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Cerámica San Lorenzo

Cuando Cerámica San Lorenzo comenzó a usar Gas Natural, al gerente de producción Manuel Gómez le encomendaron una misión: abrir la llave para dar paso a este nuevo combustible. Era julio del 2004 y esta compañía fue una de las primeras seis del país en adoptar este cambio en su matriz energética. La planta de San Lorenzo en Lurín se había inaugurado en 1999 y durante cinco años estuvo funcionando con GLP (gas licuado de petróleo) y con petróleo residual 5, pero desde su concepción fue diseñada para utilizar Gas Natural. Aunque este hidrocarburo aún no se distribuía en Lima, la empresa sabía que tarde o temprano llegaría y quiso estar lista para el cambio. Sin demora: el Gas Natural costaría la tercera parte del GLP.

"Toda la industria de cerámicos es consumidora intensa de gas", explica Gómez. Por eso se necesitaba que este insumo tenga un costo menor. El ahorro era notable. En el proceso de producción hay dos fases fundamentales: secado y cocción. Para transformar la arcilla en una baldosa resistente el producto debe pasar por hornos a más de mil grados centígrados. El calor no puede detenerse. Estos hornos tienen hasta 150 metros de largo y producen diariamente hasta 70 mil m² de cerámicos para piso y pared, más de tres veces el área construida de Palacio de Gobierno.

"Si no hubiera gas un día las pérdidas serían cuantiosas para la empresa. La interrupción del gas haría que nuestras operaciones se paralicen" , dice Manuel Gómez. Por ahora el sistema se ha mantenido seguro y confiable. Gómez agrega una ventaja final de usar Gas Natural: consumir primero y pagar después. Como ocurriría en el presupuesto familiar, no sería lo mismo pedir un balón de gas y pagarlo en el momento que usarlo y pagarlo después. Cerámica San Lorenzo compraba no balones sino cisternas de GLP para su producción. Desde que cambiaron a Gas Natural, mantener el control del gasto de combustible ha sido vital. Como pasa con el agua o la luz, el recibo llega a fin de mes.

 

✎ Escribe: Julio Escalante
❊ Fotos: Omar Lucas

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Padre Omar Sánchez

Dios no estaba en los planes de Omar Sánchez. Su aspiración era ser abogado, diplomático y viajar por el mundo. Soñaba con tener doce hijos y formar con su prole dos equipos de voleibol. Hoy, a sus 52 años, el sacerdote diocesano de la parroquia de Lurín se ríe de cómo cambió su proyecto de vida, luego de que entendió que su vocación era ser religioso y que su propósito en este mundo era servir a los demás.

“Nunca me había planteado ser sacerdote”, confiesa. “Mi familia no era creyente. Así que no tenía mucha relación con Dios. Pero me gustaba ayudar”. Ese espíritu altruista llevó a Omar a dedicar una parte de su instancia en Nueva York a ser voluntario en el convento de las Misioneras de la Caridad, que pertenece a la congregación que fundó la Madre Teresa de Calcuta. “Allí comenzó mi camino. Volví a Perú con un vacío existencial. Tardé año y medio entender que Dios me estaba llamando”.

Han pasado 19 años desde que el padre Omar tomó el hábito religioso. Se unió a los hermanos Franciscanos Capuchino y con ellos participó en el proyecto educativo Ciudad de Los Niños. Vistió aquella túnica marrón solo por un par de años, porque algunas desavenencias lo llevaron a dejar la congregación. En ese trance, un terremoto sacudió a Pisco y el padre Omar decidió enrumbarse a ayudar a los damnificados, a quienes acompañó en labores de reconstrucción durante unos 8 meses.

En ese tiempo, el Padre Omar conoció a Ángel, un sacerdote español que lo invitó a ser parte de su proyecto Mensajeros de Paz, que lleva juguetes a los niños que habitan en zonas de guerra o desastres naturales. Durante esta experiencia de misión y servicio humanitario en el exterior, el padre compartió con niños mutilados y con los huérfanos que han dejado los conflictos bélicos. “Luego quise irme de misionero a Camboya, a Laos. Quería descubrir otras caras de Dios. No pensaba seguir mi labor en Perú. Pero nuevamente Dios tenía otros planes para mí”.

Ya de vuelta a su país, el padre Omar estaba en la búsqueda de continuar su trabajo sacerdotal. El entonces párroco de Lurín, el Padre Elías Zavaleta, le comentó que dejaría la parroquia y que necesitaba a alguien que lo sustituyera. Él le propuso que solo podría ir los domingos para oficiar la misa a la comunidad. No se atrevía a asumir de lleno esa labor. Pero el monseñor Carlos García (actual Obispo de la Diócesis de Lurín) le comentó que lo necesitaba en la parroquia siempre. “Le dije que lo pensaría. Me respondió: si tienes que pensarlo, no te necesitamos. Entonces acepté”. Era 8 de junio de 2008 cuando entró a la parroquia Lurín para transformarla.

