Aqui el titulo
Aqui el titulo
Aqui el titulo
Aqui el titulo
Aqui el titulo
Aqui el titulo
Aqui el titulo
Aqui el titulo
Aqui el titulo
VIDEO ACTUALIZADO icono video

Cerámica San Lorenzo

Cuando Cerámica San Lorenzo comenzó a usar Gas Natural, al gerente de producción Manuel Gómez le encomendaron una misión: abrir la llave para dar paso a este nuevo combustible. Era julio del 2004 y esta compañía fue una de las primeras seis del país en adoptar este cambio en su matriz energética. La planta de San Lorenzo en Lurín se había inaugurado en 1999 y durante cinco años estuvo funcionando con GLP (gas licuado de petróleo) y con petróleo residual 5, pero desde su concepción fue diseñada para utilizar Gas Natural. Aunque este hidrocarburo aún no se distribuía en Lima, la empresa sabía que tarde o temprano llegaría y quiso estar lista para el cambio. Sin demora: el Gas Natural costaría la tercera parte del GLP.

"Toda la industria de cerámicos es consumidora intensa de gas", explica Gómez. Por eso se necesitaba que este insumo tenga un costo menor. El ahorro era notable. En el proceso de producción hay dos fases fundamentales: secado y cocción. Para transformar la arcilla en una baldosa resistente el producto debe pasar por hornos a más de mil grados centígrados. El calor no puede detenerse. Estos hornos tienen hasta 150 metros de largo y producen diariamente hasta 70 mil m² de cerámicos para piso y pared, más de tres veces el área construida de Palacio de Gobierno.

Luego la planta principal de Cerámica San Lorenzo ha tenido dos ampliaciones. Una nueva planta en el 2006 y otra en el 2012. Gómez calcula que con eso la empresa ha crecido seis veces. Era necesario crecer para responder a la demanda del mercado interno, por el 'boom' en la construcción de viviendas que fue muy intenso en  esos años. Cálidda acompañó y asesoró a San Lorenzo durante la expansión. La compañía ya exportaba desde el 2001, cuando aún tenía GLP, pero fue recién con el Gas Natural que se pudo llegar a los mercados que les interesaban con un precio adecuado. Hoy San Lorenzo exporta el 30% de su producción a Chile, Ecuador y Estados Unidos. "Si no se tuviera Gas Natural sería muy complicado, por un tema de costos, que una industria como la cerámica pueda tener posibilidad de competir en el exterior", afirma Manuel Gómez. Ocurre lo mismo en el mercado peruano donde debe competir con productos importados de China.

Cerámica San Lorenzo, que desde el 2016 pertenece al grupo mexicano Lamosa, está en la categoría de clientes de Gas Natural que en el Perú consumen más de 30 mil m³ al día.  "Tenemos un compromiso ambiental y por eso estamos certificados en ISO 14001. Con el Gas Natural los impactos que podríamos generar son menores en emisión de CO2", dice Manuel Gómez para sumar ventajas a este combustible más limpio y menos riesgoso. El Gas Natural distribuido por Cálidda es más liviano que el aire. Es por eso que si existiera una fuga se disiparía muy pronto en el ambiente sin la posibilidad de ser explosivo.

"Si no hubiera gas un día las pérdidas serían cuantiosas para la empresa. La interrupción del gas haría que nuestras operaciones se paralicen" , dice Manuel Gómez. Por ahora el sistema se ha mantenido seguro y confiable. Gómez agrega una ventaja final de usar Gas Natural: consumir primero y pagar después. Como ocurriría en el presupuesto familiar, no sería lo mismo pedir un balón de gas y pagarlo en el momento que usarlo y pagarlo después. Cerámica San Lorenzo compraba no balones sino cisternas de GLP para su producción. Desde que cambiaron a Gas Natural, mantener el control del gasto de combustible ha sido vital. Como pasa con el agua o la luz, el recibo llega a fin de mes.

