on inmensa presencia urbana pero sin imagen nacional, Lourdes Flores se había estancado mucho antes que su padre llamara a Toledo “auquénido de Harvard”, un 26 de marzo del 2001. Para entonces, la divulgación de encuestas ya estaba prohibida, y solo los especialistas supieron cuán lejos llegaría Alan García en su remontada. Pese a la derrota, la actuación de la primera peruana en tentar la presidencia fue calificada de “meritoria". Y hubo quienes la consideraron demasiado buena para su entorno. Cinco años más tarde, García, que había tomado la demolición de la “candidata de los ricos” como causa propia, volvió a superarla en el boca de urna, pero retrocedió al tercer lugar con los primeros conteos rápidos de la ONPE. Los diarios del día siguiente analizaron una posible segunda vuelta entre Humala y Flores. Sonriente, García aseguraba que sus propios sondeos lo daban por ganador del empate virtual. Ese mediodía, adelantó a Flores y, de taquito, asustó a los inversionistas de la Bolsa de Valores de Lima.