Estas dimensiones del proyecto de la Asociación de las Bienaventuranzas exigen de mucha colaboración para su funcionamiento. No solo de apoyo económico, sino también de manos voluntarias, de donaciones de ropa, insumos, comida y de cualquier ayuda que sirva para facilitarles la logística que implica atender a 243 personas. Por eso, cuando se enteraron de que llegaría Gas Natural al sector de Villa María del Triunfo sintieron un gran alivio. 

“Hace cinco años se logró con Cálidda la instalación del Gas Natural”, cuenta el padre Omar. “Fueron muy cercanos. No pusieron trabas y nos facilitaron tres conexiones: una para la lavandería, la cocina y el comedor social”. Esa obra supuso un cambio en la logística del personal de la Asociación de las Bienaventuranzas, porque no tendrían que cambiar más balones de gas y significó un ahorro de casi 30% que les permitió mejorar la alimentación de sus residentes.

Ahora, la mente del Padre Omar está enfocada en nuevos proyectos para la comunidad de Lurín. En octubre, piensan inaugurar un colegio para niños especiales. Aparte, están trabajando en una planta de reciclaje de plástico, que permitirá convertirlo en bloques para construir centros comunitarios ecológicos, con paneles solares y plantas de tratamientos de agua. El sacerdote habla con mucho entusiasmo de este proyecto denominado Tierra, que además será una fuente de trabajo para las personas especiales. “Quien no ve a Dios a través de esta labor, está ciego”.

 

✎ Escribe: Mirelis Morales
❊ Fotos: Fidel Carrillo

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Allin Group

Es común que cuando Polo Pérez maneja su automóvil por la avenida Javier Prado reconozca de inmediato a las combis piratas o los taxis colectivos que transitan por la misma ruta que los buses del Corredor Rojo. Aun es complicado competir contra la informalidad en el transporte público aunque empresas como la suya se conducen por el camino correcto. Pérez es presidente del Grupo Polo, que reúne a seis compañías de transporte, dos de ellas Allin Group y Perú Bus Internacional, concesionarias de los Corredores Viales Rojo y Amarillo, respectivamente. Son dos empresas que están a contracorriente del sistema. Aquí toda la flota de buses es propia, los conductores trabajan ocho horas y están en planilla.  Pérez sabe que hay un alto costo por ser formal, pero no hay otra manera de poner orden en medio de la jungla que es el transporte limeño. "Cada bus que tenemos es una deuda", dice. "Pero estamos demostrando que sí se puede ser totalmente formal".

Luego de ganar la licitación municipal, Allin Group opera desde el 2015 los buses del Corredor Rojo que van desde Ate hasta San Miguel por las avenidas Javier Prado y La Marina. Tiene una flota de 252 buses de 12 metros de largo, y 180 de ellos funcionan con Gas Natural Vehicular (GNV). Pérez tenía claro que este era uno de los caminos para tener una empresa eficiente porque con el GNV se gasta 50% menos que con diésel o gasolina. "Ahora vamos a renovar 38 buses y todos son a GNV. Es lo normal para nosotros aunque cuesten un 20% más que los buses con diésel", dice. Los vehículos con GNV además contribuyen a tener un aire más limpio en la ciudad porque emiten menos partículas contaminantes. Lima es una de las cinco ciudades de Latinoamérica con la peor calidad de aire según la Organización Mundial de la Salud (OMS) y uno de los mayores responsables de esto es el parque automotor.

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Irene Barrena

Cuando a Irene Barrena le preguntan quién le enseñó a cocinar, responde con dos palabras y ningún nombre: la necesidad. En el 2004, a sus treinta y ocho años y con una familia que mantener sola, nadie le quiso dar trabajo. Cuando buscó un puesto como cocinera, ayudante de cocina o incluso mesera en algún restaurante, le dijeron que ya estaba “muy mayor”, que buscaban “chicas de 18 a 25 años”. Irene tenía una década de experiencia cocinando menús a diario para obras de construcción en Lima y provincias. Sin embargo, eso no importó a los empleadores. Irene tenía tres hijos que sacar adelante y un esposo que los había abandonado. En ese momento sintió rabia y decepción, pero hoy, dice, está agradecida. Gracias a esa adversidad, Irene emprendió su propio negocio.

Quince años después, son las once de la mañana e Irene llega a paso rápido a su restaurante, ubicado en la zona A del distrito de Huaycán, en las faldas de dos cerros. Es un local de dos pisos muy famoso en el lugar y sus alrededores. Los días de semana, los comensales llegan, a partir de las ocho de la mañana, a devorar las delicias marinas que ofrece. Y los domingos, Irene sirve cabrito a la norteña y arroz con pato, en honor a su tierra, La Libertad.

