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La raíz india de Lima, por Raúl Porras Barrenechea

El destacado historiador escribió este texto el 28 de julio de 1953 para este suplemento

Raúl Porras Barrenechea

Raúl Porras Barrenechea

No es exacto que Lima sea exclusivamente española por su origen, por su formación biológica y social y por su expresión cultural. La fundación española, forjadora perenne de mestizaje, tuvo que contar con dos factores preexistentes: el marco geográfico y el estrato cultural indígena. Ambos influyeron decisivamente en aspectos y formas de la peculiaridad de nuestro desarrollo urbano.

Don Hipólito Unanue, vocero de la Ilustración Colonial y maestro de nuestra meteorología, definió ya el clima de Lima como el de una “eterna y continuada primavera”. Los cronistas soldados del siglo XVI después de ambular por selvas y riscos y pantanos habían dicho ya su admiración al llegar a tierra de tanto sosiego y equilibrio atmosférico como la de Lima. Cieza de León en su crónica, hoy cuatro veces centenaria, publicada en 1553, expresó su contento viajero al decir: “Y cierto para pasar la vida humana cesando los escándalos y alborotos y no haciendo guerra, es una de las buenas tierras del mundo, pues vemos que en ella no hay hambre ni pestilencia, ni llueve ni caen rayos ni relámpagos ni se oyen truenos: antes siempre está el cielo sereno y muy hermoso”. Y los poetas del siglo de hierro confirmaron el entusiasmo de los cronistas, entonando himnos a la benignidad del cielo de Lima y a la uniforme templanza de sus estaciones. Pedro de Oña, el poeta de Arauco, huésped limeño de los Virreyes, dijo en su Cántico a Monteclaros:

Soberbios montes de la regia Lima
Que en el puro cristal de vuestro río
De las nevadas cumbres despeñado
Arrogantes miráis la enhiesta cima
Tan exenta al rigor del almo estío
Como a las iras del invierno helado

Las constantes geográficas del clima limeño han sido señaladas precisamente por viajeros y geógrafos posteriores. Las preexistentes a la conquista fueron: la proximidad del mar, el suelo llano y desértico, los blancos arenales que conforman, a decir de Morand un paisaje lunar; el suelo de tierra arenisca, delgada y fértil “que parece que la echó el Criador para hacerla habitable”, la falta de lluvias que produce la esterilidad del suelo y el sistema de irrigación artificial por canales o acequias, el abono fácil en las islas vecinas, los sembríos de maíz, de yucas, de haba, de camotes, de frijoles, de maní y de algodón en los oasis verdeantes de los valles junto al concurso rápido y torrentoso de los ríos, bordeados de arboledas frutales como los pacaes o huavas, las guayabas, paltas, chirimoyas, piñas, lúcumos y algarrobos; los bosquecillos de espinos, huarangos y algarrobos en las partes altas y en las bajas los sauces, chilcas y los juncales y encas de los pantanos; la humedad ambiente condensada en la neblina y en la tenue garúa invernal; la fauna menuda y veloz, de gozquecillos, patos, palomas, cigüeñas, faisanes, perdices, venados y los clásicos gallinazos; sin animales temerosos como los lobos, salvo las ágiles y astutas raposas, y los pumas sorpresivos. Los únicos fenómenos extraordinarios del ambiente costeño son el temblor cucuy y el huayco o aluvión violento que desciende por las quebradas como un castigo de los cerros destrozando casas y sembríos.

