Redacción ContentLab
Lunes 09 de septiembre del 2019

Cuando Briain Misari estudiaba microbiología encerrado en los laboratorios de la Universidad Mayor de San Marcos sentía cierta frustración. De su madre, profesora de inicial, había entendido desde muy pequeño la necesidad de compartir el conocimiento y el potencial de la curiosidad infantil. Ver que todo aquello que aprendía sobre las bacterias y virus se quedaba en las aulas no tenía mucho sentido. Por eso, desde que un trabajo universitario lo conectó con las preguntas de los niños de Huaycán, empezó a nacer Q’omer Kallpa, la escuela que busca empoderar a los niños, las niñas y los jóvenes como agentes de cambio a través de la ciencia.

Ahí, domingo tras domingo, desde el 2013, Misari ha trazado una pedagogía alejada de la tradicional solemnidad de los colegios. En su proyecto no hay aprendizaje sin diversión. Juegos como las chapadas o las escondidas son vehículos que pueden ejemplificar cómo un virus se crea en un ecosistema contaminado y se infiltra luego en nuestros cuerpos. Y la esencia de cada molécula es la historia de catorce modelos de muñecos, peluches y marionetas que han elaborado junto con los padres y madres de los niños. ¿Por qué tienen esa forma? ¿Qué hacen? ¿Son buenos o malos? ¿Dónde viven? Son algunas preguntas simples que permiten adentrarse en la complejidad científica.

“La ciencia puede ser un vehículo para empoderar a las personas. Muchas personas saben de las enfermedades y lo que pasa en su entorno, pero no el por qué ocurren”, explica Misari, en su laboratorio de la universidad. “Nos cuesta encontrar científicos que quieran divulgar sus proyectos más allá de la academia. Y muchos que sí lo desean, les cuesta transmitirlos de manera sencilla a gente que no sabe sobre el tema. Pero, cada vez estamos captando más profesionales y haciendo entender que la ciencia puede ser divertida”.

ADAPTAR LA CIENCIA
La constancia de cada domingo en el lugar ha hecho que los talleres pasen de los primeros cuatro niños a tener que resolver ahora las dudas de grupos de personas que tienen desde los 3 hasta los 19 años de edad. “Si hacemos que los niños se pregunten cosas, que indaguen más, que sean más observadores, podrán ser más criticos y decisivos”, asegura.

Además de las estrategias artísticas y lúdicas, en Q’omer Kallpa consideran que el conocimiento científico es una herramienta clave para el desarrollo integral de cada lugar. Por eso, si los talleres son convocados en nuevos espacios, estos parten analizando cuáles son las enfermedades más comunes que se dan ahí, cómo es la alimentación, cuáles son las condiciones de higiene, entre otros factores.

En Pucallpa, por ejemplo, identificaron el riesgo de parasitosis. Cada niño, llevó pequeñas muestras fecales de sus mascotas, en un repositorio higiénico, con las cuales les pudieron explicar cómo se forman las bacterias y cómo estás puedan afectarlos si nos cuidan a sus animales.

Adicional a ello, en Huaycán, se percataron del amplio consumo de pescado y de la falta de higiene en la preparación de alimentos. Ahí, cada niño tuvo que asistir con un pescado, con el cual les enseñaron a identificar las características de un animal óptimo para el consumo.

NUEVOS RETOS
La estrategia ha llamado la atención también de empresas y colegios, donde el reto de transmitir de manera sencilla la importancia de la ciencia ha cobrado otros niveles. “Ahora son los profesores quienes nos piden ayuda para saber cómo utilizar nuevos elementos en sus clases, así que ha llegado el momento de compartir esta metodología que hemos ido construyendo durante años”, se entusiasma Misari.  “Es una gran oportunidad porque muchos profesores creen que las cosas tienen que ser de una determinada manera, que creen que la única forma es traspasar el conocimiento. Nosotros insistimos que mucho más importante a veces es, por el contrario, escuchar y preguntar a los chicos cuáles son sus intereses, preocupaciones o necesidades”.

Después de seis años de haber iniciado el proyecto, Misari solo espera que, poco a poco, cada vez más niños puedan incluir la microbiología, la genética o la física en sus perspectivas del futuro y aumentar el número de niños y jóvenes con conocimientos teóricos y prácticos que les permita promover estilos de vida sostenibles, un reto clave de los Objetivos de Desarrollo Sostenible trazados por el PNUD como el ODS 3: Salud y Bienestar. 

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