 

✎ Escribe: Julio Escalante
❊ Fotos: Omar Lucas

VIDEO ACTUALIZADO icono video

Padre Omar Sánchez

Dios no estaba en los planes de Omar Sánchez. Su aspiración era ser abogado, diplomático y viajar por el mundo. Soñaba con tener doce hijos y formar con su prole dos equipos de voleibol. Hoy, a sus 52 años, el sacerdote diocesano de la parroquia de Lurín se ríe de cómo cambió su proyecto de vida, luego de que entendió que su vocación era ser religioso y que su propósito en este mundo era servir a los demás.

“Nunca me había planteado ser sacerdote”, confiesa. “Mi familia no era creyente. Así que no tenía mucha relación con Dios. Pero me gustaba ayudar”. Ese espíritu altruista llevó a Omar a dedicar una parte de su instancia en Nueva York a ser voluntario en el convento de las Misioneras de la Caridad, que pertenece a la congregación que fundó la Madre Teresa de Calcuta. “Allí comenzó mi camino. Volví a Perú con un vacío existencial. Tardé año y medio entender que Dios me estaba llamando”.

Han pasado 19 años desde que el padre Omar tomó el hábito religioso. Se unió a los hermanos Franciscanos Capuchino y con ellos participó en el proyecto educativo Ciudad de Los Niños. Vistió aquella túnica marrón solo por un par de años, porque algunas desavenencias lo llevaron a dejar la congregación. En ese trance, un terremoto sacudió a Pisco y el padre Omar decidió enrumbarse a ayudar a los damnificados, a quienes acompañó en labores de reconstrucción durante unos 8 meses.

En ese tiempo, el Padre Omar conoció a Ángel, un sacerdote español que lo invitó a ser parte de su proyecto Mensajeros de Paz, que lleva juguetes a los niños que habitan en zonas de guerra o desastres naturales. Durante esta experiencia de misión y servicio humanitario en el exterior, el padre compartió con niños mutilados y con los huérfanos que han dejado los conflictos bélicos. “Luego quise irme de misionero a Camboya, a Laos. Quería descubrir otras caras de Dios. No pensaba seguir mi labor en Perú. Pero nuevamente Dios tenía otros planes para mí”.

Ya de vuelta a su país, el padre Omar estaba en la búsqueda de continuar su trabajo sacerdotal. El entonces párroco de Lurín, el Padre Elías Zavaleta, le comentó que dejaría la parroquia y que necesitaba a alguien que lo sustituyera. Él le propuso que solo podría ir los domingos para oficiar la misa a la comunidad. No se atrevía a asumir de lleno esa labor. Pero el monseñor Carlos García (actual Obispo de la Diócesis de Lurín) le comentó que lo necesitaba en la parroquia siempre. “Le dije que lo pensaría. Me respondió: si tienes que pensarlo, no te necesitamos. Entonces acepté”. Era 8 de junio de 2008 cuando entró a la parroquia Lurín para transformarla.

Bienaventurados

El padre Omar recorre la sede de la Asociación de las Bienaventuranzas (Villa María del Triunfo) y su presencia no pasa inadvertida. Quien lo ve caminando con su túnica negra corre a saludarle, a comentarle alguna necesidad, o, simplemente, abrazarle en un gesto de agradecimiento. Él se detiene a saludar a los voluntarios que han llegado de España, Francia u otros países. Inspecciona la comida. Pasa a consentir a los bebés y verifica el estado de salud de las abuelas. Atiende a la policía del sector que se detiene en la puerta de la institución. Habla con los psicólogos. Da órdenes y más.

“Cuando yo llegué aquí, esto era un terrenal”, cuenta. “Solo estaba la iglesia y la casa parroquial. Eran 6 mil metros cuadrados que no sabíamos en qué se convertirían. Pensamos primero en un centro de rehabilitación para jóvenes que se estaban iniciando en las drogas. Pero un día me llamó una monja de Piura para decirme que tenían un chico de 35 años que habían encontrado en un basurero y que nadie quería atender. Y lo entendimos como una señal de Dios, que nos estaba pidiendo abrir las puertas a quienes no tienen nada ni a nadie”.