La estructura geográfica original del suelo, clima, vegetación y vida animal, influye en primer término sobre el hombre y es reformada y definida por la acción de este y por los recursos de su técnica. Del yunga costeño hablaban despectivamente los Incas, como lo comprobaron los cronistas primitivos Jerez, Sancho y Estete, que dicen de ellos ser “gente ruin y pobre”, que no servía ni para guerra ni para gobierno. Esto, prescindiendo del alto nivel intelectual y artístico que revelan los vasos y dibujos estilizados de Nazca, las telas de Paracas y las esculturas chimúes. Coinciden en este desdén por el hombre de la costa, a través de los siglos, los amautas cuzqueños y los sociólogos marxistas de hogaño. Algunos geógrafos y viajeros han recogido también, epidérmicamente, esa impresión deprimente del clima costeño sobre el hombre. Raimondi pensaba que el aire saturado de humedad hacía perder el calor al cuerpo humano calentado por el sol. La tala de árboles suprimía las barreras a los vientos y favorecía el frío fisiológico. Middenford creía que la falta de descargas eléctricas en el verano disminuía la capacidad de trabajo y el cielo plomizo cargado de nubes y la correspondiente falta de luz, más que la de calor, producían el decaimiento moral. En oposición a estos, algunos científicos modernos afirman que el tiempo medio más favorable a la energía física e intelectual es el que va de 16 a 20 °C con 70 o 90 de humedad relativa y el de Lima oscila entre 17 y 22. El clima costeño, según Pedro Larrañaga, favorece en muchos días, la vivienda y el taller baratos y ligeros, la suculencia de recursos alimenticios en que predominan las farináceas sobre las proteínas, permite el trabajo a la intemperie y ofrece reservas enormes de energía eléctrica proporcionada por los torrentes cisandinos.

Estas realidades geográficas básicas modelan las instituciones y las relaciones humanas. El yunga pescador y cazador obligado, se alimenta de carne y pescado crudo; se estacionó en los valles al borde de la fuente de agua única que recogió y distribuyó en canales para vivificar los sembríos de maíz y plantas alimenticias y construyó sus poblaciones agrícolas en las colinas o sitios encumbrados o cerros artificiales huyendo de la llanura o la tierra fértil por razones defensivas, económicas o mágicas. La huaca irguió su perfil en talud incorporándose a la visión del paisaje local. La templanza del clima, la amenaza del temblor y la falta de madera y de piedra determinaron los materiales de construcción: paredes de adobes o tortas de caña y barro y techos de troncos de árbol, pajas, ramajes, totora. El vestido fue ligero y de algodón y los trabajadores lo simplificaban en el trabajo que hacían semidesnudos. La benignidad del clima, la facilidad de recursos, el ahorro de energía, deciden, según Bennet, la placidez necesaria para la creación artística y el refinamiento de la técnica. El yunga descubrirá sus cualidades artísticas coloreando los muros con el ocre o granate de sus vasos y con los dibujos geométricos de sus tapicerías.

Las realizaciones urbanas y arquitectónicas alcanzadas por los yungas a la llegada de los españoles eran la aldea o marca, la pucara o fortaleza de adobes, la huaca, o templo de piedra y barro, el tambo y la ciudad o hatun llacta como Pachacamac, Chincha o Chanchán. El camino, las obras hidráulicas, la tendencia simétrica, el hermetismo de los lugares sagrados, los pozos sepulcrales revelan los progresos técnicos y las creencias. Son formas logradas y vivientes que supervivirán, algunas, en la época española, junto con la toponimia que descubre las raíces étnicas y culturales. La casa yunga fue simplísima, de adobes y esteras y generalmente de tipo de ramada o vivienda de tres paredes y el cuarto frente descubierto, a la que se pone una reja y es un rancho republicano de Barranco o Chorrillos. Alonso Enríquez que recorrió la costa del Perú en 1534 dice que “no tiene casas sino de setos de cañas, como corrales de gallinas y ansi sucias y desbaratadas”. Y el contador Zárate que llegó en 1543 que “los indios de la costa no viven en casas, sino debajo de árboles o de ramadas”. Cieza de León apunta, en 1548, que “los indios de los llanos y arenales no hacen las casas cubiertas como las de la serranía, sino terrados galanos o grandes casas de adobe, con sus estantes o mármoles y para guarecerse del sol ponían unas esteras en lo alto”. El techo plano de estera, el adobe, la quincha, son tradiciones que junto con el nombre indio recogerá la ciudad colonial, desalojando o reformando técnicas españolas.

