El destino de Elliot Túpac estaba escrito en una pared. Mucho antes de que aprendiera a leer o a escribir, el cuarto de los ocho hijos del matrimonio de Fortunato Urcuhuaranga y Alicia Cárdenas ya era un artista. Apenas tenía cuatro años y una tiza como herramienta. Un día, sin que nadie lo supiera, entró al taller de su padre en el que confeccionaba carteles chicha, y replicó una palabra muy familiar escrita en una de las paredes empastadas. La dibujó cuantas veces pudo, con esmero, siempre tratando de que sea igual a la original. Al llegar a casa, Fortunato se encontró con una imagen sobrecogedora: el pequeño Elliot había creado un tapiz con su propio nombre.

“A qué niño no le gusta dibujar. Todos dibujamos. El tema es que con el paso del tiempo perdemos eso. O hacen que lo perdamos”, dice sentado en su taller, ubicado en una quinta en el corazón de Barranco, treinta y cuatro años después de aquel episodio.

En estas otras paredes su nombre sigue siendo el común denominador. Ya no a tiza, sino a tinta, como parte de los carteles chicha que lo han sacado del anonimato. Sigue siendo Elliot, pero le sumó el Túpac como una reivindicación al nombre que no pudo quedar inscrito en su partida de nacimiento porque a una funcionaria no le pareció que un niño debiera llevar ese nombre. Y entonces a Fortunato Urcuhuaranga no se le ocurrió mejor idea que bautizarlo con el de su tercer hijo, fallecido a los pocos meses de vida.

Existen nombres imborrables. Elliot es uno de ellos.

Como él mismo dice, casi todos los artistas y los estudiantes de diseño saben quién es Elliot Túpac. “Es posible que medio Barranco también”, bromea. El ser uno de los mayores representantes del lettering en el Perú, a partir de sus carteles, le ha valido para llevar su nombre más allá del taller familiar en Vitarte, de los afiches flúor de la Carretera Central y de las fiestas de Karicia y Los Shapis al pie del cerro El Pino. Si bien hay mucha gente que no lo reconoce en la calle, por lo menos alguna vez ha oído nombrarlo o ha visto su firma escrita en alguna pared de Lima.


Elliot Túpac: el artista más allá de los carteles chicha [VIDEO]

—     ¿Quién es el autor de este cartel?
—     Elliot — respondió a secas su hermano Edinson.

Este breve diálogo ocurrió a mediados del 2003. Como tantas veces, una nueva clienta llegó hasta el taller de Viusa (Visual Urcuhuaranga Sociedad Anónima). Pero esta no era una clienta cualquiera. Era Susana Torres, una artista de Chaclacayo que quedó impactada con esos afiches de colores intensos y letras redondeadas con el estilo barroco de los bordados huancas. Un tímido Elliot, de metro cincuenta y cabello lacio prieto, asomó la cabeza sin saber que el momento que tanto había esperado al fin se había hecho realidad.

Desde el tapiz con su nombre a los cuatro años, todo lo realizado por Elliot Urcuhuaranga había estado alineado con un solo propósito: convertirse en artista. El dibujo del jacarandá y la plaza de Santa Clara en los Juegos Florales de su colegio Faustino Sarmiento, el perfeccionamiento de la serigrafía en el taller junto a su hermano Edinson durante la adolescencia, el intento frustrado de postular a la Escuela de Bellas Artes, la negativa a ser abogado, los cuatro años de estudios de Ciencias de la Comunicación, la decisión de hacer de los carteles chicha elementos artísticos pese a las burlas de sus compañeros universitarios. Absolutamente todo formaba parte de sus planes.

Susana Torres se ocupó de completar la historia. Primero le encargó un afiche para el evento LGTB “Suéltate la trenza” y al poco tiempo lo incluyó en la dirección de arte de las películas Madeinusa y la Teta asustada de la premiada Claudia Llosa. Como consecuencia del buen trabajo, formó parte de las muestras “Del puñal al pincel” (2003) y “Neón-colonial” (2004).

