La fiesta de la Candelaria, el baile de un pueblo que celebra la vida

A seis meses para iniciar las festividades en Puno, los bordadores, bailarines y músicos se preparan desde ahora. Entre los más de 100 mil participantes de la fiesta declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad (2014), tres historias resumen su complejo significado.

Entre los más de 100 mil participantes de la fiesta declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2014, tres historias resumen su complejo significado.

“¿Qué vas a hacer de tu vida?”, le dijo con tono firme su tutor en el colegio. Edwin Nahuincha una vez más había llegado con el rostro desvelado a las clases en su colegio en Puno. Tenía 16 años y estaba a punto de acabar la secundaria. Como todas las noches de los meses previos a la Fiesta de la Virgen de la Candelaria, el trabajo en el taller de sus padres era arduo. Los pedidos se habían incrementado y los trajes para las diabladas exigían más horas de concentración.

Mientras el tutor continuaba con el sermón, Edwin Nahuincha, hijo de un bordador aymara y una bordadora quechua, pensaba: “Por qué este tipo me pregunta eso si uno de mis diseños, el que me pidió hacer mi papá, ganó el campeonato nacional”. Ahora sabe que la escuela formal nunca fue para él, que la mayor festividad de Puno fue en realidad su educación paralela, y que de ella aprendió el conocimiento ancestral que le permitió abrir los ojos ante lo realmente valioso de la vida: la defensa de la memoria colectiva y el ayllu como soporte familiar.

Aquel día Edwin Nahuincha (36) asintió con la cabeza a todo lo que le dijo su tutor, pero por dentro se reía a carcajadas. De algún modo sabía que no estaba destinado a ocupar su vida en un oficio tan solo para sobrevivir, como le ocurre a mucha gente distraída. El menor de los cuatro hermanos, criados en el taller de bordados San Antonio, sabía que el arte en torno a la Fiesta de la Candelaria lo haría trascender. Esa era su misión. “Yo ya soy alguien. Yo ya he ganado”, pensó.

La fiesta de la Candelaria, el baile de un pueblo que celebra la vida

Francisco Quispe Silva (37) pegó la oreja al celular para escuchar mejor la música de las bandas. Cerró los ojos e imaginó la intensidad de la fiesta. Desde su llegada a Lima en el 2005, nunca se había perdido el regreso a Puno para participar de las celebraciones de la Candelaria. Pero el dinero escaseó y su hijo Leandro, de apenas dos años, se convirtió en su prioridad. Pese a todo, aquel 2 de febrero del 2012 no fue un día triste. Al contrario. Ni la mala señal impidió que bailara en medio de la sala de su casa. La fiesta, por unas horas, se trasladó a un rincón de la capital.

Amante primero de las largas zampoñas de los sicuris y luego aprendiz de danzantes, Francisco Quispe Silva creció en el barrio puneño de Azoguini. Su padre, uno de los pioneros y posterior presidente de la legendaria Diablada Azoguini, fundada en 1969 y ocho veces campeona en toda su historia, consiguió que continuara con la tradición asumida también por sus dos hermanos mayores. En un barrio repleto de chiquillos, hijos de danzarines de máscara, pechera y capa, el designio era inevitable: se baila para vivir y se vive para bailar.

“Puneño que no baila no es puneño. Por lo menos mueven el pie”, dice Francisco Quispe Silva. Es abogado de profesión, evidencia unos kilos de más y usa lentes de burócrata, pero tiene la energía suficiente para disfrazarse de diablo y bailar como un desquiciado por más de seis horas con un traje que puede llegar a pesar hasta 40 kilos.

Panchito, como lo conocen, es capaz de hablar horas enteras sobre la festividad a más de 3,800 metros de altura. Conoce al detalle cada jornada: la misa de iniciación, la llegada de bandas, las albas previas a la fiesta central, el día del concurso, la veneración y el Cacharpari o ritual de despedida. Como experto no se le pasa nada: explica que los 83 conjuntos, entre morenadas, caporales, diabladas, sicuris y bandas de músicas, pueden llegar a movilizar a más de 100 mil participantes, o que es mejor usar una toalla higiénica, en lugar de una esponja, como protector debajo de la máscara. Y es que es cierto: más sabe el diablo por viejo que por diablo.