Ese primer albergado recibió por nombre Luis María Buenaventura Sullana. Le asignaron el nombre del santo del día, le pusieron por apellido Buenaventura seguido de su lugar de origen. Y así hicieron con el resto de las personas que llegaron sin identidad. Comenzaron siendo 12 residentes. Hoy, el proyecto social -que dirige el padre Omar junto a Marco Buenaventura- atiende a 243, entre niños, mujeres, hombres y ancianos. Cuenta además con un centro de salud comunitario, tres guarderías y un refugio para venezolanos.

Estas dimensiones del proyecto de la Asociación de las Bienaventuranzas exigen de mucha colaboración para su funcionamiento. No solo de apoyo económico, sino también de manos voluntarias, de donaciones de ropa, insumos, comida y de cualquier ayuda que sirva para facilitarles la logística que implica atender a 243 personas. Por eso, cuando se enteraron de que llegaría Gas Natural al sector de Villa María del Triunfo sintieron un gran alivio. 

“Hace cinco años se logró con Cálidda la instalación del Gas Natural”, cuenta el padre Omar. “Fueron muy cercanos. No pusieron trabas y nos facilitaron tres conexiones: una para la lavandería, la cocina y el comedor social”. Esa obra supuso un cambio en la logística del personal de la Asociación de las Bienaventuranzas, porque no tendrían que cambiar más balones de gas y significó un ahorro de casi 30% que les permitió mejorar la alimentación de sus residentes.

Ahora, la mente del Padre Omar está enfocada en nuevos proyectos para la comunidad de Lurín. En octubre, piensan inaugurar un colegio para niños especiales. Aparte, están trabajando en una planta de reciclaje de plástico, que permitirá convertirlo en bloques para construir centros comunitarios ecológicos, con paneles solares y plantas de tratamientos de agua. El sacerdote habla con mucho entusiasmo de este proyecto denominado Tierra, que además será una fuente de trabajo para las personas especiales. “Quien no ve a Dios a través de esta labor, está ciego”.

 

✎ Escribe: Mirelis Morales
❊ Fotos: Fidel Carrillo

VIDEO ACTUALIZADO icono video

Allin Group

Es común que cuando Polo Pérez maneja su automóvil por la avenida Javier Prado reconozca de inmediato a las combis piratas o los taxis colectivos que transitan por la misma ruta que los buses del Corredor Rojo. Aun es complicado competir contra la informalidad en el transporte público aunque empresas como la suya se conducen por el camino correcto. Pérez es presidente del Grupo Polo, que reúne a seis compañías de transporte, dos de ellas Allin Group y Perú Bus Internacional, concesionarias de los Corredores Viales Rojo y Amarillo, respectivamente. Son dos empresas que están a contracorriente del sistema. Aquí toda la flota de buses es propia, los conductores trabajan ocho horas y están en planilla.  Pérez sabe que hay un alto costo por ser formal, pero no hay otra manera de poner orden en medio de la jungla que es el transporte limeño. "Cada bus que tenemos es una deuda", dice. "Pero estamos demostrando que sí se puede ser totalmente formal".

Luego de ganar la licitación municipal, Allin Group opera desde el 2015 los buses del Corredor Rojo que van desde Ate hasta San Miguel por las avenidas Javier Prado y La Marina. Tiene una flota de 252 buses de 12 metros de largo, y 180 de ellos funcionan con Gas Natural Vehicular (GNV). Pérez tenía claro que este era uno de los caminos para tener una empresa eficiente porque con el GNV se gasta 50% menos que con diésel o gasolina. "Ahora vamos a renovar 38 buses y todos son a GNV. Es lo normal para nosotros aunque cuesten un 20% más que los buses con diésel", dice. Los vehículos con GNV además contribuyen a tener un aire más limpio en la ciudad porque emiten menos partículas contaminantes. Lima es una de las cinco ciudades de Latinoamérica con la peor calidad de aire según la Organización Mundial de la Salud (OMS) y uno de los mayores responsables de esto es el parque automotor.

