“No fue un ejemplo clásico de la feminidad etiquetada. Su campo de desarrollo se concentró en el espacio público”.
“No fue un ejemplo clásico de la feminidad etiquetada. Su campo de desarrollo se concentró en el espacio público”.
Teresa Leandro

A inicios del siglo XX, ver juramentar a una mujer como médico cirujano era algo insólito, si no imposible. Por eso, la historia de marcó un antes y un después. Nació en Supe, el 18 de octubre de 1872, y las pocas biografías que existen sobre ella resaltan su curiosidad, avidez e inteligencia. Terminada la primaria, sus padres —Marcelo Rodríguez y Cristina Dulanto— fueron a Lima con el fin de agotar todas las posibilidades para que su hija pudiera seguir estudiando, pues en ese tiempo no existían colegios secundarios o liceos para mujeres, a pesar de que un reglamento de 1855 propiciaba la educación media femenina. Después de varios petitorios a las autoridades, lograron que el nombrara un jurado especial para que Laura pudiera “demostrar” sus conocimientos.

Con la ayuda de su hermano Abraham, tres años mayor, quien estudiaba en el colegio Guadalupe, ella pudo prepararse y rendir las pruebas requeridas. Tenía 21 años, en 1894, cuando fue admitida en la Facultad de Medicina de la Universidad de San Marcos.

La historiadora Maritza Villavicencio, en Poder femenino. 5000 años de historia en el Perú, cuenta que, en la facultad, Laura Rodríguez sufrió todo tipo de agravios por su condición de mujer: “En los bolsillos de su mandil le colocaban testículos y la maledicencia tejía leyendas nefastas sobre su vida profesional. Una vez graduada, solo trabajó en el Liceo Fanning porque en ningún otro sitio quisieron tomar sus servicios profesionales”.

Su caso fue tan excepcional que el Gobierno peruano le otorgó un subsidio de 40 soles mensuales para que pudiera terminar las clases. Contra viento y marea, Laura Rodríguez juramentó como médico cirujano el 16 de setiembre de 1900. Un año antes, había obtenido el bachillerato con la tesis El ictiol en las inflamaciones pelvianas.

Era la primera mujer que alcanzaba tal grado en el Perú y, según resalta el médico Washington Casillas en un artículo en el que destaca su trayectoria, ella se dedicó a la ginecología y publicó dos trabajos titulados “Enorme quiste ovárico” y “Fibromioma uterino”.

Laura Rodríguez falleció a los 46 años, pero antes pudo organizar una escuela de enfermeras para interesar a más mujeres por las ciencias de la salud en una época en que ellas solo ocupaban puestos menores como “trabajadoras sanitarias”.

Sus esfuerzos —como los de la cusqueña Trinidad María Enríquez, que en 1875 logró que la aceptaran en la Universidad San Antonio Abad— no fueron en vano: el 7 de noviembre de 1908, el gobierno de Leguía promulgó la Ley N.° 801, que admitía el ingreso de mujeres a la universidad.

Ella Dunbar Temple abrió el camino de la mujer en la cátedra universitaria.
Ella Dunbar Temple abrió el camino de la mujer en la cátedra universitaria.

Ella Dunbar Temple (1918-1988)

Otra pionera en la vida académica y científica peruana fue Ella Dunbar Temple ( 1918-1998 ), quien fue la primera mujer en ocupar una cátedra universitaria en el Perú. De ascendencia escocesa por el lado paterno, nació en Lima el 10 de junio de 1918. Sin embargo, siempre resaltó su linaje piurano, pues su abuelo Robert Temple Dunbar se había afincado en esta ciudad norteña en la década de 1890. Su primera educación la realizó en Barranco, en Lima, en instituciones privadas. Esta situación excepcional la llevó a ingresar a la Universidad Católica para estudiar Jurisprudencia y, con tan solo 20 años, en 1938, pudo presentar su tesis La institución del jurado. Luego, ingresó a San Marcos y, en 1945, se convirtió en la primera mujer en tener una cátedra en la Facultad de Letras. Un año después, se doctoró en Historia y Literatura.

