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Redes sociales: La manipulada realidad que creamos

Nuestra forma de vivir y experimentar el mundo real ha venido cambiando a partir de nuestra constante exhibición

Selfie

Una foto en el Parque del amor que posiblemente haya terminado publicada en alguna red social.

Por: Lorena Rojas Parma

Ha sido siempre un tanto enigmático, para los lectores de Platón, su soberbia —y hermosa— crítica a las letras. Nos advierte que no son un pharmakon para el recuerdo, sino un peligroso brebaje para el olvido. Pero nos lo advierte, claro, escribiendo, en la forja de la palabra, como si fuese inevitable beber el antídoto. Una de las interpretaciones contemporáneas más interesantes sobre el asunto se sostiene en la ambivalencia que, como le ocurrió a Platón con las letras, solemos sentir con las tecnologías que vienen inevitablemente a nuestro encuentro. Una resistencia, una sospecha que, al mismo tiempo, se acompaña del uso y acercamiento que tenemos con esas nuevas expresiones del espíritu. Como Platón, mientras nos percatamos de los riesgos, no renunciamos a lo que despierta nuestra angustia.

Y no lo hacemos no solo porque el ritmo del mundo no nos lo permite, sino porque la tecnología —al menos, en ocasiones— suele expresar sueños muy profundos de lo humano. Pensemos la experiencia insólita de haber vencido, como el más poderoso olímpico, el tiempo y la distancia; cómo nuestros afectos se refrescan día a día, a pesar de los kilómetros; cómo el amor subyugó a su más férreo enemigo, el olvido, que sigilosamente suele ir tejiendo la distancia. No podemos negar lo que ha significado para el corazón humano la posibilidad constante de la cercanía, y cómo, entre tantas otras cosas, se nos ha ido transformando la nostalgia.

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Esa proximidad inquebrantable que nos brinda el mundo digital ha traído consigo —o ha despertado— una suerte de necesidad, también de disfrute, de estar constantemente conectados con el otro, como si se nos exigiera estar presentes. Y, con ello, una secreta fantasía se ha vuelto realidad: nuestra vida puede ser expuesta al mundo. Nos podemos mostrar, como la realeza, una estrella de rock, un afamado director o un reconocido político. Y, como si estuviésemos ‘de gira’, podemos mostrar el punto exacto del planeta en el que estamos y hacia dónde vamos, con la gracia de Google Maps. De lo que se trata es de mostrarse, de contar la vida, y que de todo ello quede registro.

Pero ¿qué se revela en ese ímpetu de mostrarse, en ese oficio de narrarse, en palabras e imágenes? ¿Qué se devela en ese viejo ostendere, ‘mostrarse’? El uso del verbo latino nos es familiar en las lecturas de san Agustín, especialmente en su definición ostensiva. Sin embargo, en uno de sus sermones, hallamos esta pregunta: “Quomodo potest Medicus sanare vulnus, quod aegrotus ostendere nequit?” (¿De qué modo puede el médico sanar la herida, cuando el enfermo no quiere mostrarla?). Y nos invita a la reflexión, por supuesto, este lúcido vínculo entre mostrarse y sanar. ¿Qué está sucediendo en el alma humana que está mostrando su vida, al planeta y a la posteridad? ¿Está acaso labrando su lugar en la inmortalidad? Las cuentas de Facebook o Twitter, y su vida post mortem, ¿no nos están resguardando de la desaparición absoluta de nuestro paso por la tierra? Nuestros videos, fotos, historias, relatos, opiniones, que permanecerán en la eternidad digital, ¿no son los garantes de que estuvimos alguna vez aquí?

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El mundo virtual viene como un bálsamo a saldar cuentas muy antiguas con el anonimato de la vida del hombre, de su bios, del hombre común, la vida sencilla que en todos los tiempos no ha dejado ningún un rastro sobre la tierra. Es la herida del olvido absoluto la que se sana con estos registros cotidianos que vamos dejando, día a día, de nuestro paso por la vida. El privilegio de faraones, emperadores, guerreros, actores o poetas famosos, el privilegio de una estampa duradera en el mundo, ahora lo tenemos todos. Y en dimensiones inimaginables. Es mucho, por supuesto, lo que debemos pensar —y también temer— de esta vida digital que ya nos exige tiempos poshumanos. Pero tal vez debamos reconocer el gusto ‘humano’ por las historias, por contar su vida, vencer la distancia y el silencio eterno de la muerte.

Ha sido Prometeo el filántropo que nos ha dotado siempre de tecnología. Sabiendo de nuestras carencias, descubrió la combinación de las letras en la escritura, “donde se encierra la memoria de todo, madre laboriosa de las musas”. Pero Platón temía a las letras, aunque las reconoció inevitables a través de su escritura. Como nosotros, que tememos y sabemos inevitable la vida virtual. Con los prodigios tecnológicos, nuestro espíritu se agita entre la benevolencia del titán y la serena advertencia del filósofo.


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