Allin Group y Cálidda han acordado que los buses del Corredor Rojo tendrán su propia estación de GNV en el patio donde se guardan en Ceres (Ate). La instalación, que podría estar lista antes de fin de año,  le costará a Allin Group un millón de dólares.  Esta inversión reducirá el tiempo que hoy toma ir a tanquear los buses a un grifo y también el costo del combustible porque ya no se pagará el precio del mercado sino uno especial por recibir el GNV directamente de Cálidda.  "Para este negocio se necesitan choferes tanqueadores, que toda la noche llevan los buses a llenar combustible, y también supervisores de que eso se cumpla. Es todo un sistema administrativo que se reducirá ahora que tendremos un grifo interno", dice Pérez.  "En Cálidda son muy proactivos y con los corredores hemos afianzado la relación". También los buses del Corredor Amarillo tendrán su propia estación de GNV en su patio de Canta Callao.

"Hemos logrado dominar al Gas Natural", dice el presidente de Allin Group para señalar que sus mecánicos y conductores ya se han acostumbrado a pasar de un bus con motor diésel a uno con GNV. Este combustible encaja con su modelo de transporte porque no tiene que exigirle potencia a un bus para pasar a otro y ganar pasajeros. Podrían ir más rápido por la avenida Javier Prado si tuvieran un carril exclusivo, pero esa solución está en manos de las autoridades. No se ha priorizado en esta gran avenida el paso del transporte público y los buses del Corredor Rojo se enfrentan a diario al peor tráfico de Lima.

Polo Pérez dice creer en la innovación y por eso está atento a cualquier oportunidad para mejorar internamente su operación -como los grifos propios de GNV en convenio con Cálidda -y a la vez facilitar el servicio al público. Por ejemplo, el lanzamiento de la tarjeta Lima Pass con la que se puede pagar tanto en los corredores como en el Metropolitano es un buen avance. Pensando en el futuro, Polo Pérez quiere estar en primera fila cuando lleguen los buses eléctricos.

 

✎ Escribe: Julio Escalante
❊ Fotos: Omar Lucas y Archivo EC

VIDEO ACTUALIZADO icono video

Irene Barrena

Cuando a Irene Barrena le preguntan quién le enseñó a cocinar, responde con dos palabras y ningún nombre: la necesidad. En el 2004, a sus treinta y ocho años y con una familia que mantener sola, nadie le quiso dar trabajo. Cuando buscó un puesto como cocinera, ayudante de cocina o incluso mesera en algún restaurante, le dijeron que ya estaba “muy mayor”, que buscaban “chicas de 18 a 25 años”. Irene tenía una década de experiencia cocinando menús a diario para obras de construcción en Lima y provincias. Sin embargo, eso no importó a los empleadores. Irene tenía tres hijos que sacar adelante y un esposo que los había abandonado. En ese momento sintió rabia y decepción, pero hoy, dice, está agradecida. Gracias a esa adversidad, Irene emprendió su propio negocio.

Quince años después, son las once de la mañana e Irene llega a paso rápido a su restaurante, ubicado en la zona A del distrito de Huaycán, en las faldas de dos cerros. Es un local de dos pisos muy famoso en el lugar y sus alrededores. Los días de semana, los comensales llegan, a partir de las ocho de la mañana, a devorar las delicias marinas que ofrece. Y los domingos, Irene sirve cabrito a la norteña y arroz con pato, en honor a su tierra, La Libertad.

