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Columna de Jaime Bedoya

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Tres minutos dura una canción pop promedio, un round de box, un encuentro amatorio apresurado que deja más temas pendientes que resueltos.

Es una tontería hacer de 180 segundos de un partido de fútbol una prueba ácida de honestidad deportiva, especialmente si se trata de tu selección. La tontería alcanza el grado de estupidez cuando el reclamo se hace ya ni siquiera en la tribuna, sino por Facebook, ese autorreferencial y no solicitado foro de egocentrismo donde todos son Messi, valientes y pontífices. Más inteligente y leal sería preocuparse por los 87 minutos restantes durante los que un impecable planteamiento táctico colombiano desnudó las limitaciones de la más exitosa selección nacional de los últimos tiempos.

El pase lateral sin propósito, ese homenaje táctico a la improductividad futbolística, fue una constante a lo largo del partido ante la imposibilidad de encontrarle una posibilidad ejecutoria al voluntarioso sí-se-puede. Así jugaron la mayor parte del encuentro, con o sin información de otros marcadores, con o sin Falcao tapándose la boca. Si de algo quieren preocuparse, súmenle a la orfandad táctica los parámetros propios de un biotipo breve y de poco peso. Yordy Reyna, mojado, debe rozar los 40 kilos. Diferencia musculoesquelética que será aun más evidente cuando nos enfrentemos a los neozelandeses. De poco fútbol, pero grandazos.

Algunas reacciones a pequeñas victorias que no son pequeñas, como el repechaje, evidencian una imposibilidad para conjugar resultados con el principio de realidad. Se cultiva un impedimento voluntario, consciente o no, al gozo en común. El disfrute es en solitario, masturbatorio, justicieramente expreso en ese comentario perfecto en redes sociales. Que es como encerrar a Narciso en una sala de espejos.

Felizmente el fútbol sigue siendo más grande que sus problemas. La manera en que nos ha anestesiado virtuosamente de nuestro egoísmo ha propiciado algunos días en que la gente saludaba o cedía el paso. Nos volvimos amables al recordar que estamos, deberíamos estarlo, en el mismo equipo. Esa es la camiseta invisible que debería llevarse puesta siempre. Que no es otra que la que usa la gente de bien, expresión de la que se desconfía por su aparente mansedumbre, cuando lo que encierra es valor e integridad a prueba de balas. Ser una basura es fácil. Hacer lo correcto siempre tiene un precio.

El poder convocante del más hermoso de los deportes además demuestra que tiene alcances más allá de los linderos locales. En la última etapa de las eliminatorias Latinoamérica se ha reencontrado fraternalmente tanto en sus afectos como en sus fobias. Conmueven los silencios durante los himnos ajenos. Y conmueve que honestamente argentinos, colombianos, brasileños, uruguayos y peruanos quieran volver a verse en Rusia el próximo año.

Es también síntoma de concordia el signo inverso. Las mismas nacionalidades, a las que se suman venezolanos, ecuatorianos, bolivianos y posiblemente etnias patagónicas y comunidades amazónicas no contactadas, se alegran de no tener a la selección chilena en ese Mundial. El señor Arturo Vidal, circunscribiéndonos decorosamente a lo futbolístico, ha cumplido a cabalidad con los méritos para construir esta empatía ecuménica en torno a su antipatía.

Lo único por lamentar sería que esta contrariedad impidiese el correspondiente especial de Condorito sobre el próximo Mundial. Un clásico. Pelotillehue no se mancha.

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