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Regenerar la educación, por Franklin Ibáñez

El papel subordinado que habitualmente se les ha asignado a las mujeres en la sociedad puede —y debe— revertirse con nuevas construcciones culturales.

Humanidades

Clases de cocina para niñas inglesas a inicios del siglo XX, estereotipos que llegaron a nuestra realidad

Por: Franklin Ibáñez
Las mujeres y los hombres son muy dispares. Por eso debemos educar a cada quien en su especificidad. ¿En serio? Demuéstralo. ¿No notas cuerpos distintos? Sí, pero ¿desde la biología se deduce una educación tan diversa? Existen otras diferencias fundamentales. ¡A ver! La mujer viste falda; los hombres, pantalones. Pero ¿sabías que la falda es más antigua que los pantalones y que también la usaban hombres por siglos en diversas partes del planeta?

Este es un diálogo ficticio, pero bien podría ser real, pues tras el fallo del Tribunal Constitucional en el que se acepta la inclusión del enfoque de género en el currículo educativo se han levantado voces a favor y en contra.

Para nuestra reflexión vamos a partir de una verdad innegable: la diferencia biológica cuenta. Importa saber cuántas mujeres hay en el país para, por ejemplo, determinar cuántos ginecólogos necesitamos*. Pero ¿para qué exagerar las diferencias en la formación escolar? Familias, culturas, iglesias pueden educar a niños y niñas con algunos énfasis que les interesen. ¡Por supuesto! No se trata de destruir las tradiciones, sino revisarlas críticamente para evaluar si conceden iguales oportunidades, si oprimen a unos o —más precisamente— unas. La balanza se inclina en contra de las mujeres.

Los casos paradigmáticos del acoso sexual, los tocamientos indebidos, la violencia doméstica, entre otros, constituyen las consecuencias de repetir patrones opresores de lo masculino sobre lo femenino.

Nuestras sociedades todavía se estructuran de tal modo que favorecen lo masculino. Los hombres fueron entrenados para ser proveedores. El mercado laboral los acogía como tales. La mujer, relegada a lo doméstico, al cuidado, a la economía invisible, viene superando ese escollo. Pero le cuesta el doble.

Ganar independencia económica y respeto como trabajadora competente le ha supuesto a la mujer acumular más tareas que al hombre. Además de sus ocho horas de empleo fuera de casa, dedica otra jornada laboral adentro, pero esta es no pagada, no sirve para las estadísticas de la población económicamente activa. Todo lo que haga en casa y no sea remunerado oficialmente no es trabajo. De ese modo, criar niños —mano de obra por venir— o atender ancianos —mano de obra pasada— son externalizaciones del sistema económico: se sirve de las mujeres, pero no les reconoce pago alguno.

—Nuevos paradigmas—
La educación de las nuevas generaciones jugará el rol clave. Los padres actuales discrepamos y nos apasionamos sobre “¿qué enseñar a nuestros hijos?”. La respuesta es obvia: algo diferente a lo que nos inculcaron a nosotros. ¿Recuerdan el curso de Formación Laboral? Dibujo técnico y carpintería para varones; tejido y costura para damas. ¿Cuál es la base biológica que sustentaba tal currículo? Ninguna. ¿La consecuencia? Sexualizar tareas, reforzar estereotipos.

Ahora debemos enseñar al niño varón a cuidar desde pequeño: por ejemplo, dar de comer a los peluches. Ese juego lo prepararía para que de grande no se siente en la mesa esperando ser servido. ¿Puede seguir jugando a ser Batman? ¡Claro! Pero no debe olvidar que Batichica también tiene vida propia: sería injusto dejarle la casa sucia y desordenada. ¿No se volvería así algo afeminado? ¡Qué va! Se volvería más humano.

Cuidar personas no solo es cuestión de mujeres. No hay relación natural entre ser mujer y asumir tareas de cuidado: atender a otros que no se abastecen a sí mismos, alimentarlos, ayudarles a vestirse, bañarlos, etc. no son tareas femeninas, sino humanas. El currículo escolar debe humanizar a los estudiantes, niños y niñas. Prepararles, a ambos, para que provean y cuiden.

P. D.: Debo mucho a la filósofa Nancy Fraser por estas reflexiones. Casi tanto como a mi madre, quien me enseñó que existe la triple jornada: proveer, cuidar… y comprometerse socialmente.

*Un país que de verdad se preocupa por las mujeres debería proveer una adecuada distribución del servicio ginecológico, más que obsesionarse por si visten falda o no.

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