Irene nació en un pueblo pequeñito del norte del Perú: Urpay, que pertenece a la provincia de Pataz, al sureste de Trujillo. En 1982, durante la época más cruenta del terrorismo, emigró a Lima junto a su esposo, su hija mayor, y esperando a su segundo hijo. En su pueblo, solo habían dos colegios que enseñaban hasta la primaria. Como cientos de provincianos que llegaron a la capital en los años ochenta; y, en específico, los que forjaron la zona de Huaycán, ella llegó a Lima a buscar mejores oportunidades para su familia. Arribó a Huaycán, a construir una casa de esteras. Y con esteras también empezó su restaurante.

“No tenía capital para poder iniciar un negocio. No tenía ni platos. Empezamos con bastante dificultad, pero empezamos” cuenta Irene, sentada en una de las mesas de su cevichería. Muestra un puñado de fotos de esa época. En las fotografías aparece ella junto a sus cuatro hijos y su nieto. Todos en el restaurante. Se ve el piso de tierra, el techo de paja, una cocina pequeña, mesas y sillas de plástico, un televisor de catorce pulgadas. Irene cocina. Sus hijos están a su lado. Celebran cumpleaños, reuniones familiares. Todo en el local. Irene atesora estas fotos como parte de su álbum familiar y como un recordatorio del esfuerzo que le costó conseguir lo que hoy tienen.

Una noche de invierno, llovió tanto en Huaycán que el agua atravesó las esteras del restaurante de Irene. Las gotas, como rayos, destruyeron casi toda su cocina, malograron el televisor  y un equipo de sonido. “Perdimos todo, prácticamente, pero eso no nos detuvo”, recuerda. Era tiempo de darle a esta emprendedora un local tan inquebrantable como su ahínco. Al poco tiempo, su hijo Lucas le dijo: “Mamá, con tu esfuerzo y tu comida de años hemos podido estudiar, ahora vamos a hacer tu local”. Entonces pidió un préstamo al banco y así le pusieron techo y piso al restaurante, implementaron la cocina y de a pocos empezaron a crecer. Irene solo pudo estudiar hasta la primaria, pero a sus hijos, ya en Lima, les dio educación profesional. Lucas estudió Topografía y Yessenia, Contabilidad. Ambos ahora también son parte del negocio.

En abril del 2018, llegó a su restaurante el Gas Natural Cálidda. “Cuando me preguntaron si quería cambiar a ese servicio, llamé a mi hijo para preguntarle qué le parecía y me dijo mamá, ni lo pienses. De una vez. Eso te va a ayudar mucho en el negocio”, cuenta Irene. Para ella, ese cambio ayudó 100 % a su restaurante. Antes, explica, tenía que tener siempre cinco balones de gas en su cocina. En cierto momento “se congelaban” y no salía el gas. “Entonces teníamos que ponerlos en una tina, los bañábamos en agua para que funcionen. Era más gasto, más trabajo, todo más incómodo”, dice.

Para Irene, este es un paso más para la mejora y crecimiento de su negocio. Aún no lo ha hecho, pero tiene pensado más adelante llevar su cocina norteña a festivales gastronómicos. Ahora termina de sazonar un ceviche en la cocina de su restaurante. Va a ser la una de la tarde en “La Ramadita Norteña” e Irene supervisa la operación en el local. Hoy, para ella, todo es posible en la vida si uno se lo propone.

 

✎ Escribe: Diana Hidalgo
❊ Fotos: Omar Lucas

video icono video

Doris Vallumbrosio

Doris Vallumbrosio quería ser actriz. Pero hace dos años, cuando su madre murió repentinamente de un derrame cerebral, sus planes tuvieron que cambiar. Ella, la menor de cuatro hermanos, supo que debía apoyar económicamente a su familia y salir adelante, por lo que decidió que la mejor opción era emprender una carrera técnica que sería más rentable en el corto plazo. Ingresó, entonces, a un instituto a estudiar Gestión Logística. Con ello trabajaría pronto en almacenes de alguna empresa. Pero al poco tiempo, llegó una feria laboral a su lugar de estudio y entonces se le presentó una oportunidad que hoy, dice, cambió su vida.

