necesidades nuestras: protegía y enmascaraba nuestra vulnerabilidad y ofrecía un modelo de comportamiento formalizado que podía compensar nuestra falta de dirección”. Con el boom económico de los años cincuenta en Europa y en Estados Unidos, los teenagers obtuvieron dos cosas: empleo y dinero para gastar. El único problema era que el mercado carecía de una oferta dirigida a ese nuevo público objetivo. Todo era compartido con los adultos. Era frustrante.

Una víctima de bullying encaró dos décadas después a la persona que lo atormentó durante su adolescencia. (Foto: Pixabay/Referencial)
Una víctima de bullying encaró dos décadas después a la persona que lo atormentó durante su adolescencia. (Foto: Pixabay/Referencial)

Esa frustración desencadenó el surgimiento de las primeras subculturas o tribus urbanas que les dieron a los jóvenes lo que nunca habían tenido: una identidad colectiva basada en el rechazo de los valores tradicionales y en la afirmación de un estilo de vida hedonista, aventurero y rebelde. Lo que vino a continuación fue la ‘cultura’ juvenil, que se desarrolló en los años sesenta y que le dio un giro fundamental a la sociedad del siglo XX. Por un lado, validó las credenciales de los jóvenes como un segmento social, económico e incluso político cada vez más importante. Por otro, transformó el significado del término ser joven que dejó de aludir únicamente a un grupo etario y pasó a designar un modo de vida con sus propios códigos y valores. Con el paso del tiempo, ser joven se convirtió en el ideal de la sociedad moderna occidental. Y en la actualidad todos quieren mantener (o recuperar) la lozanía, el ardor y la vitalidad de sus años mozos. A cualquier precio: recurriendo a espartanas dietas alimenticias, compulsivos ejercicios físicos, falaces productos anti-age o cirugías plásticas extremas. Todo vale para ilusionarse con el mito de la eterna juventud. En cualquier caso, lo cierto es que el juvenilismo ha triunfado. ¿Debemos celebrar esa victoria?