"El hartazgo es más profundo [ahora] que en los últimos procesos electorales", considera Paula Muñoz. (Foto: Universidad del Pacífico)
"El hartazgo es más profundo [ahora] que en los últimos procesos electorales", considera Paula Muñoz. (Foto: Universidad del Pacífico)
Jonathan Castro

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Es viernes 9 de abril, y hemos visto los resultados de los simulacros de votación que no se han podido difundir por la prohibición electoral. , el candidato de , ya aparecía escalando entre los primeros lugares; pero las tendencias están muy ajustadas entre los primeros lugares de las . Aunque las posiciones han cambiado ligeramente hoy, según el flash electoral de América TV-Ipsos, las circunstancias que llevaron a este escenario valen ser aclaradas por Paula Muñoz, politóloga y autora del libro “Buying audiences. Clientelism and Electoral Campaigns When Parties are Weak”. Antes de publicarla con el panorama que tenemos tras con las dos preguntas que van al inicio de esta entrevista.

¿Es Castillo un fenómeno apabullante, que no vimos, o ha llenado un vacío político?

Me parece que no es un fenómeno así, sino que ha llenado un vacío que existía. Quienes se estaban demorando más en decidir su voto, cuando se analizaron las encuestas, eran más en los sectores socioeconómicos más bajos. También los que están menos interesados en política. Creo que estos han sido los sectores que han decidido su voto a último minuto, y creo que han decidido su voto hacia él. Habría que verlo exactamente, pero creo que sí fue un factor que ayuda a explicar. Otra cosa es que definitivamente hay un sector que vota más o menos en esa línea que está buscando candidato. Esto también tuvo expresión en la elección pasada con el voto por Gregorio Santos. Creo que más que deberse a un súper ultra candidato que no se ha descubierto antes, tal vez producto de la búsqueda que han estado haciendo electores por encontrar alguien que se acerque más a su sector, a lo que esperan, o que representa su frustración. También puede ser que es cierto que haya sido un candidato menos conocido, y en las últimas semanas, con el debate y algunos otros espacios, le han dado un poco más de protagonismo público que no tenía.

¿Se debe interpretar a Castillo como un candidato radical de izquierda? ¿O el voto hacia él tiene otro componente, como ser alguien más cercano, que puede generar empatía?

Creo que hay un poco de ambos. Definitivamente es un voto que está más a la izquierda de la agenda de Verónika Mendoza. Pero también creo que se cruza porque no es la única división política que hay en el país. Se cruza con otro factor más identitario, donde aparece realmente como un candidato que por ahí tiene una plataforma parecida en algunos temas, pero se parece más a mucha gente que viene desde abajo. A muchas personas les parece muy importante que quien vaya a gobernar entienda los problemas de la gente. Y él es un candidato que viene desde bien abajo.

Por otro lado, otra cosa que también cabría evaluar luego con cifras, es en qué medida juegan otros factores. Además de ser más radical en algunas propuestas de izquierda y decir “todos son unos corruptos”, juega mucho mejor la carta del outsider. Y, además, es un outsider que se parece a ti. Pero, además, creo que su agenda es más radical en algunas cosas en lo económico, pero al mismo tiempo es más conservadora en los temas morales, que es algo que no hay que olvidar, porque el Perú tiene todavía un gran sector de su población que es bastante conservador. Y las condiciones conservadoras se han fortalecido en los últimos años.

¿Qué factores podrían explicar que, en el tramo final de la campaña, tengamos candidaturas que no despegaron notablemente?

Tenemos que ver un poco hacia atrás. Este es el punto más alto de la desafección ciudadana, del desencanto con el sistema político que se ha producido por la crisis y los hechos de los últimos años. Los peruanos ya estábamos descontentos con la política, pero en estos últimos años la crisis–que ha venido in crescendo– ha sido devastadora. La pugna por el poder fue intensificada, y la política se desprestigió por la investigación internacional del Caso Lava Jato. Es un choque externo que remece nuestro sistema porque empieza a visibilizar que la corrupción estaba muy extendida en los círculos de poder muy altos. El segundo golpe externo, que es la pandemia, ha terminado de echar luz a problemas que sabíamos que están ahí pero mucha gente prefería no ver. Al final, la gente está cansada, no le interesa la política, y además no está contenta con lo que se nos está ofreciendo.

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Pero el hartazgo viene de una crisis que se prolonga más allá de los últimos cinco años. Tengo la impresión que antes las campañas electorales permitían, si bien no hacer un borrón y cuenta nueva, sí refrescar la conexión entre la clase política y sus representados. En esta campaña eso no se ha dado.

