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"El presidente que desaparece", por Jaime Bedoya

"Disculpen la pequeñez", la columna semanal de Jaime Bedoya.

el presidente que desaparece, por Jaime Bedoya

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El síndrome empezó a manifestarse una mañana al pretender lavarse los dientes. No podía verlos. Los sentía, pero las piezas dentales no estaban ahí. Lo atribuyó a la noche en blanco. Tenía que ser un tema oftalmológico. Por instinto mostró los incisivos invisibles ante el espejo para imaginarlos limpios. Chuecos pero impecables.

En la sesión del consejo de ministros volvió a percatarse de que algo no andaba bien. En la larga y brillante mesa de madera sobre la cual se realizaba la reunión, notó que su reflejo estaba incompleto. Veía su saco, su camisa, su corbata roja, pero a ese traje le faltaba una cabeza. Se empezó a angustiar, fastidiado aun más por la cháchara ininteligible de un ministro que decía que otro exministro los atacaba por redes sociales, y había que responderle y blablablá.

Empezó a hacerles muecas, les sacaba la lengua y hacía gestos atribuibles al humor inglés. Nadie parecía darse por enterado. Entonces a propósito derramó su vaso de agua sobre la mesa. Todos callaron de pronto. Se enfocaron durante algunos segundos en el vaso y el agua. Luego continuaron la discusión entre ellos.

Por la tarde tenía que inaugurar un caño en Manchay. Saliendo de Palacio de Gobierno tuvo la osadía de pasar por el Salón de los Espejos. Lo hizo obviando constatar el veredicto del reflejo, aunque no pudo evitar pegar un vistazo con el rabillo del ojo. Era como si la ropa caminara sola, ligera y vacía.

Inquieto, en Manchay evitó tener mayor interacción con la gente. Para ello tuvo la precaución de ponerse un gorro que decía en letras rojas: “Presidente de la República”. Así la gente tendría algo que mirar cuando le dirigiera la palabra. El recurso funcionó. Le hablaban al gorro con respeto y subordinación.

El problema surgió al tener que romper la botella de espumante sobre el caño, inevitable protocolo de la obra pública. Como no podía ver su propia mano le era difícil calcular el golpe. Las dos primera veces el vidrio erró el grifo por varios centímetros. Empezó a sudar. Finalmente, luego del tercer y final intento, la botella estalló en pedazos. Notó que los edecanes se miraban entre sí. Es más, uno de ellos le mensajeó al otro un escueto pero significativo: “WTF?”.

Por la tarde en la piscina del club la condición parecía haber empeorado. Nadie lo saludaba. Mientras estaba inmerso en el agua hasta la cintura un niño se lanzó al agua como queriendo pasar a través de él. Luego, estando cerca de la escalera, una señora se le abalanzó sin miramientos. Inicialmente pensó que se trataba de afecto. Después se dio cuenta de que la mujer solo quería salir de la piscina.

En la noche intentó tomar apuntes de un día definitivamente inusual. Pero se distraía viendo el lapicero girando en el aire por sí solo. Antes de ponerse el pijama se preguntaba qué médico tendría que ver eso frente a un espejo absolutamente indiferente a su presencia.

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