Redacción ContentLab
Lunes 07 de septiembre del 2020

Cuando el gobierno decretó la cuarentena nacional como medida de resguardo ante la amenaza del coronavirus, las fundadoras del proyecto Kantaya tenían todo listo para iniciar un nuevo año de acompañamiento escolar a los niños de Ventanilla. Pero todo tuvo que cambiar. El esfuerzo de años —materializado en los tres centros en los que recibían a 300 niños después de clases— se tuvo que redirigir a crear toda una nueva dinámica que se ajustara a la realidad vulnerable de las zonas de Hijos de mi Perú, Santa Rosa y Pachacútec, en el norte de Lima.

Desde el 2013, Kantaya se había dedicado a reforzar gratuitamente la educación de los niños de primaria de Ventanilla y de brindar a los jóvenes posibles rutas hacia la educación profesional. Su trabajo se basa en tres pilares:

- Una currícula educativa que refuerce la comprensión lectora, las habilidades numéricas y el conocimiento de la tecnología.
- El desarrollo de habilidades socioemocionales a través del 'mindfulness’, el yoga, el arte y otras actividades
- Y experiencias vivenciales que conecten a los niños con los líderes de espacios como museos, empresas, colegios o universidades, ampliando así las referencias sobre lo que podrían hacer en el futuro

Pero la pandemia planteó nuevos retos a Fabiola Portocarrero y Yessica Flores, fundadoras del proyecto. “Nuestro ‘core’ podía ser la educación, pero conforme fueron pasando las semanas las prioridades cambiaron: los niños no tenían qué comer”, recuerda Yessica. Para hacer frente a este problema, formaron una alianza con familias amigas y empresas, y lograron entregar alimentos a aproximadamente 800 familias, lo que les permitió llegar a 4 mil niños y adultos.

En paralelo, el proyecto educativo no podía detenerse. Y no podía tratarse de clases virtuales: tan solo el 9% de las familias a las que tenían acceso contaban con computadoras con internet. Por ello, junto a su equipo de profesores, crearon un formato a la medida de las necesidades y capacidades. Se trata de un sistema de fichas educativas mensuales que se entrega a las familias y que es explicado y desarrollado tres veces a la semana, a través de WhatsApp, por los profesores de cada materia. Luego, mediante la misma vía, los niños envían sus tareas resueltas en formato de video, audio o texto.

El resultado las ha sorprendido. Han podido llegar a un 30% más de alumnos que antes de la pandemia y la mayoría de los padres consideran que sus hijos aprenden más en Kantaya que en las clases remotas que promueve el Estado. “Es un dato muy fuerte porque nosotras no reemplazamos al colegio —incluso es una obligación que los niños vayan al colegio para pertenecer a Kantaya—, pero en épocas críticas, como esta, el apoyo alternativo parece resultar fundamental”, explica Portocarrero.

Kantaya —que es parte de la red Kunan, plataforma peruana de emprendimientos socioambientales— empezó a gestarse de forma orgánica desde 2004. En ese entonces, Yesicca y Fabiola utilizaban sus días libres para apoyar a niños en situación vulnerable con útiles, mochilas y abrigo, y ayudarlos con sus tareas. Se trataba de una contención emocional que, pronto, empezó a mostrar sus limitaciones. “Les decíamos que podían salir adelante y cambiar su propio destino, pero realmente no había manera de que lo hicieran sin las herramientas adecuadas. Por eso decidimos crear un programa educativo serio, con currícula, que con el tiempo les permitiera trazar su vida de acuerdo a sus sueños personales y no a las limitaciones del lugar donde nacieron”, recuerda Yessica.

El proyecto ha logrado consolidarse en base a los logros de sus participantes, pero el equipo detrás de Kantaya aspira a más. ¿Qué les depara el futuro? Por lo pronto, han decidido extenderse a otras ramas de la educación. Para ello han creado Kallpay, una escuela técnica dedicada a capacitar y certificar mujeres como auxiliares de profesores, generando nuevas oportunidades para más jóvenes.

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