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Redacción ContentLab
Miércoles 07 de octubre del 2020

Que una organización tenga un gran número de mujeres, personas de diferentes culturas o miembros de la comunidad LGTBIQ no quiere decir que tenga desarrollada una política de inclusión exitosa. El reto trasciende las estadísticas y está relacionado, más bien, con nuevas actitudes organizacionales, como la participación en la toma de decisiones y el involucramiento de estas personas en las distintas etapas de la cadena de valor

Como se señaló en el “Taller especializado en oportunidades de mejora: Diversidad e Inclusión”, organizado por Perú 2021, reconocer y promover la diversidad interna en las instituciones permite a estas relacionarse de manera más adecuada con la diversidad externa. Es decir, con todos los clientes, públicos o socios con los que trazan vínculos.

“La equidad tiene que ver, por ejemplo, con los salarios, sí. Pero también con la selección, el crecimiento y el desarrollo interno de una institución donde todos los colaboradores pueden ser quien quieran ser. Una especie de partido donde todos tenemos igualdad de condiciones para ganarlo”, explicó Alexander Duncan, subgerente de Liderazgo e Inclusión en Scotiabank, empresa que ha trazado políticas dirigidas a la inclusión de las mujeres, la comunidad LGTBIQ y las personas con discapacidades.

LA INCLUSIÓN SOCIAL Y SUS BENEFICIOS 

Según la organización Aequales, la equidad de género brinda 21% más de probabilidades de superar el desempeño financiero promedio de la industria nacional, 36% mayor probabilidad de ingresos correspondientes a productos y servicios innovadores, e índices más altos de compromiso de los empleados y empleadas.

Por razones como estas, por ejemplo, en 2016 la Asociación Solidaridad Países Emergentes (ASPEm) puso la mirada en las asociaciones de textilería artesanal de zonas como Huaycán, en Lima, y Canchis, en Cusco. Se trata de organizaciones con problemas en su política de inclusión, conformadas históricamente por gran cantidad de mujeres, aunque dominadas por hombres en la toma de decisiones y las tareas de representación.

“Mientras las mujeres conformen el mayor número de personas, también es importante considerar su inclusión”, señala Carla Dolmos, coordinadora territorial de ASPEm en Cusco. “No significa desvincularlas de los artesanos, sino que todos formen una asociación y hagan el mismo trabajo, para que ellas también sean valoradas por los esposos y la familia como mujeres que trabajan y aportan a la economía, y por la sociedad, como cuidadoras del valor cultural de los textiles”.

Las acciones de capacitación que ASPEm ha llevado a cabo en estas zonas, además de fomentar la inclusión, han estado enfocadas en el fortalecimiento de las capacidades comerciales e innovadoras de todos los miembros, para crear nuevos productos de mayor rotación comercial y acercarlos a distintos eventos de difusión. Sin embargo, también ha dedicado esfuerzos a la creación de espacios específicos para las mujeres.

En estos espacios se les ha acercado al Estado, a través del conocimiento de sus derechos y las instituciones en las que pueden apoyarse. Gracias a ello, las mujeres han logrado crear una red a través de la cual pueden responder a diferentes problemáticas laborales o familiares de manera asociada.

Dolmos confiesa que no ha sido sencillo. “Hemos hecho que las mismas mujeres salgan a probar nuevos espacios. Que pierdan el miedo, que hablen de su trabajo, su aporte a la cultura y su historia”, recuerda. “Así, los artesanos, conforme han ido viendo el crecimiento de sus esposas, parejas o socias, han ido también entendiendo la importancia de que ellas puedan asumir estos roles”. 

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