Era setiembre de 2017, cuando Cálidda le ofreció la oportunidad de capacitarse y a la vez trabajar en la instalación de redes de Gas Natural. El curso duró cinco meses. En ese tiempo, Doris trabajaba de lunes a jueves y estudiaba los viernes y sábados. Le pagaban el sueldo básico. Junto a ella, un grupo de 25 jóvenes formaron parte de esta iniciativa. “Era una propuesta bastante agradable. Vamos a intentarlo, dije”, recuerda. En ese momento para ella no solo era un aliciente económico o educativo, sino personal. Vivía una fuerte depresión por la muerte de su mamá. “Esto me dio un motivo para seguir adelante. Yo no me quería ni levantar de la cama”, dice Doris hoy, durante el descanso en su nuevo trabajo.

Hoy, un año y medio después de llevar el curso, es casi mediodía de un viernes en Chorrillos, en el cruce de las avenidas el Sol con el Progreso. Doris camina de un lado a otro con su celular en la mano. Viste un pantalón azul oscuro, una camisa celeste, un casco blanco y zapatos para trabajo industrial. En esta zona se está instalando el Gas Natural en decenas de viviendas y Doris es la responsable de coordinar que los ingenieros y albañiles, que realizan esta labor, tengan todas las herramientas logísticas y técnicas para poder llevarla a cabo de la mejor manera.

Doris no deja de hacer y recibir llamadas, de enviar y recepcionar mensajes. Todo debe estar milimétricamente coordinado. Ella, además, debe resolver de inmediato si se presenta algún inconveniente antes, durante o después de la instalación y habilitación de estas redes de Gas Natural. Doris es la supervisora; y tiene a su mando a un equipo de 24 personas. Ella es la única mujer.

“No le mandes tantas redes, mándenle la mitad. Qué va a hacer, si es mujer”, le decían sus propios compañeros de trabajo a los jefes de Doris cuando era ella misma la que se en encargaba de instalar y habilitar redes de Gas Natural en viviendas de varios distritos de la capital. “¿Por qué te molestas si te lo decimos en broma?”, le comentaban sus colegas. Pero ella sabía que no era ninguna broma, era hostigamiento. Sin embargo, seguía con su trabajo sin quejarse. Manipular un rotomartillo, usar una amoladora para picar y cortar las paredes para la instalación. Los propios clientes en los hogares a los que iba a realizar su labor se sorprendían al verla entrar para hacer ese trabajo. “Pero si eres mujer”, se extrañaban, “¿vas a hacer esto tú sola?”. En una oportunidad, Doris llegó instalar gas en 200 viviendas en un mes. Casi el doble que sus compañeros varones. “Tú todo lo que tienes en mente lo puedes hacer”, se repetía a sí misma cada día.

Se levantaba a las cinco o a veces cuatro de la mañana para llegar de Ventanilla a Ate, donde estaba su lugar de trabajo. Era la única chica de su cuadrilla. Trabajaba con siete técnicos y siete albañiles. Recibía esos comentarios todo el tiempo. Pero no se concentraba en ello. Solo cuando se dio cuenta que su jefe directo no la ascendería nunca por ser mujer, supo que debía cambiarse de trabajo. Postuló a otra empresa y no le fue difícil conseguir una plaza y luego ir ascendiendo por su propio talento y perseverancia.

“Yo puedo. Yo sí puedo”, se seguía repitiendo Doris, quien nunca se dejó amilanar por los comentarios o acciones que la descalificaban o subestimaban por su género. Con todo lo aprendido, ha tomado la decisión, cuenta, de estudiar Ingeniería en el mediano plazo. Su trabajo actual le permite ahorrar para ese propósito. “Si te haces una meta, tienes que cumplirla”, dice. Y es lo que viene haciendo desde hace dos años, a pesar de la adversidad y de todos los que aún no creen que ella sí puede.

