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Ecos de guerra

Bajo la batalla de Miraflores explora el lado íntimo de uno de los episodios más tristes de nuestra historia.

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Los datos son estos: cientos de civiles —adolescentes, jóvenes, adultos y viejos—, movilizados después de la Navidad de 1880 y agrupados por oficios en improvisados reductos, tratan de defender una ciudad ya casi tomada por fuerzas superiores. Ahí, expuestos en zanjas, entre costales de arena y apenas armados, estos habitantes de Lima buscaban salvar sus hogares de una inminente invasión. Pocos sobrevivieron para contar lo ocurrido en las líneas el sábado 15 de enero de 1881. Los que no murieron bajo el fuego de los cañones Krupp enemigos, lo hicieron repasados por un Ejército chileno mejor armado y entrenado. Esa noche el pueblo que era Miraflores fue saqueado e incendiado. La ocupación de Lima se había iniciado. 

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El teatro está lleno. En la penumbra del escenario aparecen dos mujeres. Una joven y otra mayor que debe ser su madre. La angustia se percibe en sus rostros. Les tiembla la voz. Están escondidas en un refugio, entre costales de granos, alumbradas solo por lámparas, con algunas provisiones y un rifle. De pronto se escuchan unos alaridos que provienen del exterior, de la calle, de ese espacio tan temido del que solo nos llegan ecos, pisadas y explosiones. Una niña pide, desesperada, que le abran la puerta del escondite, que la dejen entrar. A pesar de la resistencia y las dudas de la madre, la hija sube con resolución la escalera y se propone ayudarla. Este es el inquietante inicio de "Bajo la batalla de Miraflores", una obra de teatro escrita y dirigida por Paola Vicente, que narra el drama de una familia el mismo día que ocurre el enfrentamiento. Una madre y una hija escondidas en un sótano, mientras el hermano y el padre han ido a pelear al frente en el incendiado Miraflores de 1881. Después, un misterioso personaje y el retorno al refugio del hermano herido desatarán una tensa pugna, como una réplica del terremoto que sucede en las calles. 
     La pieza explora ese momento límite que vivieron miles de limeños cuando, como dice la autora, salió a relucir lo mejor y lo peor de nosotros. “A mí estos temas me conmueven porque siento que la entrega, el sacrificio y la lealtad no solo por la patria sino por el otro se ponen a prueba en momentos tan fuertes como una guerra. Es ahí, entre la vida y la muerte, cuando tomas decisiones más radicales y salen a relucir aspectos que tal vez no conoces de ti mismo”, explica Vicente, sentada en un café frente al Teatro Ricardo Palma, en el mismo distrito. El lugar es hoy uno de los más cosmopolitas de Lima y resulta difícil imaginar que aquí se vivió uno de los episodios más terribles por los que ha pasado la ciudad. “Ahora mismo estamos tomando un café, tranquilamente, y no imaginamos que hace mucho tiempo aquí hubo una guerra. De eso se habla muy poco”, comenta la directora. Pero más que contarnos un hecho militar o una gesta heroica, lo que Vicente nos relata en 
"Bajo la batalla de Miraflores" es el drama de esos civiles que no aparece en los libros. Más allá del heroísmo, la lealtad o el valor, lo que subyace en los personajes de la obra es un profundo instinto por sobrevivir, por permanecer a costa de lo que sea. 

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La función ha terminado. Se encienden las luces y en el teatro se inicia una charla sobre los acontecimientos que sirven de telón de fondo a la obra. La propia Paola Vicente afirma que esta es una historia que nos toca a todos, pues la Guerra del Pacífico está en nuestro ADN y es imposible evitar sobrecogernos con la tragedia de nuestros compatriotas. Luego el sociólogo Santiago Alfaro pone énfasis en el drama de las mujeres. “La historia se cuenta desde los militares, desde los hombres, pero en este caso ha sido una invitación para abordarla desde la experiencia de las mujeres, de quienes no están viviendo los hechos centrales, pero que sienten la angustia que genera cualquier guerra”, dice en su intervención. 
     En el escenario están también dos apasionados investigadores de la guerra de 1879: el médico Renzo Castillo, administrador del foro Guerra de Chile contra el Perú y Bolivia; y José Carlos Juárez, miembro del Instituto de Estudios Históricos del Pacífico. “Piérola pensó que los chilenos iban a entrar por Ancón, pero se equivocó. Al ver que venían desde el sur (habían desembarcado en Curayacu y Pisco) tuvo que cambiar rápidamente la estrategia de defensa”, empieza a relatar Castillo. 
     “Entonces creó dos líneas: una que se apoyaba en el Morro Solar y el cerro Marcavilca y llegaba hasta las estribaciones de los Andes en Pamplona; y otra que iba desde el litoral, en lo que es hoy Larcomar, y llegaba hasta la hacienda Vásquez. Esta fue la línea que dio batalla aquel sábado 15 de enero, y donde se ubicaron los famosos reductos. Eran ocho, algunos dicen diez, pero solo entraron en combate los cuatro primeros. En ellos pelearon los ciudadanos de Lima, que tuvieron la necesidad de defender sus hogares ante la presencia del enemigo chileno”, apunta Castillo. Médicos, artesanos, obreros, estudiantes, organizados de acuerdo a su actividad y apoyados por los restos del Ejército que había sido derrotado en San Juan. 
     ¿Cómo vivieron esas horas aciagas las familias limeñas? Por algunas cartas enviadas por los reservistas a sus familias nos podemos dar una idea. Una de ellas es leída en el silencio de la sala por José Carlos Juárez. Pertenece a Narciso de la Colina, un trabajador de las salitreras de Tarapacá, quien luego de iniciada la guerra se vino a Lima con su familia y se alistó en la reserva para defender la ciudad. “Fue nombrado coronel del Batallón 6 de reserva y peleó en el reducto 3”, dice Juárez con voz estentórea. Luego lee la carta, fechada el 8 de enero de 1881, una semana antes de la batalla. Narciso le confirma a su esposa, Adela, que había recibido las siete monedas que le había enviado para comprar las cosas que necesitaba. Luego le cuenta que “los cumpas”, o sea los chilenos, “no habían vuelto a dar acuerdo de su persona. Ya estoy creyendo que tienen miedo de atacar”, le escribe. En medio de todo, puede comer bien: “El almuerzo me lo sirven como a mí me gusta […]. Mi almuerzo ayer fue opíparo, se compuso de un suculento plato de caldo, en arranque con su respectivo vino blanco. Ambas cosas regaladas. Bistec, chupe de leche y arroz, y una buena taza de té con leche. Hoy tomaré chocolate”. No se sabe más. Como resalta Juárez, era gente que no estaba preparada para la guerra, pero fue a ella con entrega. “Algunos retrocedieron, se retiraron. Es natural. Pero esa gente que se quedó hasta el 15 de enero merece que la recordemos y valoremos porque muchos entregaron sus vidas”, termina Juárez. 
     Gente que hoy, más de 130 años después, una obra como "Bajo la batalla de Miraflores" nos permite recordar y homenajear en silencio.

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