Hay algo de eso. Pero el hartazgo es más profundo [ahora] que en los últimos procesos electorales. La información que nos confirma la magnitud del Caso Lava Jato sale en diciembre 2016. [En las elecciones del 2016] todavía teníamos la ilusión de que las cosas podían mejorar. Y además todavía había una apuesta por actores [políticos] que todavía no habían gobernado. Tomando en cuenta esto, creo que la excepcionalidad de la forma de hacer campaña, que ha sido nueva, y obedece tanto al COVID-19 como al cambio de reglas electorales, enfría más la campaña. No permite el acercamiento personal, esa evaluación más cercana de los candidatos, de verlos y humanizarlos, que es lo que creo que el encuentro cara a cara le permite a las personas. Y también puedes ver las reacciones de los otros, si se entusiasman o no con la persona que está ahí. No es que no haya habido este tipo de eventos, pero sí creo que se dificulta más.

¿Qué otras diferencias hubo en la campaña?

No hemos tenido el bombardeo de publicidad privada en los medios, que era otra forma de dar información sobre quiénes tienen posibilidades de ganar. Lo que estamos viendo es una dispersión muy grande. Incluso los simulacros de esta última semana que no se pudieron publicar nos sorprenden porque no había grandes apoyos, gran entusiasmo. Ante la ausencia de otras alternativas de campaña, lo que queda y lo que puede terminar teniendo peso son los vínculos organizativos o identitarios preexistentes, que en general a lo largo de la campaña hayan tenido una mejor performance en términos de estabilidad, un tipo de llegada a través de redes o de organizaciones sociales pre existentes. Castillo se ha asentado en dos redes grandes para su mensaje, que es algo que nos da cuenta sobre lo desorganizada que está la política. Una de estas redes es el Sutep, el magisterio; y la otra son las organizaciones sociales, especialmente los ronderos. Estas le permiten usar esa boca a boca. Lo mismo pasa con el Frepap que ya había sorprendido en el 2020.

La otra novedad es las campañas en redes que han empezado a ser más importantes.

Una de las ideas que planteas en tu libro “Buying audiences” es que la entrega de obsequios, bienes en las campañas presenciales, el clientelismo, más que hacer que un candidato gane votos seguros, los convoca y da una impresión sobre la capacidad de movilizar simpatizantes que tiene. En esta campaña, eso se ha visto no solo limitado por las reformas políticas...

Sino también por el Covid-19. Otra consecuencia de no haber tenido campaña cara a cara, es que también se pierde este otro tipo de información para tomar decisiones. Si tú empiezas a ver que constantemente en las zonas donde vives, o en la televisión, hay ciertos candidatos que están juntando más gente, te manda información sobre qué tan viables son. Es una información bien parecida a las encuestas. Y ojo, no simplemente ha sido [diferente] por el clientelismo, sino también por otros mecanismos que se usaban como indicador. La gente percibía como una suerte de indicador de éxito electoral la cantidad de publicidad en medios de comunicación, que ahora ha estado prohibida. No hemos tenido esa información, y nos hemos quedado solamente con las encuestas. En ese contexto ha sido más difícil pensar estratégicamente, coordinar tu voto. Y también la cantidad de candidatos lo hace más difícil.

La campaña cara a cara también genera emociones, esperanza. Eso creo que en esta campaña ha sido muy bajo.

Exacto. Creo que ha sido en parte porque no has tenido ese contacto, esa vivencia, porque te emociona que lo ves llegar y hay mucha gente, y se emocionan. O porque ves que finalmente llega, y [pese a que] no tienes mucha expectativa, a la hora que llega lo evalúas, te escucha, lo sentiste como alguien que era asequible. Todo eso se pierde, esa parte de la interacción humana que es bien importante para generar interés, pasiones, aunque sea emocionarse un poco por el proceso electoral.

A los candidatos que optaron por campañas en redes les ha ido muy mal. Pero los que tuvieron menos respeto a las restricciones, como López Aliaga, que concentró gente, o Castillo, que hizo pequeños mítines, han creciendo.

Sin duda. Yo no tengo datos de eso, me imagino que eso puede haber ayudado un poco más. Cuando yo hice esta investigación [la del libro “Buying audiences”], vimos que los encuentros cara a cara permiten a la gente evaluar la persona del candidato, y eso es bien importante. La gente quiere ver, escuchar si conectas o no en el plano más personal. Cuáles son las maneras, las formas de hablar, las actitudes. No lo que dice necesariamente, sino cómo lo dice. Esta famosa imagen de la campaña anterior de la Barnechea haciéndole asco con el chicharrón.

¿Crees que los candidatos han tenido una conexión clara con las necesidades inmediatas de la población en este momento? Por ejemplo, el discurso de Verónika Mendoza cambió: al inicio de la campaña el tema central era la nueva Constitución, y en los últimos tiempos el discurso viró hacia más oxígeno, salud para todos, urgencias inmediatas en este momento.

