• La letrina llega a Bethel

    En la región con más agua del Perú, falta agua potable y saneamiento. La fundación Aquae y Unicef trabajan para remediarlo.

    Por: Santiago Roncagliolo
    Fotografías: Santiago Barco

    Voy a ser shipibo por un día. Más aún: voy a ser el padrino de una letrina amazónica. La comunidad nativa de Puerto Bethel está situada a orillas del Ucayali, un río tributario del Amazonas, el más caudaloso del mundo. La región es verde, está llena de agua, y las inundaciones son frecuentes. Pero solo la mitad de los hogares tienen acceso a una red pública de agua. Y solo uno de cada tres cuenta con saneamiento básico.

    En los poblados de la región se amontonan viejas letrinas abandonadas por la falta de mantenimiento, algunas inundadas por las crecidas, o tan bajas que se convierten en refugio de serpientes. En algunas comunidades, el Estado ha instalado pozos de agua, pero los agujeros no tienen suficiente profundidad. El agua sale con hierro. Incluso huele a metal. Son fuentes de veneno.

    Para combatir el problema, con el apoyo de UNICEF y la fundación Aquae, la ONG Alianza Arkana ha ideado un sistema de saneamiento ecológico: con poco dinero y mucha creatividad, los residuos y el agua se reciclan como fertilizantes. Y me han invitado a verlo... Y a apadrinarlo.

    Tsenan Tsani. Que significa “el joven que cumple sus promesas”.

    Al llegar la noche, tenemos que buscar dónde dormir. En Puerto Bethel no hay hoteles. El pueblo entero forma una hilera de 2,3 km de casas paralelas a la orilla, con la selva como un muro infranqueable a sus espaldas. El alumbrado público apenas se enciende durante tres horas en días alternos, porque la gasolina del motor es demasiado cara. Solo hay un teléfono.

    Una familia nos acoge en su casa, que es de las mejores porque tiene un fregadero. Nuestros anfitriones nos dan de cenar caldo de gallina con tallarines y culantros. De guarnición, plátano frito. Bebemos chapu, un jugo de plátano caliente. La alimentación aquí es fuerte: carbohidratos para trabajar horas en el campo. A la vez, es la comida más fresca del mundo: los pollos, peces y vegetales son del huerto o del río. He visto vivas a todas las cosas que he comido.

    El problema es que no hay desagüe. Después de comer, cuando las ganas aprietan, decido ir a la letrina que será mi ahijada. Abro la puerta de la casa. Pero afuera solo hay oscuridad. Para llegar debo andar quinientos metros con una linterna por un sendero que habitan víboras venenosas llamadas jergones.

    Por la noche, bajo el cielo más estrellado que he visto, escucho historias de terror amazónicas. Me hablan del Chullachaqui, que se disfraza de alguien que tú conoces y te lleva a la selva para que te pierdas. Nunca encuentras el camino de regreso, hasta que te vuelves loco. También está el pishtaco, que aparece como una luz cegadora y hace que te desmayes. Cuando pierdes la conciencia, se roba tus órganos vitales. Pero lo más aterrador que oigo es el consejo final que me da un compañero, con toda naturalidad: –Antes de dormir, abre tu mosquitero y mata lo que encuentres dentro.

    Una familia nos acoge en su casa, que es de las mejores porque tiene un fregadero

    Ni siquiera llego al mosquitero. En la pared de mi cama hay una araña de diez centímetros. Tengo que llamar a un miembro de mi equipo para que la mate, y de paso, acabe con la cucaracha que tiene al lado. Lo que nadie puede matar son los mosquitos. Mi repelente de turista playero les da risa a esos insectos. Pican incluso a través de la camiseta.

    Cuando al fin me acuesto, me aseguro de que el mosquitero no deje una sola fisura. En otra habitación, una compañera del equipo pide ayuda con algún otro bicho. En el acto más cobarde de mi vida, me niego a salir del mosquitero.

    Ser pobre no es tener poco dinero. Ser pobre es tener que defecar entre tu casa y la de tu vecino. No poder dar un paso sin exponerte al ataque de un animal, o de un violador. Acostumbrarte a recibir picaduras, como una lluvia de humillaciones, y agradecer que no lleven veneno. Tardar seis horas en hacer el almuerzo, porque tienes que pescarlo tú mismo y no hay electricidad. Ser pobre es un maldito infierno.