De esta manera, ella empezó también a hacer historia. Se convirtió en la primera mujer numeraria del Instituto Histórico del Perú (hoy Academia Nacional de Historia), en la primera mujer en una junta directiva del Colegio de Abogados de Lima y en la primera vocal superior suplente. Fue, además, fundadora y presidenta de la Sociedad Peruana de Historia y directora de la revista Documenta, entre 1948 y 1951.

En el ámbito académico, su tesis doctoral La descendencia de Huayna Cápac la hizo recibir en 1947 el Premio Nacional de Historia Inca Garcilaso. Se trata de un estudio precursor que inauguraba los estudios etnohistóricos en el Perú, una década antes de que lo hiciera Luis E. Valcárcel.

Sobre la fuerte personalidad de la historiadora, en el ensayo “Ella Dunbar Temple: su legado en la historia”, la investigadora Ybeth Arias Cuba señala: “No fue un ejemplo clásico de la feminidad etiquetada. Su campo de desarrollo se concentró en el espacio público: universidad, instituciones académicas, bibliotecas, su despacho. Su carácter fuerte tal vez tuvo mayor impacto al estar vinculada a un conde (su esposo, el historiador italiano Carlo Radicati), lo que generó un marco de autoridad, y es que ella se desenvolvió en un mundo masculinizado”.

El legado de Ella Dunbar Temple, junto con el de Carlo Radicati, se preserva ahora en una institución —Fundación Biblioteca-Museo Temple Radicati: Centro de Altos Estudios y de Investigaciones Peruanistas— a cargo de la Universidad de San Marcos, que promueve los estudios históricos, geográficos, arqueológicos, así como el análisis y la conservación de una colección de quipus prehispánicos y coloniales.

María Luisa Aguilar: "He tenido una vida sacrificada pero feliz"
María Luisa Aguilar: "He tenido una vida sacrificada pero feliz"

María Luisa Aguilar (1938-2015)

El año en que el hombre llegó a la Luna, María Luisa Aguilar Hurtado se convertía en la primera astrónoma profesional del Perú. Era 1969 y, en ese tiempo, ser científica en nuestro país era no solo raro, sino hasta mal visto. “De joven viví un terrible machismo”, le declaró Aguilar a un periodista en 2014. Pero eso nunca la amilanó. Cuando era joven, gracias a un regalo de su padre, leyó El segundo sexo de Simone de Beauvoir, y eso le había enseñado lo que era la libertad. María Luisa Aguilar nació en Jauja, el 20 de junio de 1938, y llegó a Lima muy pequeña, donde realizó sus estudios primarios y secundarios en el recién inaugurado colegio de mujeres Elvira García y García, de Pueblo Libre. A los 20 años, contra lo que dictaban los cánones de la época, ella decidió ingresar a la universidad, a la Escuela de Matemáticas, de la Universidad de San Marcos, pero poco a poco descubrió que su gran pasión era la Astronomía, una especialidad que no se dictaba en nuestro país.

Entonces, María Luisa se fue a estudiar a la Universidad Nacional de La Plata, en Argentina. Regresó en 1969 convertida en astrónoma, con una especialidad en espectroscopia estelar, atmósferas estelares y estrellas variables.

Al año siguiente, empezó a enseñar en la Facultad de Ciencias Físicas de San Marcos, donde permaneció 45 años como docente e investigadora, y sobre todo, como impulsora de los estudios astronómicos en el Perú.

Se la recuerda por haber organizado en la universidad los “Viernes astronómicos”, una actividad que convocó a muchos estudiantes y aficionados, y que con el tiempo se convirtió en el Seminario Permanente de Astronomía y Ciencias Espaciales (SPACE).

Aguilar fue la primera profesional peruana admitida en la Unión Astronómica Internacional y una gran divulgadora científica. Asimismo, fue una entusiasta colaboradora de este suplemento en temas astronómicos entre las décadas de 1990 y 2000. Falleció el 29 de octubre de 2015, sin ver cumplido su sueño de levantar una Facultad de Astronomía en la universidad decana de América.

Si algo une a estas pioneras, es que las tres buscaron abrir las puertas para las mujeres del cerrado y masculinizado mundo académico de su época. Sus esfuerzos, aportes y desafíos no fueron en vano.


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