La arqueología no ha aclarado todavía la extensión del cacicazgo de Lima y la importancia de los centros poblados alrededor de ella, como son Pachacamac, Ancón, Carabayllo, Armatambo, el Huarco y la misteriosa Cajamarquilla. El padre Cobo, el más ilustre historiador de Lima, nos dice que había tres pueblos grandes –hatun llacta– en la región de Lima que eran cabezas de tres hunus incaicos, de diez mil familias cada uno: Carabayllo, en el valle del Chillón, Maranga, huaca célebre y lugar arqueológico que ha cortado una irrespetuosa avenida republicana al Callao, y el más importante de todos, el pueblo de Surco o Armatambo, en las faldas del Morro Solar, donde Hernando Pizarro se detuvo antes de llegar a Pachacamac. Este era el centro urbano más calificado de la región limeña y en la época de Cobo se veían aún “las casas del curaca con las paredes pintadas de varias figuras, una muy suntuosa guaca o templo y muchos otros edificios que todavía están de pie sin faltarles más de la cubierta”. Los demás pueblos eran, dice Cobo, “lugarejos de corta vecindad”. Cerca de Maranga estaba el pueblo de Lima, que tenía aproximadamente media legua, y se hallaba junto a la huaca o templo del dios Rímac, oráculo de la región.

Desde Limatambo o Maranga, dice el padre Calancha, había una serie de enterramientos y casas o palacios, uno del rey Inca –la huaca Mateo Salado– otro del cacique del pueblo y los demás de caciques ricos. Junto al río Rímac, a la banda del sur, había un lugarejo o tambo, en el mismo lugar ales, que pertenecía, como las tierras colindantes, al cacique de Lima y que fue escogido por Pizarro para asiento de la ciudad, “por hallarlo ya proveído de agua, leña y otras cosas necesarias a una República y lo otro porque conjeturaban que sería el más sano”. La provisión de agua y su distribución por canales por todo el valle, es así uno de los motivos determinantes de la elección del sitio de la ciudad. Las acequias juegan en ella un papel decisivo.

Al fundarse la ciudad española, el cacique de Lima era Taulichusco, “señor principal del valle en tiempo de Huayna Cápac y cuando entraron los españoles”. Un proceso judicial de la época, hallado por mí en el Archivo de Indias, revela las condiciones y la extensión de su poder y la entraña del régimen incaico. Taulichusco, según los testigos indios, era “yanacona y criado de Mama Vilo, mujer de Guayna Capac” y proveía los tributos que se enviaban al Inca y lo que este mandaba. Un hermano de Taulichusco, llamado Caxapaxxa, era también criado de Huayna Capac y “andaba siempre con el Inga” en la corte. El padre de Taulichusco no obstante la sujeción al Inca y la protección de este, tenía que luchar con los caciques aucas, vecinos y rivales. Uno de ellos, llamado Golli –acaso el de Chincha– entró por la fuerza en el valle, pero los indios viejos declaran que “había otros principales en el valle y tierras del sol y de las guacas y de otros caciques” comarcanos. También se aclara el sistema de sucesión entre los curacas. Taulichusco, que alcanzó a recibir a Pizarro, “no gobernaba por ser viejo” en sus últimos años, y ejercía el curacazgo su hijo, Guachinamo, quien se presentaba siempre ante los españoles “con gran servicio de indios”. A Guachinamo lo sucedió su hermano, don Gonzalo, que vivía en el pueblo de La Magdalena, que sustituyó a Limatambo como cabeza del cacicazgo, para alejar a los indios de sus idolatrías. Es esa época, los indios del cacicazgo, que habían sido más de dos mil, se habían dispersado, unos se habían hecho yanaconas de los españoles en la ciudad, otros habían huido o se habían “desnaturado” de su tierra o se habían entregado como vagamundos a las borracheras. La mayor parte de las tierras y pastos que pertenecían al cacique le habían sido arrebatados y “los indios estaban reducidos a un rincón”, según Pedro de Alconchei.

