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El sentido del beso, por Katherine Subirana

Sellar el amor con la unión de los labios responde a una impronta cultural y biológica. Esto, por supuesto, no hace el asunto menos romántico.

Beso

Burt Lancaster y Deborah Kerr protagonizan uno de los besos más apasionados del cine en De aquí a la eternidad ( 1953 ), dirigida por Fred Zinnemann y basada en la novela homónima de James Jones.

¿Qué mueve a dos personas a juntar sus labios como si sellaran un pacto para la eternidad? Eso, el afecto. ¿Acaso durante un beso apasionado alguien se preocupa en la cantidad de bacterias y hormonas que danzan en ese intercambio de fluidos? ¿O piensa que en ese instante se está siguiendo un patrón cultural instaurado —al parecer— hace miles de años para demostrar amor y establecer un acuerdo?

Aunque la relación beso-amor nos resulta obvia a estas alturas del siglo XXI, la historia cultural de los afectos nos muestra que esta manifestación de deseo ha seguido todo un proceso hasta consolidarse como la máxima expresión amorosa. Sí, más que el sexo.

Beso

Ekkachai y Laksana Tiranarat son la pareja tailandesa que ostenta el récord Guinness del beso más largo de la historia: duró 58 horas 35 minutos y 58 segundos.

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Es imposible saber cuál fue el primer beso de la historia de la humanidad, aunque, como señala el periodista Noel Ceballos, “los científicos están casi completamente seguros de que los dos homínidos pioneros de esta frontera actuaron movidos por instinto, y quizá recordando cómo ciertas madres alimentan a sus crías —masticando primero ellas la comida y pasándola después de boca en boca—. Esto hace que un beso evoque siempre emociones positivas en los sujetos participantes: amor, seguridad, cariño, familiaridad, confianza”.

Romina Castro, psicóloga y sexóloga, nos recuerda que al dar un beso apasionado se liberan algunos neurotransmisores como la dopamina (hormona del placer, por lo que el beso muchas veces lleva a más prácticas sexuales), oxitocina (hormona del amor, hace sentir apego por la persona que besas), serotonina (ayuda a disminuir sentimientos de tristeza o depresión) y testosterona (incrementa el apetito sexual). “En el beso apasionado se ve involucrada la lengua, la que genera saliva y es mezclada con la de la otra persona. Este mix logra que se impregne la hormona de testosterona, lo que causará el alto deseo sexual, acompañado de sensaciones de apego y bienestar. Además ayuda a reducir la presión arterial, ya que al besar apasionadamente aumentan los latidos del corazón de forma saludable”, dice. Lo sabíamos: besar es bueno para la salud.

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Estamos frente a una impronta cultural milenaria, pues las primeras referencias a los besos se hallaron en textos religiosos de los vedas y, como consigna Ceballos en un artículo para GQ, en la poesía sumeria de hace más de 3.500 años: “Mis labios son tan pequeños que no saben cómo besar/ Mi preciosa dulzura, tumbada junto a mi corazón”.

El antropólogo, semiólogo y docente de la Universidad de Toronto Marcel Danesi, en su libro The history of the kiss! (2013), hace un ilustrativo recorrido histórico de las formas que tenemos los humanos de dar afecto. De su larga e interesante exposición en la que recoge poemas griegos que hacen alusión a los besos, el significado formal que tenían estos para los romanos, así como los besos del Kamasutra, nos centraremos en lo que señala sobre la Edad Media. Es aquí cuando el autor ubica la aparición del beso romántico como un símbolo de amor que impulsa a las personas a buscar su propio destino. “El beso en los labios ‘romántico’ (no ‘sexual’) es una invención que viene, con toda probabilidad, de las tradiciones medievales de amor cortés. Está impregnado de amor ‘verdadero’ (no ‘acordado’); es una acción subversiva contra el cortejo pactado y el amor aburrido. Incluso hoy, la traición o la infidelidad comienzan con un beso. Seguido del sexo, por supuesto. Pero ambos no pueden invertirse: nunca el sexo antes del beso”, dice Danesi en un artículo que escribió, a propósito de su libro, para el diario El País.

El beso como prueba de amor abunda desde entonces en la literatura y en la cultura popular, a veces sazonado con tragedia (que lo digan, si no, Romeo y Julieta o Paolo y Francesca), a veces como símbolo de salvación (Bella Durmiente y Blancanieves son prueba de ello). Pero en este significado salvador que se asume al juntar labios y fluidos bucales es bueno detenerse a ver qué papel cultural asumió la mujer. En los últimos ejemplos ellas son salvadas de la tragedia por el hombre (príncipe), quien las regresa a la vida con un beso que ellas no consienten.

La princesa que besa al sapo, en cambio, tiene una carga cultural completamente distinta. Al respecto, Romina Castro destaca: “Hoy más mujeres toman la iniciativa para besar, lo cual me parece excelente. No hay nada más sexy que una mujer empoderada de su sexualidad y al mando. Sabiendo la importancia que tiene un beso, ya sea porque produce placer o por la carga emocional que hay detrás, siempre esperamos que sea el hombre que tome la iniciativa. ¿Por qué? Si el deseo es igual en ambos, entonces cualquiera debería dar el primer paso”.

Es cierto que la idealización del amor romántico es causa de muchas relaciones tóxicas, por lo que no es vano preguntar si también hemos idealizado el acto de besar. Castro considera que, al contrario, este ha perdido importancia y complejidad. Y pone como ejemplo las películas porno. “Si bien es cierto que son la ciencia ficción del sexo, aquí el beso está ausente. ¿Por qué? Porque el beso es algo más íntimo, genera y significa complicidad”, dice.

Danesi, por su lado, señala que el beso concierne a lo ideal, no a lo real, pues “durante unos instantes suspende la realidad y el mundo se vuelve perfecto. Cuando funciona, hace añicos lo cotidiano, nos olvidamos de las banalidades que constituyen el día a día”. Y sí, un beso consentido con el sujeto de nuestro afecto puede lograr lo que la ciencia no ha logrado: detener el tiempo.

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