Tres días antes de aparecer junto a Salvador del Solar —el ministro de Cultura que se animó a bailar hip hop en el Festival Pura Calle—, Vania Masías eleva la voz: “¡Quiero verlos desde acá! ¡También bailamos con el rostro!”. En el último día de ensayos, la directora musical de la compañía D1 sigue al milímetro los movimientos de sus 21 bailarines desde la tribuna del Anfiteatro del Parque de la Exposición. El momento cumbre de la coreografía, ideada por ella para la apertura del festival, debe estremecer hasta al más impasible.

Muriel, una de las jóvenes bailarinas del elenco, emerge por sobre los brazos de sus compañeros hasta convertirse en Evangelina Chamorro, la mujer símbolo de los huaycos que azotaron a Lima durante febrero. “¡Muriel, que se note que estás saliendo del barro!”, dice Vania Masías en esta tarde nublada de junio. En la tribuna con capacidad para cinco mil personas solo están ella, Michael Grijalva —su brazo derecho—, tres iluminadores, algunos cuantos obreros y un puñado de curiosos.

Ha sido alumna de ballet desde los ocho años, primera bailarina del Teatro Municipal desde los 17, miembro de la compañía del ballet irlandés, pupila de la destacada coreógrafa Yvonne von Mollendorf, pero Vania Masías ya no tiene tiempo para bailar como antes. Desde hace algunos años personifica esta contradicción: a veces los bailarines dejan de bailar. Al menos lo necesario para estar arriba de un escenario. Vania Masías, como directora musical, ha decidido que su nuevo rol está en otro lugar: a veces como severa espectadora; otras, como obsesa jefa de logística preocupada en las luces y el escenario.

No puede quedarse quieta más de dos minutos. Mientras Michael Grijalva se encarga de corregir detalles de la coordinación entre los bailarines, Vania Masías le explica a los técnicos que las luces rojas tienen que abarcarlo todo al momento del huaylas y que las ámbar deben surgir desde los lados para dar la sensación de lodo durante la recreación del rescate de Evangelina. Luces rojas. Luces ambar. Como las del semáforo que hicieron que se detuviera un día y luego otro en la Plaza Grau tan solo para observar a los Ángeles de Arena.

[VIDEO] Vania Masías: “Yo seré bailarina hasta el día que me muera”

 

En realidad, la historia que cambió su vida empezó en el Centro del Lima, pero mucho antes. Vania Masías tenía 10 años cuando entendió que el mundo podía ser muy injusto y desigual. Porque mientras ella llegaba en automóvil hasta la cuadra cuatro del jirón Ica, la mayoría de sus compañeros del Ballet Municipal llegaban en micro.

“Desde chiquita me sentía absolutamente discriminada en el ballet. Porque yo era la chica con plata. Porque en el ballet la mayoría de gente era de un estrato medio y medio bajo. Y a mí me daba vergüenza que me llevara un chofer. Yo empezaba a sentir esa diferencia, y esa discriminación hacia mí. La sentía. Capaz no estaba, pero la sentía. Yo no quería tener la casa que tenía, no quería que me lleve un chofer. Yo quería ser como el resto”, dice sin pestañar.

La realidad era un lugar muy distinto a su hacienda en Chincha, donde su padre se había encargado de desaparecer la brecha entre patrón y peones. Desde entonces, Vania Masías quiso ser asistenta social y escribió un proyecto para la creación de un internado en el que la gente rica le daría dinero a los pobres con el simple propósito de ayudar.

Así creció Vania Masías, en un mundo donde Sendero Luminoso, a punta de terror y muerte, reclamaba los derechos del proletariado, donde su padre era acusado de terrateniente y burgués aunque tratara con dignidad a sus trabajadores, donde sus compañeras del Villa María —el colegio de mujeres más caro del Perú— vivían distraídas. Así, tras catorce años, de ballet, ensayos, estudios en la Universidad Pacífico, viajes a Europa y un país transfigurado, Vania Masías llegó a la luz roja del semáforo de la Plaza Grau con la certeza de que algo debía hacer.

[VIDEO] Vania Masías: “Yo seré bailarina hasta el día que me muera”

Jorge Carmona acaba de despedirse de Vania Masías. El director de cine quiere convencerla de grabar una película sobre la danza, el mundo andino y la revaloración de la identidad cultural del Perú. Después de la primera reunión en la sede de D1 en Chorrillos, ella no quiere adelantar detalles, pero tiene el entusiasmo de los convencidos.

“Si no está dentro del marco estratégico de D1, sería algo personal. Quiero buscar un impacto para que los jóvenes se motiven y valoren su identidad. Tiene que ver con los danzantes de tijeras y con revalorar la sierra”, dice con suspenso cinematográfico.

Si fue abandonando el baile como actividad profesional fue porque una pasión a veces destrona a otra. “Pasa cuando encuentras algo que te apasiona más. El hecho de poder transformar la vida de alguien es..., no sé... Me enamoré y ya”, dice.

— ¿Estás bailando el tiempo que necesitas?
— No, es que ya no soy bailarina. O sea, lo seré toda mi vida, pero...
— ¿Ya lo asumiste?
— Es que no me queda otra. En 2009 me retiré del ballet clásico. O sea, yo seré bailarina hasta el día que me muera y lo haré como lo hice hasta un día antes de dar a luz. Pero ahora no estoy en la capacidad de bailar profesionalmente. Mínimo necesito cuatro horas diarias de entrenamiento.

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Vania Masías se sigue moviendo así no quiera. Baila por las mañanas con su hija Mar, ha dictado más de 60 talleres de danza, ha participado en más de 15 puestas musicales en los últimos años, ha logrado contagiar el baile a más de 100 mil jóvenes que han pasado por D1 en los 11 espacios y las tres sedes que tiene la Asociación en Lima, Trujillo e Ica, ha logrado que muchos de ellos, a través del baile, salgan de la delincuencia, la desnutrición y el desempleo, y ha impulsado un festival de cultura urbana que ya va por su sexta edición. Vania Masías ha puesto a moverse a media ciudad, pero aún siente que no baila lo suficiente para volver sola a los escenarios.

Hace poco se hizo la promesa de regresar. Es cierto, aún lo está planificando. Si todo sale bien, podría presentarse en la gala de los 12 años de D1 prevista para el 26 de noviembre en el Gran Teatro Nacional. “Ya he dicho: ¡voy a bailar! Justo he hablado con Bruno Silva, un profesor de ballet que me encanta. Voy a prepararme”, dice. Antes, viajará a Londres, a finales de septiembre, por primera vez con todo el elenco de D1,  para presentarse en el Art Club, en el St John's Smith Square y en la Embajada peruana.

Otro de sus sueños es que la metodología de D1 se traslade a las políticas públicas. “Si acá se ven cambios, por qué no se puede llevar a las escuelas”, dice. Hace algunas semanas se reunió con la ministra de Inclusión Social, Cayetana Aljovín, para charlar sobre la pobreza urbana y algunas medidas que quiere impulsar el Gobierno. Vania Masías pone cara de quién sabe. “Se pueden articular iniciativas desde el Estado, la sociedad civil y la empresa privada”, dice. Dentro de poco tendrán una segunda reunión. Y es cierto, quién sabe.

“Y con ustedeeeees la compañiiiiíaaaaaa D1”, dice en medio de la tribuna vacía del Anfiteatro del Parque de la Exposición y simula una ovación con su boca. En el escenario, los bailarines toman posiciones para la última prueba. “¡Mañana tienen que sacarse la mierda, ah!”.
 

Escribe: Kike La Hoz
Fotos: Percy Ramírez y Archivo El Comercio

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