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"Parra: poetizar contra la mentira", por José Carlos Yrigoyen 

En su columna, "Columna vertebral", José Carlos Yrigoyen opina sobre "El último apaga la luz", última obra de Nicanor Parra.

Nicanor Parra

Nicanor Parra alcanzó a ver publicado este último libro. El escritor falleció la semana pasada. [Foto: EFE]

Nicanor Parra alcanzó a ver publicado este último libro. El escritor falleció la semana pasada. [Foto: EFE]

EFE



1. Nicanor Parra ha muerto, a pesar de que por varios años nos quiso convencer de que eso no sucedería. O que su fallecimiento sería solo uno de sus alegres simulacros: “He trabajado de todo/ hasta de cadáver/ una vez me dijeron tiéndete aquí/ y yo que soy quien soy obedecí”. Pero ahora no hay duda: Parra, quien hizo de la muerte una fiesta que transcurría mientras él hacía hora para ingresar a sus salones, ha decidido por fin perderse en ella y dejarnos solos, a merced de esta gran confusión.

Cuando uno muere, debe haber alguien dispuesto a ordenar los papeles que lega o simplemente olvida. Matías Rivas fue el elegido para esa tarea: ha trabajado una generosa y sustanciosa selección de sus libros titulada El último apaga la luz, en la que asegura haber reunido “el centro neurálgico de su obra”. Aunque en el caso de la poesía de Parra concretar esa meta no es nada fácil, debo reconocer que Rivas la ha cumplido: para quienes deseen adentrarse en los dominios del fundador de la antipoesía hay aquí un compendio que repasa todas las etapas del chileno con amplitud y criterio.

2. Rodrigo Lira, el delirante poeta suicida cuyo mundo de siniestros colores vivos y amenazantes seres imaginarios le debe mucho a Parra, escribió que el autor de Canciones rusas “cambió su proyecto (acaso este proyecto y el cambio significan una sola cosa) para entregarse a un juego, por lo demás muy necesario. Pintar el mundo tal cual es, y no como debiera ser”. Esto es puntillosamente cierto. Y es por eso mismo que la poesía de Parra está signada por un pesimismo y un escepticismo en el que el humor, lejos de rehuir o congelar las situaciones y los hechos, los denuncia con la sutilidad y a la vez el contenido desgarramiento de quien conoce bien el siempre desalentador curso de la Historia. Eso es palmario en dos de sus mejores libros, Sermones y prédicas del Cristo de Elqui (1977) y Hojas de Parra (1985) escritos bajo la irrespirable atmósfera de la dictadura militar. En medio de un país que asiste a la paz de los exterminadores y una prosperidad superficial, Parra es capaz de revelarnos la realidad que los discursos oficiales ocultan: “Esto tiene que ser un cementerio/ de lo contrario no se explicarían/ esas casas sin puertas ni ventanas/ esas interminables hileras de automóviles// y a juzgar por estas sombras fosforescentes/ es probable que estemos en el infierno// debajo de esa cruz/ estoy seguro que debe haber una iglesia”.

el último apaga la luz, de Nicanor Parra

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Lumen

Poesía

El último apaga la luz

Editorial: Lumen, 2017
Páginas: 460
Precio: S/ 96,00

3. Los discursos oficiales, justamente, fueron las mayores víctimas de Parra. La suya fue una efectiva labor de demolición que llevó a cabo hasta el último de sus días. Esa es una de las razones por las que muchos poetas anglosajones contestatarios, como los de la beat generation, se interesaron y celebraron sus poemas desde el primer momento. La desacralización de las convenciones y de lo prescriptivo, la impugnación de la retórica política y magisterial mediante la parodia y la ridiculización fueron el camino que eligió para evidenciar la profunda injusticia que estas imposturas estandarizan y convalidan. Hay un extraordinario poema de Parra, “Noticiario de 1957”, en el que, adoptando los modos de los cortometrajes informativos de la época, va desgranando sucesos cotidianos cuya sola enumeración los torna primero absurdos y contradictorios para finalmente hacerlos grotescos y macabros. Creo que es un buen ejemplo de los recursos de esta poesía rebelde que se negaba a ser parte del “reino del tonto solemne”.

4. La extinción de Parra duele porque es, aparte del fin de uno de los grandes poetas de Occidente —como lo llamó con propiedad Harold Bloom—, también la muerte del último vanguardista que aún merodeaba entre nosotros. Fiel a su estirpe, no se regodeó en un único y poderoso descubrimiento, sino que a partir de él conquistó nuevas formas de subversión que, como ocurre con lo realmente novedoso, no fueron siempre adecuadamente valoradas ni comprendidas. Como sucedió con los académicos suecos que teniéndolo a él prefirieron darle el Nobel a Bob Dylan. Para la poesía de Parra, aquella de los acreedores postergados, esa es una condecoración acaso mayor.

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