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Sincronicidad: ¿Azar o ciencia?

El escepticismo y la fe son dos extremos que salen a relucir cuando los seres humanos intentamos explicar algún albur en nuestro camino.

Azar

¿Son los encuentros fortuitos producto del azar o de cierta sincronicidad que no podemos todavía explicar racionalmente?

Cuántas veces no nos ha pasado que estamos pensando en alguien que no hemos visto en años, y, de pronto, ese mismo día, casualmente, recibimos una carta de ella. “La hemos llamado con el pensamiento”, nos decimos, medio en broma, medio en serio. Estamos acostumbrados en nuestra cultura, desde nuestra mentalidad científica, a no darles importancia a las coincidencias y, a pesar de experimentarlas frecuentemente y de ser, algunas de ellas, a veces verdaderamente insólitas, igual las descartamos como productos del azar. Sospechamos de cualquier cosa que no cuadre con la regularidad de las leyes naturales o el principio de causalidad. Es como si por el bien del planeta y el nuestro, creyésemos aconsejable limitar al mínimo las casualidades, y priorizar más bien siempre la posibilidad de una causa precisa que explique todo en la experiencia.

Esta actitud moderna es una reacción contra el escepticismo que surgió frente al tremendo influjo de las nuevas formas de vida y pensamiento provenientes del Nuevo Mundo en el Renacimiento y de su difusión masiva, por la invención de la imprenta, que hizo que se tambalearan todos los paradigmas vigentes en la cultura de ese momento. Para Kant, el no haber refutado finalmente al escepticismo era un escándalo de la filosofía, que se propone superar en la Crítica de la razón pura.

El conocimiento seguro, concluye ahí contra el escéptico, es posible, pero solamente en el ámbito de los fenómenos naturales y sus causas. Nada que no sea medible o explicable a partir de esas condiciones puede distinguirse de la ilusión. Esa victoria sobre el escepticismo, sin embargo, tuvo un costo traumático para la religión, la cultura y la estética, pues las experiencias humanas más importantes exceden el ámbito de las ciencias naturales y no son siempre validables por la razón. En nuestra cultura vivimos, así, escindidos internamente en nombre de la ciencia.

—La era de la espontaneidad—
Sin embargo, las cosas están cambiando en esta época. La física contemporánea ha descubierto que las férreas y estables leyes naturales no son sino estadísticas, no certezas sino probabilidades. El mundo, en otras palabras, parece ser mucho menos determinado de lo que la ciencia moderna nos ha llevado a suponer. La observación de un fenómeno, además, según la mecánica cuántica, siempre introduce un grado de aleatoriedad, por lo que nunca podemos realmente conocer lo que estamos percibiendo independientemente de nosotros mismos.

Conocer no es la captación de algo por alguien, sino un proceso de cooriginación, en que tanto el objeto como el observador son transformados. En biología, por otro lado, se ha descubierto que la materia no es inerte, como ha tenido que suponerlo la ciencia moderna, sino que es ‘autopoiética’. Este término, acuñado por los biólogos chilenos, Maturana y Varela, nombra la espontaneidad autocreativa de todo organismo vivo. En estos últimos años, filósofos neorrealistas, como Timothy Morton, Graham Harman y Jane Bennett, han pretendido extender también a todos los objetos esa autopoiesis, con lo que se inserta un importante elemento de aleatoriedad a todo en la experiencia.

Si el azar está en el corazón mismo del mundo en el que vivimos, entonces, en nuestra actitud científica moderna podríamos estar renunciando a la complejidad y riqueza de nuestra experiencia a cambio de una seguridad ficticia. El mundo humano no se restringe a lo que puede captar la ciencia racionalista. Su profundidad deriva, precisamente, de la semilla de azar que germina más allá de los alcances de la ciencia, en la espontaneidad de lo natural. Quizás lo que todos esos desarrollos muestran es que nos estamos volviendo cada vez más sensibles a la actividad vital de la naturaleza, al flujo continuo de fuerzas, todas en interacción, todas influenciando a todas las demás, donde es responsable de lo que percibimos más el azar que la causalidad.

—La reivindicación de lo fortuito—
Para la cultura china, el principio de causalidad es tan insignificante como para nosotros el azar o la sincronicidad. Cada evento es para la mentalidad oriental, no la confirmación de una ley, sino, al contrario, la reivindicación del azar en cada acontecimiento singular, que en sus circunstancias específicas producirá siempre un resultado único. Cuando se arroja al suelo un puñado de fósforos, por ejemplo, la forma en la que caen es la huella del momento, en la que se encuentran presentes todos los elementos que se han constelizado en esta particular instancia. Es a partir de esa mirada sobre la casualidad que se constituye otra forma de conocimiento que aquella con la que nos hemos identificado hasta la Modernidad en Occidente.

Nuestra reducción del mundo humano al ámbito de las leyes naturales y las causas nos hace ciegos a la espontaneidad de las cosas. Solo así, ciegos, es posible ver a la naturaleza meramente como materia instrumentalizable. La importancia central de lo fortuito requiere la aceptación de nuestra limitación y la imposibilidad de un conocimiento certero y total de la experiencia.

La verdadera respuesta al escepticismo no sería, entonces, la conquista de un mundo azaroso, sino, por el contrario, una entrega a lo imprevisible y, con ello, un cambio radical de conciencia, que definirían una nueva concepción del ser humano y de su lugar en el cosmos.

Quizás las sincronicidades, más que meras coincidencias, sean señales de un universo en el que cobran notoriedad las palabras de Hamlet: “existen más cosas […] que las que puede soñar nuestra filosofía”.


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