Una comprobación importante para la reconstrucción del marco geográfico limeño en la época incaica surge de este proceso que abre ventanas al tiempo prehistórico. El cacique don Gonzalo pidió que declarasen los testigos sobre el hecho de que, al entrar los españoles en el valle de Lima, “había muchas chacras y heredades de los indios y en ellas muchas arboledas frutales: guayavos, lúcumos, pacaes e otros todos” y que todas habían sido derribadas para construir las casas de los españoles y también los tiros de arcabuz. Pedro de Alconchei, el trompeta de Pizarro en Vilcaconga, declara que “avía muchos árboles de frutales y bosques dellos”, el indio Pedro Challamay dice que cuando entró el marqués “era todo de frutales de guavos e guayavos e lúcumos y otras frutas y ansimismo de camotales e donde cogían sus comidas”. Y fray Gaspar de Carvajal, el cronista del descubrimiento del Amazonas, dice que cuando él llegó a Lima la primera vez “avía montes de arboledas e así lo era el sitio de esta ciudad e se iban los españoles dos leguas sin que les diese sol e todos estos árboles eran frutales e agora ve que no hay ninguno”. Marcos Perez dice que Lima era “como un vergel de muchas arboledas de frutales”. Y doña Inés recuerda el diálogo entre Pizarro y Taulichusco. Este protestó ante el gobernador porque le quitaban sus tierras y “decía que donde avían de sembrar sus yndios y que si le tomava las tierras se le irían los yndios y el marqués le respondía que no había dónde poblar la ciudad”.

La extensión del cacicazgo de Lima era, sin embargo, muy corta. No alcanzaba a Carabayllo ni a Surco, que tenían jefes propios, ni al santuario de Pachacamac. Se concretaba el valle de Lima desde el puerto de mar de Maranga llamado Piti – piti, antecesor del Callao, por el norte, hasta que el camino del Inca entra en el valle del Chillón; por el sur, hasta Armendáriz, en el que partiría términos con el cacique de Surco, llamado Trianchumbi, y, por el interior, abarcaría, acaso, hasta los caceríos menos de Late, Puruchuco, Pariache y Guanchihuaylas, que ascienden a la sierra. El área de atracción y de influencia de la aldea india de Lima era, pues, pequeñísima. Su cacique, uno de los más ínfimos régulos del Tahuantinsuyo y aún el asiento de Lima era parte de “la provincia de Pachacamac” como lo dice Pizarro en el auto para elegir el sitio de la ciudad. Hernando Pizarro y su hueste de jinetes que pasaron en enero de 1533 hacia Pachacamac, no hubieran reparado en el cacique rimense si en ese pueblo, cuyo nombre no recordaba el cronista Estete, y en el que acamparon una noche antes de llegar a Pachacamac, no les saludara, como epifanía de la ciudad futura, un típico temblor de tierra. “Acaeciónos –dice el cronista– una cosa muy donosa antes que llegasemos a él, en un pueblo junto a la mar; que nos tembló la tierra de un recio temblor y los indios que llevábamos, que muchos otros se iban tras nosotros a vernos, huyeron esa noche, diciendo que Pachacamac se enojaba porque íbamos allá y todos habíamos de ser destruídos”. El mito del dios limeño y costeño se aclara así, a despecho de antropólogos y lingüistas, como el símbolo de una cosmología popular que diviniza el mayor fenómeno telúrico y lo personifica en Pachacamac, el dios temblor, como más tarde buscaría en el seno de la fe cristiana el auxilio divino del Taytacha Temblores o en el Señor de los Milagros.

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