Creo que en el caso concreto de su campaña hubo un error de mensaje, de estrategia de campaña. Se supone que ella era la candidata que podía justamente conectar con las necesidades de los de abajo. El país está pasando por una situación dificilísima, la gente está desesperada, porque mientras ocurre la campaña estamos en el peor momento de la pandemia. Tenemos estas urgencias sanitarias y también económicas, mucha gente que no tiene qué comer, que ha perdido su trabajo. Creo que hay también una falta de contacto con el día a día y las necesidades concretas de muchas personas que de pronto esa campaña descuidó por su gran mensaje político de cambio. Castillo también tiene ese mensaje de cambio de Constitución, pero creo que conecta mucho mejor. Empieza al revés: hablando de las necesidades o conectando, y después ya puede decir eso. También hay un tema de origen, de cercanía por vivencia, de ser parte, como él dice, del pueblo, que lo ayuda, más en ese sentido.

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¿Los otros candidatos han conectado con esa necesidad? López Aliaga y Acuña dijeron que el 28 de julio tomaban un vuelo y traían ellos mismos las vacunas. ¿Eso es suficiente para conectar?

No, eso no es suficiente. Son candidatos que han conectado con otros sectores, pero no necesariamente con los más necesitados. Otro candidato que lo hizo en un momento, un poco mejor, y eso explica de alguna manera su subida, pero también su bajada cuando ya la campaña empieza a encenderse un poco más, es Lescano. Acuérdate que el punto en el que Lescano empieza a subir es cuando estaba viajando mucho. No solo comunicas sino que estás escuchando lo que yo necesito.

Pero también los que han ido subiendo ha sido el azar. Estos cambios se dan no porque haya una mejor estrategia de un lado, sino porque otros fallan, y entonces la gente está buscando y escuchando. No es necesariamente resultado de una buena estrategia, sino un poco más de la improvisación.

Ese componente me curiosidad, pues más que buenas campañas, creo que el crecimiento se debe a que hay vacíos en el espectro político que se van generando....

De acuerdo contigo. Hay campos que necesitan ser representados y que no encuentran a su candidato porque la oferta ha sido muy mala. Entonces, al final la gente dice “ya por quién voto” pero a las justas. Por eso tenemos esta fragmentación y nada de entusiasmo. En ninguno hay un entusiasmo realmente grande, ni una ola de crecimiento.

López Aliaga tuvo un momento en el que subió aprovechando un vacío, pero su campaña, a partir de que empieza a tener visibilidad, no da el salto que le hubiera permitir dispararse.

Claro, es que no logra salir de su sector, de este sector de la población que sí existe, que ha crecido en los últimos años, que es el ultra conservador masculino, de cierta edad, que consume ciertos medios, y tiene ciertas ideas. Se reafirmó en eso y no trató de salir. Empezó con esta campaña muy agresiva, renegona con cualquiera, de molestarse y no responder. Eso finalmente no le permite salir de su nicho limeño viejo conservador.

¿Cuál es la principal razón por la cual el Partido Morado no pudo subir?

Es impresionante. Creo que esa es la gran pregunta. Y la Generación del Bicentenario, ¿dónde están los dos? En el Partido Morado, la candidatura de Guzmán fue un grave error. Realmente el episodio del incendio y salir corriendo es una imagen que queda, es muy fuerte, y lo hemos visto en muchos memes durante la campaña. Es un candidato que ya estaba deslegitimado ante la opinión pública. Y tampoco ha hecho una buena campaña. No hubo una buena estrategia. Y no jugó tan bien a su favor el hecho de tener al Partido Morado en el gobierno en medio de esta crisis terrible. Finalmente uno dice “bueno ese es tu partido y no están pudiendo controlar la pandemia, las cosas no mejoran sino que están saliéndose de control de nuevo”. Tal vez con una candidatura diferente dentro del propio partido hubiera tenido mucha más posibilidad. En un inicio en las encuestas, uno veía que los más jóvenes estaban apoyando más a la candidatura del Partido Morado. Incluso en algún momento había más gente dispuesta a votar por las listas al Congreso. Ahí te das cuenta que ha habido un error en cuanto a selección de candidaturas. Se hubiesen podido colocar como un mal menor, claramente, frente a otros, pero con una mejor candidatura en la cabeza. Guzmán creo que ya había cumplido su ciclo. Nunca fue una candidatura que despertara grandes pasiones.

Uno de los argumentos de Guzmán es que a él lo retiran de la elección anterior cuando estaba en el segundo lugar en las encuestas…

Completamente injusto. Él hubiera ganado la elección del 2016…

A lo que voy es que en la elección pasada ya vimos que había gente en busca de un candidato nuevo, y que rápidamente despegaba. Eso lo hemos visto en esta campaña también.

