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Sexo como dios manda, por Franklin Ibáñez

En un momento en que se produce un intenso debate sobre la pertinencia de la educación sexual en las escuelas, una mirada a los libros canónicos y a teólogos y liberales.

Adán y Eva

Adán y Eva

Por: Franklin Ibáñez
Entendida como disciplina o estudio, la ética se ocupa de discernir el bien del mal. ¿Se aplica al acto sexual? ¿El fin legítimo del coito es solo la procreación? ¿Resulta inmoral una felación o la masturbación? ¿Aberrante el sexo anal? ¿Qué juegos, lugares, vestimentas y otros son éticamente aceptables entre los amantes? ¿Qué han dicho los grandes filósofos sobre la moral sexual? Muy poco, en comparación con todo lo que han dicho teólogos, pastores y quienes piensan la ética desde creencias religiosas, especialmente cristianas en nuestro medio.

La Biblia lista expresamente algunas prohibiciones: el onanismo (Gen 38, 6ss), la homosexualidad (Lev 18, 22) y, su próxima, la sodomía (Gen 19, 1ss). Quien la califica como palabra de Dios, y la lee con exagerada literalidad, condenará categóricamente dichas prácticas.

Sin embargo, esa misma persona tendrá problemas con otros episodios que el Creador habría dejado sin castigo ––como la conducta incestuosa de las hijas de Lot (Gen 19, 30)––; habría consentido ––como la poligamia de Jacob (Gen 29, 15)–– ; o, incluso, promovido ––como la ley del levirato: heredar los deberes esponsales del hermano difunto para con la cuñada (Dt 25, 5)––. Una aproximación literal no resuelve nada, menos aún para el Cantar de los cantares, libro cargado de erotismo que también se considera palabra de Dios y que nadie ha pedido excluir de los colegios.

–La interpretación “correcta”–
Otra opción para el creyente consiste en interpretar los pasajes: reconstruir los contextos en que fueron escritos y analizarlos dentro de una teología: una visión sobre Dios y su relación con la humanidad, que ciertamente incluye la dimensión sexual.

El debate comienza, entonces, por “la interpretación correcta” u ortodoxa, pues algunas teologías destacarán el amor; otras, el pecado, etc. Las doctrinas religiosas más difundidas sobre la sexualidad tienden a ser todavía bastante cercanas a la literalidad bíblica, aunque lo sean menos para asuntos como la creación del universo o del ser humano.

La mayoría de teologías cristianas han sido impactadas por el big bang y el evolucionismo ––no sin décadas de resistencia previa––, mas no por el psicoanálisis, la sexología y, menos aún, los estudios de género. A estas últimas las consideran disciplinas poco o nada científicas, contrariamente a lo que sucede en la mayor parte del mundo académico serio ––basta con ir a cualquier universidad de prestigio––.

Las visiones religiosas del mundo no pueden dictaminar lo bueno y lo malo en una sociedad plural y que es denominada constitucionalmente Estado laico para garantizar que nadie imponga sus doctrinas sobre el resto. Algunos creyentes intentan ofrecer una ética laica o secular de la sexualidad; es decir, una sin bases religiosas ––¿o con bases ocultas?––, que, a su juicio, sí debiera ser aceptada por toda la sociedad.

Un ejemplo de ética tal, ampliamente presente hoy, podría considerarse naturalista, y citar a Tomás de Aquino como uno de sus pilares. Por ejemplo, él señala: “Pertenece al orden natural ‘todo aquello que la naturaleza enseñó a todos los animales’, como es la unión de macho y hembra”. En sencillo, la naturaleza es buena ––en tanto creada por un Dios supremamente bueno y sabio––; de allí que las conductas correctas, sanas y normales deban ajustarse a lo que apreciamos en ella. ¿Acaso los animales se masturban? ¿Se unen sexualmente entre machos? No; entonces, así debiera ser para nosotros.

A diferencia de Aquino y su tiempo, hoy sabemos que la masturbación y la homosexualidad existen en algunas especies ––creadas por ese mismo Dios sabio y bueno––. Esos contraejemplos no destruyen la ética naturalista, pues son conductas excepcionales, de pocas especies en comparación con el total. El naturalismo enfrenta problemas más serios.

Primero, lo que la naturaleza ordena está sujeto a interpretación. No resulta evidente qué deducir de ella. Pensemos en el cuerpo. Los animales no usan ropa. En climas cálidos poblaciones enteras vivían casi desnudas. ¿Cómo se les convenció de que la naturaleza quiere que oculten algunas de sus partes? Los predicadores, que llegaron con los conquistadores, utilizaron medios impositivos. Segundo, el ser humano tiende “naturalmente” a ir más allá de la naturaleza. No poseía alas, pero inventó aviones. Si practicáramos el acto sexual como los animales, no tendrían lugar la música, las velas y… ¡tampoco el amor! ¿Es natural en el mundo animal la monogamia? No, pero quienes suscriben éticas naturalistas no querrán admitir ese hecho y se verán forzados a interpretar la naturaleza, cuando no a querer enmendarla.

De hecho, Aquino señaló que la Biblia, especialmente el Nuevo Testamento, corrigió la ley natural; pero, nuevamente, este argumento parecería inválido para quienes no la consideran palabra de Dios.

—El principio del daño—
La mayoría de sociedades modernas y democráticas ha preferido otro camino. John Stuart Mill formuló el moderno y célebre principio del daño, recogido por nuestras constituciones en alguna versión. La fórmula de Mill reza así: “Cada individuo tiene derecho a actuar de acuerdo a su propia voluntad en tanto que tales acciones no perjudiquen o dañen a otros”. Entonces, en referente al acto sexual, casi TODO se permite siempre que no perjudique a las partes y que lo hayan aceptado. “Sobre sí mismo, sobre su cuerpo y su espíritu, el individuo es soberano”, añadía Mill.

De aquel “todo”, se excluyen la violación o la pedofilia —pues no hay consentimiento—; y, en un límite polémico, conductas riesgosas, aunque consentidas, como el sadomasoquismo.

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