Teresa Sebastián es abuela y maestra de Karin Yumbato. En el patio de su casa, con techos de calamina y paredes de madera, la mamá grande y su nieta de siete años comparten la tradición de tejer una ‘cushma’, esa túnica de una sola pieza, larga hasta los tobillos, y que se utiliza en varias comunidades nativas de la Amazonía.

“La cushma representa el carácter de la persona. No es solo un tejido, es nuestra herencia”, dice Teresa Sebastián, convencida de que su arte protege la memoria de su pueblo: los yine, una de las 51 naciones amazónicas que existen en el Perú. Con la técnica del telar de cintura, ella y otras mujeres de su comunidad persisten en tejer prendas y otros accesorios, y transmiten sus conocimientos a las niñas para que estos no se pierdan.

Karin, la nieta de Teresa Sebastián, es una de las defensoras de esa sabiduría yine. Esta mañana, la niña escucha las lecciones de su abuela como lo hace en sus clases de segundo de primaria de la I.E.B. Nº 64446 de Miaría, comunidad del distrito de Megantoni, en el Bajo Urubamba (Cusco). En esta zona de la selva —área de influencia del gas de Camisea— el envejecimiento de la población, el creciente interés de los jóvenes por la vida urbana y las pocas facilidades para vender sus artesanías en grandes mercados, provocaron un desinterés de los yine por abrazar sus tradiciones. Pero aprender a tejer es aquí un acto de resistencia.

Costumbres ancestrales

La nación Yine mantiene ciertas tradiciones que los caracteriza desde tiempos prehispánicos.

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Frente a esta realidad, Pluspetrol, operador de Camisea, inició en octubre del 2016 el Programa de Apoyo al Desarrollo de la Artesanía Yine y Matsigenka con la intención de que las mujeres artesanas puedan mejorar su producción y luego acceder a diversos espacios dónde puedan vender. La idea es que un mayor público conozca su arte y que tengan una producción permanente, con variedad de diseños y de materiales, que les aseguren un ingreso económico para sus familias.

A partir de sus habilidades como tejedoras y de su creatividad, hoy con esta iniciativa, estas mujeres están más empoderadas y son capaces de ver el futuro con otros ojos, sus ojos. “Nos sentimos más fuertes y más reconocidas”, dice Teresa Sebastián.

Sabiduría yine

Además de maestra de su hogar, a los 55 años, Teresa Sebastián es maestra bilingüe en el segundo grado de la escuela primaria de su comunidad. Ella, que aprendió a tejer mirando y por curiosidad, transmite entre los niños la herencia cultural de su pueblo. Sigue la tradición de su padre Juan Sebastián Pérez, quien fue el primer profesor de Miaría, en una zona de selva densa y de altas lluvias, ubicada en la parte baja del río Urubamba.

El concepto de territorio para los antiguos yines no está definido por un espacio físico asignado por el Estado en el que pueden cazar y cultivar. En su visión del mundo el territorio es un tejido que involucra todo: el pasado y el presente, los vivos y los espíritus, los animales y el medio ambiente, diferentes espacios ilimitados y profundamente conectados. Es eso lo que el arte yine representa en cushmas, manteles, bolsos y otros textiles. Los yine usan los colores rojo, blanco, negro, crema, verde y gris, que se obtienen de manera natural de algunas plantas. En las cushmas de las mujeres se tejen figuras de aves y serpientes y en las de los hombres, huellas de otorongos.

Con las capacitaciones del programa de Pluspetrol, más de 60 artesanas de la comunidad yine de Miaría y de cuatro comunidades matsigenkas han aprendido a calcular sus costos, a diferenciar el dinero del negocio del dinero familiar, a llevar una saludable gestión con balances, a mejorar sus acabados y reconocer la calidad de los insumos. Además, han elaborado colecciones y casi 100 nuevos productos estandarizados, han podido vender en ferias artesanales de Lima y se espera que para el final del proyecto sus ingresos crezcan 25%.

Solo en Miaría se formalizó además la Empresa Artesanal Yine con 20 mujeres, lo que demuestra la importancia que ahora tiene para ellas asociarse por un mismo objetivo, en un trabajo compartido que beneficia a todas. El camino para que tengan una fuente regular de ingresos está trazado. Hoy las mujeres de estas comunidades son más conscientes del valor que tiene su trabajo. Una cushma por la que antes se pagaba 200 soles ahora llega a costar hasta 1.200 soles. “Lo importante –dice Teresa Sebastián– es saber lo que valemos como pueblo”.

En su lengua indígena, yine significa “verdaderos hombres”. Y según la Base de Datos Oficial de Pueblos Indígenas u Originarios del Ministerio de Cultura su población llega a 16.500 personas que viven en comunidades del Cusco, Loreto, Madre de Dios y Ucayali. Diversos estudios coinciden en la importancia de la mujer y de la familia materna para la organización de la sociedad yine, y para mantener su identidad y los conocimientos ancestrales. Para que su historia se siga contando de todas las formas. Por ejemplo en su artesanía, un territorio de mujeres pero ahora con más capacidades. Teresa Sebastián y su nieta Karin lo saben.