 

✎ Escribe: Diana Hidalgo
❊ Fotos: Omar Lucas

video actualizado 2 icono video

Jhon Martínez

Jhon Martínez no alcanza con facilidad el interruptor de las luces de su casa ni la llave del grifo de su cocina. Sus 123 centímetros de estatura lo dificultan. Pero él se vale de su ingenio para hacer frente a estos obstáculos cotidianos. Sin esperar que alguien resuelva sus problemas, toma un palo de madera y de un toque ilumina la sobria habitación. Jhon sonríe porque sabe que su enanismo, condición con la que nació, no lo define, sino su actitud.

A Jhon se le ve a diario frente al Policlínico Emmanuel, ubicado en el distrito de Ventanilla, en el Callao. Allí se instala todas las mañanas con sus vasos de colores. Siempre alegre. Siempre optimista. Ese pequeño negocio de gelatina le sirve para cubrir sus gastos y los de su mamá de 79 años, quien padece de diabetes. Ya lo conocen en la zona. Todos los saludan con afecto; incluso, los clientes, que nunca faltan. “Me das dos gelatinas, Jhon”, le dice un comprador que le habla con familiaridad. Atrás, esperan otras dos compradoras. A las 11:30 de la mañana, Jhon se despide del vigilante del centro de salud y regresa a casa para atender a su mamá.

Su historia comenzó en Tarma (Junin) hace 39 años. Jhon es el sexto de siete hermanos del matrimonio entre Consuelo Picón y Faustino Martínez. Su madre hurga entre sus recuerdos de aquel 23 de enero de 1980 y evoca la imagen de un niño pequeñito pero de casi 5 kilos. Hasta entonces, no sospechaban que había algo distinto en él. “Un médico me dijo que lo llevara a Lima al Hospital del Niño. Algo no estaba bien. Pero no tenía dinero para hacer ese viaje”, dice su mamá. Jhon no recuerda haber recibido un diagnóstico médico. Pero bastó que entrara en el colegio para que notara que era diferente. “Allí me di cuenta que era ‘bajito’”, dice entre risas.

Su etapa escolar duró poco. Jhon sólo llegó hasta sexto grado por limitaciones económicas. Fue entonces cuando apareció la oportunidad de unirse al famoso Circo de Ronaldiño. Tenía apenas 12 años y la idea de ser parte del espectáculo circense le entusiasmó. Su mamá se negó. Pero él insistió, porque sentía la necesidad de ayudar a su familia. Su memoria está llena de recuerdos de aquella etapa de su vida, que inmortalizó en varias fotos: en una Jhon está disfrazado de payaso junto a personas de su misma estatura; en otra, aparece custodiado por unos leones. Además tiene una serie de imágenes posando con sus compañeros de circo en sus viajes por Ecuador, Chile, Bolivia y varias regiones de Perú.

“Nunca me monté en el escenario porque me daba miedo el público”, confiesa con cierta vergüenza. “Así que trabajé por 20 años como payasito, vendiendo golosinas y divirtiendo a los niños, que se tomaban fotos conmigo”. Los años dedicados al arte –como Jhon les llama- terminaron cuando el circo cerró. Así que regresó a Tarma, donde se ganaba la vida vendiendo golosinas. Hasta que su madre se enfermó y tuvo que irse a Lima a cuidarla en un caserio ubicado en el Distrito Mi Perú, en el Callao.

No le tocó vivir en las mejores condiciones. La casa estaba hecha de paredes de madera, desgatadas y a punto de caer. No contaba con Gas Natural y ni pensar en una terma para bañarse con agua caliente. Sus gelatinas la preparaba en el patio trasero. Allí colocaba un par de bloques, leña y calentaba agua en una gran olla, donde luego hacia la mezcla. Como fuese, Jhon resolvía para sacar adelante su negocio.