Eso se entiende a través de los años, de las campañas electorales. Ahí está de fondo este descontento grande con la política. En tiempos donde la desafección ha crecido bastante, la novedad es algo que ayuda, porque la gente está cansada de esta idea de que son siempre los mismos. En la campaña anterior quienes despegaron y despertaron entusiasmo eran los que eran vistos como candidatos nuevos: Guzmán en su momento, Verónika Mendoza también. En esta campaña no tuvieron ese factor de novedad. Le hubiese ayudado al Partido Morado tener una nueva candidatura.

También llama la atención que el despegue de De Soto no se da cuando él tenía presencia en medios, sino cuando López Aliaga tiene más presencia y se empieza a notar sus inconsistencias. Ahí inmediatamente se veía en los buscadores en Google que la gente empezaba a buscar “Hernando de Soto”, quizás para llenar el vacío del que hablábamos.

Sí, sin duda. Aparecía este otro candidato y al mismo tiempo se estaban desinflando otros, estaba cayendo Guzmán. Entonces, yo creo que en este factor de voto joven que apoya a De Soto, yo creo que es muy posible que hayan sido candidatos [electores] que antes han estado pensando en votar por Guzmán. Y cuando han visto que no tiene posibilidades, han empezado a buscar otras opciones y han visto parte en el perfil de De Soto algo parecido al de Guzmán. Por lo menos es economista.

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¿Ante qué situación nos podríamos enfrentar si es que el próximo presidente no logra si quiera un respaldo del 15% de votos emitidos en la primera vuelta? ¿A un gobierno muy débil?

De todas maneras vamos a tener un gobierno muy débil. Con esta coyuntura inédita de quíntuple empate a una semana de la elección, y que eso no se defina y no quede claro, va a ser un Ejecutivo y un Congreso con una legitimidad de origen muy baja. Es algo histórico, no hay ni un candidato que no llegue con al menos un quinto, ni siquiera el 20% de las preferencias. La tendencia desde el 2000 ha sido que, más o menos, el primer candidato en la primera vuelta tiene por lo menos 30% de los votos válidos. Acá estamos bien lejos. Si ya eso era precario, imagínate ahora esto. Eso, sumado a que vas a tener un gobierno dividido, claramente nos coloca en un escenario muy precario. Además, es un contexto en el cual usar los mecanismos que están establecidos en la Constitución, incluyendo la vacancia por incapacidad moral y también las cuestiones de confianza, como parte de esta pugna política, se ha normalizado. Los actores políticos lo ven como algo normal a lo que en los próximos años podrían recurrir si es que no se llegan a hacer pactos, consensos, después. Si se polariza mucho la campaña de segunda vuelta, va a ser un desarrollo de gobernabilidad mucho más difícil, porque será complicado que los sectores políticos se pongan de acuerdo. Esto que vimos en el 2016.

Al margen de tus deseos personales. ¿Nos esperan nuevos episodios de caos democrático si el Congreso resulta muy fragmentado?

Estamos en un escenario de mucha incertidumbre, pero hay rutas posibles que ponen en riesgo la gobernabilidad democrática y hasta la democracia. Un primer escenario, que es altamente probable, es que continuemos con un nuevo gobierno donde la inestabilidad política sea la regla, y donde el conflicto Ejecutivo-Legislativo sea lo que la propicie, que es lo que hemos visto en los últimos años.

Otro escenario podría ser también que tengas finalmente un Ejecutivo que entre y logra conectar con la ciudadanía, y que basado en su popularidad, pueda tomar medidas que vayan socavando el equilibrio de poderes, y que abran una ruta más autoritario, como Alberto Fujimori del 90-92. Eso podría ser un escenario peor.

Una tercera ruta podría ser que haya un pacto, entre el Ejecutivo y el Congreso, que lleguen pragmáticamente a un acuerdo, pero sobre todo en medidas que normalmente desde la prensa se califican como populistas, que pongan en riesgo la viabilidad económica del Estado. Y que eso repercuta en generar una crisis mayor, no tanto política, pero con otras consecuencias en la economía.

En el mejor de los casos, tendremos una suerte de pacto político responsable donde los diferentes actores se ponen de acuerdo, emergen después de sus diferencias, pensando en el país, en cómo solucionar las crisis, en ser responsables a futuro. Pero ese es un escenario más difícil dentro de esta coyuntura. Está muy abierto, y va a depender mucho de quiénes ganen, quiénes entren al Congreso, quién gana la presidencia.

¿Qué tipo de lectura le debemos dar al ausentismo que podría haber? ¿Una muestra de desinterés en la elección o una preocupación sanitaria?

Me inclino más por lo segundo, porque en estos últimos días uno empezó a ver que la gente se estaba empezando a decidir. Si hay un incremento en el ausentismo, más que pensarlo como una suerte de rechazo, podríamos pensar que es muy probable que sea el factor del miedo a la pandemia.

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