Arlette Contreras, activista por la lucha de la igualdad de las mujeres, presente en la marcha. (Foto: Lino Chipana/GEC)
Arlette Contreras, activista por la lucha de la igualdad de las mujeres, presente en la marcha. (Foto: Lino Chipana/GEC)
Mariela Belleza

Las vidas de las mujeres están atravesadas por la violencia estructural y la precariedad. Prueba de ello son los 30 feminicidios o más de 400 violaciones a menores en solo dos meses. Pero también lo es que 75 % de nosotras trabajemos en el sector informal y, en el formal, persista una brecha salarial de casi 30 % frente a los hombres, además del hostigamiento sexual —más de 400 denuncias en 2019, cuyas víctimas son, en un 96 %, mujeres—.

La violencia estructural también es aquella que nos confina a sectores económicos “feminizados”, de baja productividad, o la que penaliza la maternidad al permitir que las mujeres con hijos (53 %) tengan empleos vulnerables en mayor proporción que aquellas que no los tienen (28 %).

Las mujeres hemos salido al mercado laboral, pero nuestros pares hombres no han ocupado los espacios domésticos en la misma forma, ni el Estado o el mercado han asumido la corresponsabilidad en el cuidado. Por ello, no es casual que las peruanas trabajemos dobles o triples jornadas de más de 25 horas a la semana en actividades —domésticas y de cuidado— no remuneradas, un trabajo que produce bienes y servicios para sostener la vida en nuestra sociedad, y que representa, en términos económicos, más del 20 % del PBI. Pese a ello, es un trabajo invisibilizado y sin valoración.

Es preciso reconocer política, social y económicamente las actividades domésticas no remuneradas que desempeñan las mujeres en respuesta a las inexistentes políticas públicas de cuidado.

Por ello, este #8M gritemos en el : “¡Trabajadoras, sí! ¡Explotadas y violentadas, no!

*Mariela Belleza es parte de la comisión que realiza el pronunciamiento para la marcha hoy