    Pero los habitantes de Puerto Bethel no pierden la sonrisa. Desde su punto de vista, cada vez están mejor. Esperaron ocho años hasta recibir del Estado picos y palas, en los ochenta. Cinco años después abrió la primera escuela. Con el siguiente gobierno, llegó el motor de petróleo para la luz eléctrica. Una empresa petrolera usó el pueblo cinco años como base de comunicaciones, y le dejó un pequeño muelle. El máximo orgullo de Puerto Bethel es que una chica del pueblo ha llegado a ser policía en Pucallpa.

    "Ser pobre no es tener poco dinero. Ser pobre es tener que defecar entre tu casa y la de tu vecino".

    Así que la mañana siguiente, en la inauguración, las autoridades del pueblo ofrecen solemnes discursos junto al “poiti xobo”, que es el nombre shipibo del retrete. Los niños han compuesto una canción dedicada a su nuevo amigo. Y el coordinador de Unicef ofrece clases sobre su uso, explicando para qué sirven las dos tapas y cómo hay que sentarse.

    –Nadie quiere oír sobre wáteres –comenta una representante de Unicef–. No es fácil conseguir donaciones porque nadie quiere ver su nombre asociado a defecaciones. Solo empresas de agua, como Aquae, o alguna marca de papel higiénico apoyan estos trabajos. Y sin embargo, el saneamiento es una necesidad esencial de un grupo humano. Sin él, no hay salud, ni siquiera seguridad.

    Al final de la ceremonia, junto a una delegada de Unicef, rompo una botella de aguardiente para inaugurar la letrina. Los shipibos me ponen un nombre en su idioma: Tsenan Tsani, que significa “el joven que cumple sus promesas”. Sería más correcto “el tipejo de mediana edad que no se atreve a salir del mosquitero”.

    El animal vivo

    Hace veinte años, por la ciudad de Iquitos pasaba el río Amazonas, con su cremosa agua marrón. Hoy pasa el Itaya, un río negro y brillante. Aquí la vida es así. El agua apenas se diferencia de la tierra. Lentamente, el caudal cambia de curso, se desvía, emergen nuevas islas o se inundan pueblos enteros. El río es un animal vivo, un monstruo perezoso e implacable.

    En lo que va del siglo, el monstruo está enfadado. El cambio climático lo está alterando. Los friajes, cuando la temperatura baja hasta los 18°, han pasado de dos a trece por año. La población no está preparada para ese frío, y la incidencia de neumonía es mayor aquí que en sierras nevadas y zonas de altura.

    La crecida del río, que antes duraba tres meses, se ha extendido a seis o siete, aumentando el riesgo de inundación, y con él, las plagas de mosquitos y los riesgos para la salud. Durante esos meses, además, no se puede sembrar.

    Para llegar al distrito de Indiana hay que navegar por el río Amazonas, que en algunos tramos pasa del kilómetro de ancho. En ambas orillas se aprecia el verde infinito y exuberante de la selva. Y sin embargo, son zonas deforestadas. Claro que hay plantas y árboles. Pero los troncos madereros han sido depredados hace mucho, y con ellos se han ido sus frutos, y los insectos de esos frutos. Debido a la contaminación, además, numerosas especies animales, como los manatíes y los paiches, se han retirado a lagunas y ríos más apartados. Todo eso significa que hay menos comida.

    Mientras avanzamos, me pregunto si hay alguna manera humana de enfrentar problemas tan grandes: la intemperie, el abandono, la miseria, la contaminación global. Pues estoy a punto de descubrir que sí. Hay gente que consigue domesticar al monstruo.

    Aquí la vida es así. El agua apenas se diferencia de la tierra.

    Monstruo enfadado. Los friajes, cuando la temperatura baja hasta los 18°, han pasado de dos a trece por año.

    Consecuencias. La crecida del río, que antes duraba tres meses, se ha extendido a seis o siete, aumentando el riesgo de inundación.

    Déficit alimenticio. Debido a la contaminación numerosas especies animales se han retirado a lagunas y ríos más apartados.

    Optimismo. Hay gente que consigue domesticar al monstruo.

    Alas de mariposa

    La maestra Janet Reátegui no quería entrar en política. Su esposo era el regidor y candidato a alcalde de distrito en Indiana. Ella solo lo apoyaba. Pero un día, él enfermó. Fue fulminante. Lo llevaron a Lima para tratarlo, y ahí falleció.