En abril del 2018, llegó a su restaurante el Gas Natural Cálidda. “Cuando me preguntaron si quería cambiar a ese servicio, llamé a mi hijo para preguntarle qué le parecía y me dijo mamá, ni lo pienses. De una vez. Eso te va a ayudar mucho en el negocio”, cuenta Irene. Para ella, ese cambio ayudó 100 % a su restaurante. Antes, explica, tenía que tener siempre cinco balones de gas en su cocina. En cierto momento “se congelaban” y no salía el gas. “Entonces teníamos que ponerlos en una tina, los bañábamos en agua para que funcionen. Era más gasto, más trabajo, todo más incómodo”, dice.

Para Irene, este es un paso más para la mejora y crecimiento de su negocio. Aún no lo ha hecho, pero tiene pensado más adelante llevar su cocina norteña a festivales gastronómicos. Ahora termina de sazonar un ceviche en la cocina de su restaurante. Va a ser la una de la tarde en “La Ramadita Norteña” e Irene supervisa la operación en el local. Hoy, para ella, todo es posible en la vida si uno se lo propone.

 

✎ Escribe: Diana Hidalgo
❊ Fotos: Omar Lucas

Se levantaba a las cinco o a veces cuatro de la mañana para llegar de Ventanilla a Ate, donde estaba su lugar de trabajo. Era la única chica de su cuadrilla. Trabajaba con siete técnicos y siete albañiles. Recibía esos comentarios todo el tiempo. Pero no se concentraba en ello. Solo cuando se dio cuenta que su jefe directo no la ascendería nunca por ser mujer, supo que debía cambiarse de trabajo. Postuló a otra empresa y no le fue difícil conseguir una plaza y luego ir ascendiendo por su propio talento y perseverancia.

“Yo puedo. Yo sí puedo”, se seguía repitiendo Doris, quien nunca se dejó amilanar por los comentarios o acciones que la descalificaban o subestimaban por su género. Con todo lo aprendido, ha tomado la decisión, cuenta, de estudiar Ingeniería en el mediano plazo. Su trabajo actual le permite ahorrar para ese propósito. “Si te haces una meta, tienes que cumplirla”, dice. Y es lo que viene haciendo desde hace dos años, a pesar de la adversidad y de todos los que aún no creen que ella sí puede.

 

✎ Escribe: Diana Hidalgo
❊ Fotos: Omar Lucas

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Jhon Martínez

Jhon Martínez no alcanza con facilidad el interruptor de las luces de su casa ni la llave del grifo de su cocina. Sus 123 centímetros de estatura lo dificultan. Pero él se vale de su ingenio para hacer frente a estos obstáculos cotidianos. Sin esperar que alguien resuelva sus problemas, toma un palo de madera y de un toque ilumina la sobria habitación. Jhon sonríe porque sabe que su enanismo, condición con la que nació, no lo define, sino su actitud.

A Jhon se le ve a diario frente al Policlínico Emmanuel, ubicado en el distrito de Ventanilla, en el Callao. Allí se instala todas las mañanas con sus vasos de colores. Siempre alegre. Siempre optimista. Ese pequeño negocio de gelatina le sirve para cubrir sus gastos y los de su mamá de 79 años, quien padece de diabetes. Ya lo conocen en la zona. Todos los saludan con afecto; incluso, los clientes, que nunca faltan. “Me das dos gelatinas, Jhon”, le dice un comprador que le habla con familiaridad. Atrás, esperan otras dos compradoras. A las 11:30 de la mañana, Jhon se despide del vigilante del centro de salud y regresa a casa para atender a su mamá.

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Cálidda

Hace 15 años, Lima dio el primer paso para convertirse en una ciudad más limpia, acogedora y sustentable: recibió al Gas Natural como el combustible ideal para echar a andar la ciudad. En un mundo sofocado por el calentamiento global, era indiscutible que se necesitaba un cambio de matriz energética. Ahora, solo unos años después de convivencia, el Gas Natural ha demostrado ser tan beneficioso para el medio ambiente como para la economía familiar.

En el sector residencial, son más de 800 mil hogares limeños los que ya están conectados a Cálidda y ahorran más del 42% al mes en comparación a lo que gastaban con otros combustibles. Además, este combustible no se acaba de un momento a otro porque se distribuye por tuberías; y es más ligero que el aire, por lo que en caso de fuga se disipa velozmente y reduce el peligro de explosión. Más de 3.5 millones de personas han mejorado su calidad de vida al conectar sus aparatos domésticos (cocina, terma, secadora) al Gas Natural.