La fiesta de la Candelaria, el baile de un pueblo que celebra la vida

Después de su primera experiencia como espectador de la Fiesta de la Candelaria en 2008, Juan Luis Bacilio (25) entendió que el baile puede ser un acto individual, pero es, en definitiva, un placer colectivo. Tenía apenas 15 años cuando viajó con su madre a Puno. Antes, había tenido que hacerle frente a las burlas de algunos amigos que no comprendían que prefiriera viajar en verano al altiplano puneño y no a las playas del sur de Lima. De algún modo era un solitario.

La experiencia de ese mar de trajes de luces, en medio de una atmósfera de devoción católica y misticismo andino, le cambió la vida. De toda esa mistura de danza, alegría, unión y fe, fue la diablada lo que más le impresionó. “Yo tengo que volver a bailar aquí, me dije”, recuerda Juan Luis Bacilio, un chalaco que pasó los años siguientes yendo a fiestas con el único propósito de encontrar a alguien que se emocionara por una diablada antes que por un reggaetón.

Sus sucesivos viajes a Puno le permitieron hacer algunos amigos y amigas asentados en Lima, que como él, no querían esperar hasta febrero para vestirse de diablos, diablesas y chinas diablas. Casi como una travesura, crearon la filial de la Diablada Azoguini en agosto del 2015 y poco a poco fueron descubriendo que no eran los únicos incomprendidos. Ante la moda de los caporales, de pasos suaves y estilizados, ellos preferían la reciedumbre de la diablada.

“Cuando bailas en Puno no existe el quién eres, de dónde eres, ni el qué tienes. Solo existe la diablada, la identificación por tu barrio y el amor por la Virgen”, dice Juan Luis Bacilio en medio del Campo de Marte. Es sábado por la tarde y más de diez conjuntos de caporales practican al ritmo de sayas que brotan a todo volumen de parlantes móviles. Acaparan el espacio. En un rinconcito, los 25 miembros de la Diablada Azoguini, que han asistido al ensayo antes del Corso de Wong, tienen el orgullo de ser la única filial en Lima de las diabladas puneñas.

Francisco Quispe Silva participa con ellos desde hace dos años. Y es posible que en la festividad del 2018 su hijo Leandro (7) se sume por primera vez al conjunto. Por ahora aún no decide si se vestirá de diablito o de ángel. Si es de diablo, tendrá claro que no encarnará al mal. “El diablo representaba el mediador entre los dioses y los humanos. Era un pícaro, pero no malo”, explica Bacilio, que, pese a su reivindicación de la concepción andina del demonio, interpreta al ángel en los ensayos.

La fiesta de la Candelaria, el baile de un pueblo que celebra la vida

Edwin Nahuincha, como creador de miles de trajes de diablos y diablesas, comprendió desde muy niño que el ritual alude a algo más simbólico. “El diablo en la diablada es solo un hombre que danza para extirpar sus penas y gozar la vida. Es un mecanismo para manejar lo sagrado y lo bello a la vez”, dice en su taller Sajra Moreno. La cosmovisión andina forma parte esencial de la festividad. La adoración a la Virgen de la Candelaria no es más que la milenaria celebración a la fecundidad de la Pachamama transmutada por los españoles en su búsqueda por extirpar “idolatrías paganas”.

Tras un largo proceso sincrético, los elementos de ambas culturales han sobrevivido: la devoción a la imagen cristiana, el ayllu como forma de organización y los ritos a las cruces o apus. “Acá el hombre andino trabaja duro. Por eso en carnavales debe festejar a la tierra. Si no baila, no le va a ir bien”, explica Edwin Nahuincha, que le debe buena parte de sus conocimientos a su abuelo paterno, oriundo de Pichacani. Si sus trajes -que pueden alquilarse a 250 soles- buscan la perfección, es por la paciencia cordillerana de Mariano Nahuincha, que el pasado abril murió a los 83 años.

Ahora más que nunca, como exmiembro del comité que logró para la Candelaria el título de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, es uno de los más preocupados en que se concrete la catalogación de todas las expresiones artísticas, para evitar que la certificación pueda ser observada o incluso retirada. La advertencia está hecha, pero Edwin Nahuincha está convencido de que el sentido más profundo de la fiesta prevalecerá entre los puneños entregados al placer de la danza. “Porque bailando todo puede estar mejor”, asegura.

 

Escribe: Kike La Hoz 
Fotos: Liubomir Fernández

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