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Alan García: Postales de Montevideo

El expresidente que decidió complicar la relación entre dos países hermanados por el recuerdo a Juan Joya

Alan García

El presidente García se encuentra en la residencia del embajador de Uruguay en Lima.

Montevideo es Buenos Aires sin neurosis; Uruguay, Argentina sin vanidad. El Río de la Plata invita al fraseo y recompensa al ingenio, pero es una táctica evasiva, una suerte de escondite falso: las ciudades que descansan en el estuario se esconden en los puertos abandonados y los cigarros aplastados contra el piso.

En Montevideo el lugar común se muestra en cada esquina, pero sobre todo en su plaza, que a no ser por un edificio modernista al que apodan la Jirafa sería tan olvidable como la de Surco viejo o Barranca. El pasado no es colonial, sino republicano, y las sorpresas no están en las reliquias ni en los vestigios, sino en la habitabilidad. Los uruguayos se han apoderado de la rambla que rodea la ensenada de una forma que los limeños no conseguiremos jamás con la Costa Verde. Y algo más: la han puesto a disposición. El tráfico es un problema desconocido. Casas y edificios forman una clase media eterna que crece alrededor del estadio Centenario, un santuario bastante más imponente que cualquier iglesia o catedral que se haya levantado ahí. Si tienen problemas, estos parecen menores o han logrado esconderlos lo suficiente. El embrujo llega a ser surreal. Por ejemplo, la cárcel de alta seguridad, aquella que protagonizó hace unas décadas una espectacular fuga de tupamaros, es ahora el mall de Punta Carretas, el centro comercial más exclusivo del país. ¿Es esto grotesco, práctico o una conquista más del orden capitalista? Le hago la pregunta a un viejo charrúa y este responde con franqueza: “No lo sé, pero también ocurre que uno de los tupamaros que se escapó de la penitenciaría fue Pepe Mujica. ¿Qué otro país ha sido capaz de convertir a un subversivo no solo en presidente, sino en emblema?”. En su respuesta no hay tensión, esta se guarda para el fútbol y para los rostros de los niños que juegan rugby en los jardines públicos sin cuidado parental. Más allá, el mercado es un puesto de parrillas adornado por un viejo abrevadero alrededor del cual unos improvisados practican un ritmo de samba etílico y alegre.

La cadencia baja pronto en Montevideo, la tranquilidad asoma leve. El contraste ayuda: Buenos Aires ha añadido malhumor a su estrés natural y apenas se deja apreciar su orgullo entre los chasquidos de la gente.

A solo dos horas en buquebus, en cambio, pareciera estar el país que siempre ha tenido todas las respuestas para los porteños: estabilidad económica, marihuana legal, matrimonio igualitario, tradición democrática, alto PBI per cápita. “Aquí es más fácil abrir una empresa que cerrarla”, me dice Luis.

Pero ese apacible “paisito” rodeado de gigantes no cuenta con una sorpresa. Al otro lado de la cordillera un expresidente decidió complicar hasta lo indecible la relación entre dos países hermanados por el recuerdo a Juan Joya y cuya cordialidad histórica está representada en la bonhomía de su balanza comercial, que parece la propia de dos viejas tribus: les vendemos lana, les compramos arroz. No es claro cómo saldremos del lío. Lo que sí brilla con nitidez es la puesta de sol desde la Rambla República de Perú, uno de los nombres que toma el malecón desde donde se aprecia la descarga de un río, no puede ser de otra manera, turbio.


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