Hasta que por el vecindario se corrió la voz que la empresa Cálidda pondría Gas Natural en la comunidad. Las primeras en ser convocadas fueron las mujeres de los comedores populares. Durante esos encuentros, se mencionó el nombre de Jhon Martínez, como ejemplo de un vecino emprendedor. Así se convirtió en el primer vecino de Mi Perú en beneficiarse con una conexión directa de Gas Natural en su casa, de un total de 29 mil familias y, además, en recibir apoyo para mejorar las condiciones de su vivienda.

Cálidda le ayudó a levantar un espacio provisional más digno, con muebles y una cocina de Gas Natural para que pudiera continuar con su negocio de gelatina. Ahora, Jhon muestra su vivienda provisional con orgullo y cuenta que allí estuvo el propio presidente Martín Vizcarra para el día de la inauguración del proyecto de Gas Natural. Una revista con su foto en la portada da fe de ello. Ahora sueña con levantar en ese mismo espacio una casa con materiales nobles, a través del programa Techo Propio. Lo dice confiado. Sabe que no hay meta inalcanzable para él.

 

✎ Escribe: Mirelis Morales
❊ Fotos: Fidel Carrillo

VIDEO ACTUALIZADO icono video

Cálidda

Hace 15 años, Lima dio el primer paso para convertirse en una ciudad más limpia, acogedora y sustentable: recibió al Gas Natural como el combustible ideal para echar a andar la ciudad. En un mundo sofocado por el calentamiento global, era indiscutible que se necesitaba un cambio de matriz energética. Ahora, solo unos años después de convivencia, el Gas Natural ha demostrado ser tan beneficioso para el medio ambiente como para la economía familiar.

En el sector residencial, son más de 800 mil hogares limeños los que ya están conectados a Cálidda y ahorran más del 42% al mes en comparación a lo que gastaban con otros combustibles. Además, este combustible no se acaba de un momento a otro porque se distribuye por tuberías; y es más ligero que el aire, por lo que en caso de fuga se disipa velozmente y reduce el peligro de explosión. Más de 3.5 millones de personas han mejorado su calidad de vida al conectar sus aparatos domésticos (cocina, terma, secadora) al Gas Natural.

El precio del Gas Natural también ha ingresado eficazmente al presupuesto de los emprendedores. Hasta la fecha, son más de 9.000 peruanos los que han hecho crecer sus negocios desde que empezaron a utilizar los servicios de Cálidda. Todo lo que ya no gastan en combustible, pueden invertirlo en aumentar su productividad, expandir sus locales, mejorar sus servicios.

Si hubo un rubro listo para recibir al Gas Natural en el 2004, ese fue el sector industrial. Por sus procesos de producción, las fábricas consumen gran cantidad de combustible; el Gas Natural es la mejor opción para reducir sus costos y minimizar su huella de carbono. Entre 2004 y 2015, las industrias que funcionan con Gas Natural han evitado más de 4 millones de toneladas de gases de efecto invernadero.

Sin duda, la llegada del Gas Natural, el más limpio de los combustibles fósiles, ha sido el respiro que Lima necesitaba. Con la aparición de Cálidda, más 180 mil vehículos se han conectado al GNV. Líneas de transporte público como el Metropolitano o el Corredor Rojo funcionan actualmente con este hidrocarburo, disminuyendo el humo negro que plaga las avenidas de la ciudad. Hasta la fecha, las conexiones de Cálidda a gas natural en Lima y Callao han evitado emitir más de 50 millones de toneladas de CO2 a la atmósfera.

Las cifras y testimonios de los usuarios de Cálidda respaldan al gas natural como un combustible de transición, la energía que nos acerque cada vez más a una ciudad sustentable. En Cálidda, no solamente sueñan con una Lima más limpia y moderna, llevan 15 años trabajando por ella.