“Tales intercambios y contrapuntos derivarían a Túpac hacia la escena plástica más amplia, incluso internacionalmente”, escribió Gustavo Buntix en 2013 a propósito de la participación del joven artista en el Art Lima. El curador y también esposo de Susana lo resumía bien: las puertas del mundo artístico se le habían abierto de par en par.

Elliot Túpac está lejos de ser un malagradecido, pero no tiene dudas de que el renombre era cuestión de tiempo. “Nadie sabe qué hubiera pasado si Susana no llegaba aquel día al taller. Pero algo que sí sé es que yo no hubiera esperado a Susana”, dice mientras termina de afinar unos carteles, con mucho cuidado para no fallar en el trazo.

Elliot Túpac: el artista más allá de los carteles chicha [VIDEO]

El nombre de Elliot Túpac apareció en 2010 por primera vez en la prestigiosa revista inglesa Creative Review y en las calles de Santiago de Chile, a propósito de su presencia en varios eventos. Aquel año fue un boom en la vida del artista que desde pequeño se había acostumbrado a decir que era de La Breña, el pequeño poblado donde nació su padre en las alturas de Huacrapuquio, en Huancayo.

La estética chicha lo llevó a diseñar una histórica portada de la revista Somos de El Comercio y a pintar su primer mural en la fachada del centro cultural El Averno: “Cholo soy”. Primero fue Lima, pero luego Santiago, Buenos Aires y Londres se convirtieron en los espacios emblemáticos para reivindicar, en sus calles, aquello que durante años fue tildado de “feo” y “huachafo”.

Pero así como el muralismo le permitió sumergirse en otras técnicas y la posibilidad de una masificación más rápida, la insistente asociación a la cultura chicha lo terminó por saturar. Elliot Túpac no quería ser el artista de los colores chillones o el embajador de los marginados. “Tengo que cargar con ese muerto de que mi trabajo representa a lo popular. Pero, en realidad, me representa a mí nomás”, asegura y de inmediato aclara que no ha descubierto nada nuevo. Se autodefine como un cartelista, como los otros, “solo que más dibujante y con un nivel de composición más exigente”.

Elliot Túpac: el artista más allá de los carteles chicha [VIDEO]

El próximo desafío es que su nombre ya no esté únicamente vinculado a las letras onduladas con degradé de tintes fosforescentes. Elliot Túpac quiere asaltar las paredes de Lima con otras técnicas rescatadas del pasado. Por eso ha gastado sus ahorros en una imprenta Heidenger de 1945 para hacer sus propias impresiones a la vieja usanza de los afiches setenteros. Ahora él mismo podrá crear los tacos de madera con sus tipografías y componer sin límites.

No tiene ningún temor de apartarse de su estilo. “Al contrario, me genera expectativa asumir mi condición de que no solamente hago colores”, dice.

Desde que descubrió el letter press en los últimos dos años, no ha dejado de prepararse para esta nueva etapa, en la que, al margen de las técnicas, las letras siguen siendo el elemento central en su obra. “Necesito generar variantes. Y una cosa me ha llevado a la otra”, dice. A mediados de agosto viajará a México para llevar una pasantía y antes de fin de año debe tener listo su primer trabajo: el almanaque 2018 con las fiestas más representativas del Perú.

En Barranco se hace de noche y Elliot Túpac no se cansa de delinear palabras, rodeado de tantas otras que cuelgan de sus paredes:

      Paz interior
      Tejiendo esperanza
      Tu indiferencia también contamina
      Mucho por hacer
      Luchar en la vida
      Pensar
      El amor cura
      Dulce fracaso
      Equilibrio

Son solo algunos de sus carteles. Aún quedan muchos por crear. Todos siempre con algo en común: la misma tipografía, que dentro de poco poseerá identidad propia. El nombre ya lo tiene elegido. No podía ser otro: Tupac Script.


Escribe: Kike La Hoz
Fotos: Fidel Carrillo y Archivo El Comercio

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