    Janet tiene carácter. Cuando llevaba de vuelta el cuerpo de su marido para enterrarlo en su tierra, la línea aérea le dijo que no tenía espacio en el avión. Tendría que mandarlo después. Janet montó un escándalo. Amenazó con velar el cadáver ahí mismo, en el aeropuerto. Buscó velas y todo. Casi lo hace de verdad. Hasta que consiguió viajar con su ataúd. Quizá por esa tenacidad, al volver, los compañeros de su esposo le pidieron que ocupase su candidatura.

    –La gente del distrito me entregó un memorial lleno de firmas en el que me pedían entrar en política –recuerda ella–. Yo no quería porque mi marido llevaba apenas ocho días muerto. Me fui del pueblo dos meses para llevar mi luto. Pero al volver, me lo pidieron de nuevo. Justo en el Día de la Mujer: 8 de marzo. Y acepté.

    No fue fácil ser una candidata. El machismo está muy arraigado a su alrededor, y Janet tuvo que aguantar incluso bromas de mal gusto en público. Pero dos años después, ganó la alcaldía. Y al final de su gestión, fue reelegida.

    Alcaldesa acuática. Janet Reátegui en el vehículo municipal, sobre su ‘carretera’ principal: el Amazonas.

    Indiana es un distrito de 3.297 km cuadrados y 15.000 habitantes. La extensión de Barcelona con una población que no llenaría ni una tribuna del Camp Nou. Ocho mil de esas personas viven dispersas en 62 comunidades nativas. Pero a diferencia de las comunidades de Pucallpa, aquí la población está organizada. Janet cuenta su secreto:

    –Yo le digo a la gente: “¿Quieren agua? Únanse. No puedo poner un tanque de agua para un poblador. Pero si se organizan todos, eso es otra cosa. Por ejemplo, si quieren letrinas, recojan ustedes la maderas para construirlas. Si quieren luz eléctrica, construyan sus casas cerca unas de otras para abaratar la instalación”.

    Al gestionar demandas ante los ministerios y el Estado, Janet da prioridad a las comunidades que hacen su parte. Y funciona. En la comunidad de Sunicaño, están preparando letrinas flotantes. Como la crecida del río puede inundarlas –y repartir su contenido por todo el pueblo–, van a colocarles cinturones hechos con botellas de plástico. Así, de paso, se reciclan esas botellas. La alcaldesa pidió que recolectasen mil. Hasta ahora, la gente le ha conseguido 25.000.

    San Rafael también cuenta con un criadero de mariposas. Aparte de ser un reclamo turístico, el criadero sirve para medir la salud del bosque según los gusanos de seda que alberga. Y por último, cuando las mariposas mueren, sus alas se venden para hacer artesanías. Incluso se fabrican bioaretes hechos con las crisálidas, joyas mágicas que un día se convierten en mariposas y salen volando. Y los criadores devuelven al bosque el 10% de los ejemplares, con el fin de mantener la especie.

    La alcaldesa Janet Reátegui es el producto de dos tradiciones políticas: la izquierda y la fe católica, ya que Indiana fue fundada por franciscanos. En su despacho de la alcaldía hay un afiche con su foto y una oración pidiendo fuerzas a Dios. Y el salón consistorial se llama José Carlos Mariátegui, en homenaje al fundador del Partido Comunista del Perú.

    Indiana. Abarca 3.297 km cuadrados y cuenta con 15.000 habitantes.

    Desarrollo sostenible. La gente a conseguido recolectar 25.000 botellas plásticas para elaborar letrinas flotantes.

    Mariposario. Cuando los ejemplares del criadero de mariposas mueren, sus alas se venden para hacer artesanías.

    Buenos resultado. Indiana es un claro ejemplo de que con creatividad y organización, se puede salir adelante.

    El resultado es una combinación de vocación de servicio y organización social, aplicada con vocación pedagógica. En la capital del distrito, una especie de utopía amazónica de 4.000 habitantes, el muelle está limpio, la basura se recicla, hay una Policía Municipal y luz eléctrica de 6 a.m. a medianoche. Indiana muestra que, con la misma cantidad de dinero, una comunidad puede vivir en la miseria o con dignidad y bienestar. La diferencia no está en el presupuesto, sino en la creatividad y la organización. Y, quizá, en un poquito de magia.

