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Las razones del diálogo, por Albert Camus

Este artículo fue publicado el 13 de junio de 1954 con el título “Hacia el diálogo”. El escritor francés reflexiona sobre la violencia y la deshumanización.

Albert Camus

“Lo que más sé acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”, resumiría años después el argelino, premio nobel 1957, en su sentido texto “Lo que le debo al fútbol”. (Foto: AFP)

AFP

Sí, sería necesario alzar la voz. Hasta el momento me he negado a apelar a las fuerzas del sentimiento. Lo que nos oprime hoy es una lógica histórica que hemos creado de pies a cabeza y cuyos nudos acabarán por ahogarnos. No es el sentimiento el llamado a cortar los nudos de una lógica que desatina, sino solo una razón que razona dentro de límites por ella conocidos. Pero tampoco quisiera hacer creer que el porvenir del mundo puede prescindir de nuestro poder de indignarnos y de amar. Sé perfectamente que los hombres necesitan grandes móviles para ponerse en movimiento y que es difícil lanzarse a un combate cuyos objetivos son tan limitados y en el que la esperanza tiene un lugar muy poco razonable. Mas no se trata de arrastrar a los hombres. Lo esencial, por el contrario, es que no sean arrastrados y que sepan bien lo que hacen.

Salvar lo que aún puede ser salvado para hacer posible el futuro: he aquí el gran móvil, la pasión y el sacrificio demandados. Ello exige únicamente que se reflexione sobre el problema y se decida con toda claridad si es preciso aumentar todavía el dolor de los hombres por fines indiscernibles, si hay que aceptar que el mundo se cubra de armas y que el hermano mate al hermano nuevamente; o si es preciso, por el contrario, ahorrar tanto como sea posible la sangre y el dolor, tan solo para dar su oportunidad a otras generaciones que estarán mejor armadas que nosotros.

Por mi parte, creo estar casi seguro de haber elegido. Y habiendo elegido, me ha parecido que debía hablar; me ha parecido que debía decir que nunca seré de aquellos —sean los que fueren— que se avienen con el crimen, y extraer de esta afirmación las consecuencias necesarias. Esto ya lo he hecho y por hoy no necesito decir más. Pero de todas maneras quisiera que se viese claramente con qué espíritu he hablado hasta hoy.

Se nos pide amar o detestar a tal o tal país, y a tal o tal pueblo. Pero somos de aquellos pocos que sienten demasiado bien sus semejanzas con todos los hombres para poder aceptar tal elección. El modo adecuado de amar al pueblo ruso, en reconocimiento de lo que nunca ha dejado de ser, esto es, la levadura del mundo del que hablan Tolstoi y Gorki, no es desearle las aventuras del poder, sino ahorrarle, después de tantas pruebas pasadas, una nueva y terrible sangría. Ocurre lo mismo con el pueblo americano y con la desgraciada Europa. Son estas verdades fundamentales las que se olvidan en los furores de la hora.

Sí, lo que hay que combatir hoy es el temor y el silencio y, con ellos, su inevitable consecuencia, la separación de los espíritus y de las almas. Lo que hay que defender es el diálogo y la comunicación universal entre los hombres. La servidumbre, la injusticia, la mentira son los flagelos que rompen esta comunicación e impiden este diálogo. Por ello debemos rechazarlos.

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Sí, lo que hay que combatir hoy es el temor y el silencio y, con ellos, su inevitable consecuencia, la separación de los espíritus y de las almas. Lo que hay que defender es el diálogo y la comunicación universal entre los hombres. La servidumbre, la injusticia, la mentira, son flagelos que rompen esta comunicación e impiden este diálogo. Por ello debemos rechazarlos. Pero estos flagelos son hoy día la materia misma de la historia, de allí que muchos hombres los consideren males necesarios.Es verdad que no podemos escapar de la historia porque estamos hundidos en ella hasta el cuello. Pero es posible luchar dentro de la historia para preservar aquella parte del hombre que no le pertenece. Es esto, en suma, lo que he querido decir. En todo caso, definiré mejor aún esta actitud [...]mediante un razonamiento sobre el cual quisiera, antes de terminar, que se meditase lealmente.

Una gran experiencia pone en movimiento hoy día a todas las naciones del mundo, de acuerdo a las leyes del poderío y la dominación. No diré que hay que impedir o dejar que esta experiencia prosiga. Ella no tiene necesidad de que la ayudemos y, por el momento, le importa muy poco que la contrariemos. La experiencia proseguirá a pesar nuestro. Por eso, simplemente plantearé la siguiente cuestión: ¿qué sucederá si la experiencia fracasa, si la lógica de la historia, sobre la que se apoyan tantos espíritus, se contradice?, ¿qué sucederá si, pese a dos o tres guerras, pese al sacrificio de varias generaciones y algunos valores, nuestros nietos, suponiendo que existan, no se encuentran más cerca de la sociedad universal? Sucederá que los sobrevivientes de tal experiencia no tendrán ya siquiera la fuerza de ser testigos de su propia agonía. Puesto que la experiencia prosigue, y es inevitable que prosiga todavía, no está mal que algunos hombres se tomen el trabajo de preservar a lo largo de la historia apocalíptica que nos espera, la reflexión modesta que, sin pretender resolverlo todo, en cualquier momento será capaz de dar sentido a la vida de todos los días. Lo esencial es que estos hombres pesen bien, y una vez por todas, el precio que les será preciso pagar.

Después de lo dicho, puedo concluir. Lo que me parece deseable en este momento es que, en medio del mundo del crimen, nos decidamos a reflexionar sobre el crimen y a elegir. Si esto pudiera ocurrir, nos repartiríamos entre los que, en rigor, aceptan ser asesinos y los que rehúsan serlo con toda su alma. Ya que esta terrible división existe, será por lo menos un progreso haberla indicado claramente. A través de cinco continentes durante los años que se aproximan va a desencadenarse una interminable lucha entre la violencia y la prédica. Es verdad que las probabilidades de éxito de la primera son mil veces más grandes que las de la última. Sin embargo, he pensado siempre que si el hombre que pone esperanzas en la condición humana puede ser un loco, el que desespera de los acontecimientos es un cobarde. Por esto, de ahora en adelante, el único honor será el de mantener obstinadamente esa formidable apuesta que ha de decidir al fin si las palabras son más fuertes que las balas.

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