    El hechicero formal

    Al verlo con la camisa metida en el pantalón, las gafas y el peinado de estricta raya al lado, nadie pensaría que Álvaro Yaicate es un brujo. Y de hecho, a él tampoco le gusta la palabra. Él tiene su propia clasificación:

    –El brujo hace cosas malas. Yo solo hago trabajos buenos. El hechicero trabaja con objetos de las personas: prendas o fotos. Yo no. Yo soy un médico vegetalista. Pero la gente de acá nos llama “curiosos”.

    Como todo médico, Álvaro ha estudiado: dos años con el maestro Egisberto Murayani y luego otros seis con Luis Mozombique. Sus cursos se realizan en lugares secretos de la selva, donde los maestros reúnen a sus discípulos para enseñarles las propiedades curativas de las plantas.

    Quizá nuestros cuerpos de ciudad estén ya aturdidos de aspirinas, antibióticos y antidepresivos. Probablemente, seamos insensibles –o demasiado impacientes– para la medicina tradicional. Pero en un mundo sin hospitales, y con un ritmo de vida más pausado, las plantas curan.

    Curandero. Álvaro Yaicate entre la medicina tradicional nativa y la prevención de la desnutrición.

    Flor de menta para el dolor de muelas. Pampa orégano en infusión para dolor de estómago. Pulpa de camu camu para el resfrío. Piñón colorado para las pupas. Hay incluso hierbas anticonceptivas, y un preparado con aguardiente y diente de zorro para quedar embarazada. Toda una farmacia colgando de las ramas de los árboles. Además, el curioso sabe resolver problemas prácticos, como chupar el veneno de una mordedura de serpiente.

    No tengo nada contra la medicina química –dice Álvaro–. Soy padre de familia. Yo también quiero un hospital para mis hijos. Pero en muchas zonas de la selva, la posta médica más cercana está a horas o días de navegación. Entonces, pues, la gente viene a ver al curioso. A veces vienen también porque se sienten más cómodos con nosotros que con los médicos de bata blanca.

    El consultorio de Álvaro –un cuarto en su casa– carece de exotismo. Nada de animales muertos ni simbologías esotéricas. Lo único que cuelga de las paredes es un calendario. Es simplemente un consultorio. La consulta cuesta veinte soles y comienza con una exploración del pulso del paciente, para buscar su mal. Una vez situado el problema, Álvaro coloca sobre la zona afectada unas pequeñas piedras marinas remojadas en agua florida y tabaco.

    "Con su ayuda, la desnutrición de Indiana se ha reducido nueve puntos en tres años".

    Tras diagnosticar, fuma mapachos y expulsa el humo sobre el paciente mientras recita una oración llamada “icaro”. Hay una para cada enfermedad. Muchas de sus curaciones no son esencialmente diferentes que las occidentales. Para los problemas de garganta y bronquios, receta miel de abeja. Y en su botiquín nunca falta un viejo remedio casero llamado timolina. Son simplemente remedios naturales de bajo costo. –Las enfermedades normales son fáciles de curar –me informa Álvaro–. Los difícil es el “mal beneficiado”: el mal de ojo que te ha hecho un brujo. Eso es una lucha de poder entre uno y otro. Y puede ser larga.

    Álvaro no se presta para hacer mal de ojo, pero si le das el nombre y dirección de la persona que deseas, puede hacer que se enamore de ti. Eso se llama ‘amarre’. Incluso puede conseguir, con el conjuro correcto, que esa persona se ‘desamarre’ de su pareja. Y si necesitas ayuda en los negocios, te ofrece un hechizo con agua de colpa, que extrae de las cuevas de los animales.

    Para él, nada de eso es contradictorio con los cuidados médicos occidentales. De hecho, fuera de consulta, trabaja en el observatorio municipal de vigilancia contra la desnutrición, ayudando a niños y enseñando a los padres hábitos sanos de alimentación e higiene. Con su ayuda, la desnutrición de Indiana se ha reducido nueve puntos en tres años.

    Misteriosa sabiduría. Los médicos maestros díctan sus cursos en lugares secretos de la selva.

    Solemos oponer ‘nativo’ contra ‘occidental’ tajantemente, como si fuese necesario escoger entre uno y otro. ‘Ecológico’ contra ‘económico’. ‘Tradicional’ contra ‘eficiente’. Pero para domar a un monstruo, hacen falta dos riendas.