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Cuando el DNI no dice quién eres

Diferente desde que nació y mujer transgénero desde hace seis años, Vanesa dice que tiene una vida tranquila y solo espera respeto de los demás; sin embargo, cosas simples como transportarse pueden ser para ella más que complicadas.

Vanesa hace años que no sube al transporte público. El dinero no le sobra para pagar taxi pero tiene una fuerte razón: miedo. Para ella, un posible roce o trato malintencionado en un bus significaría que, pese a la lógica, la condenen.

“Si a una mujer biológica un pata que la toca le dice ‘seguro te crees rica’, imagínate lo que me dirían a mí si me quejara”, dice.

A los 15 años le contó a su mamá lo que ella siempre supo, que se sintió mujer desde que recordaba pese a haber nacido como Alexander, que sentía una felicidad infinita cuando por unos minutos se encerraba en el baño para probarse la ropa de su mamá y verse en el espejo como quería que la vieran los demás.

La noticia en una familia de Testigos de Jehová fue como una bomba que intentaron controlar con tratamientos hormonales. Recuerda que los primeros años fueron muy duros para ella, pero no los culpa pues está convencida de que actuaron por ignorancia y esas creencias que rodean lo que no podemos comprender.

“Te pueden inyectar hormonas masculinas o femeninas pero eso lo único que hacen es cambiarte físicamente, no tus pensamientos y sentimientos. Tampoco pueden decir que se volvieron así porque les violaron. ¿Acaso si me viola una mujer yo me voy a volver hombre?”, señala.

Ser una mujer transgénero no le fue una opción. Tuvo claro lo que era a pesar de que sus referencias sobre los LGBT eran escazas. “Lo único que escuchas es cabro, rosquete, pato y uno peor se trauma. Te preguntas ¿Qué soy? ¿Soy lo peor? ¿Por qué los tratan así?”.

Cuando salió del colegio estudió Ciencias de la Comunicación en un instituto y a los 17 años tuvo su primer trabajo en la entonces Radio América. Cuando este medio cerró empezó a trabajar en una empresa de calzado, donde no tenía problemas en las oficinas pero que se volvía insoportable cuando la mandaban a planta y tenía que soportar silbidos y frases groseras.

Ya de adulta un tiempo intentó vivir en la casa de sus padres. “Era como un convento”, recuerda de esa época porque no le dejaban vestirse a su manera. Así que un día no pudo más y se fue a lo que ella llama su infierno.

“Dormía en la calle, a veces no comía y paraba con los chicos que venden caramelos. Una vez pasó un tío con su esposa y nos tiró 5 soles. Para él fue un gesto de “toma perro” pero para nosotros fue todo porque nos fuimos a comprar una bolsa de chancay con gaseosas”.

Gracias al pago de una deuda pendiente pudo volver a tener un techo, pero los gastos eran muy altos así que se mudó a Ventanilla donde trabajó vendiendo hamburguesas hasta que un grupo de travestis le amenazaron con quemar su casa si no se iba. “Creían que yo me prostituía y les quitaba la plaza”, indica. Se mudó a Chorrillos y empezó a trabajar en una casa ayudando en la cocina por 10 soles al día, pero de preparar la comida pasó a lavar los platos, a trapear, limpiar y en poco tiempo era casi la empleada doméstica pero todo por el mismo precio. Entonces también tuvo que irse.

Su suerte cambió el día le llamaron de Radio Capital para un reemplazar a un operador por vacaciones. Ahí trabaja hasta hoy donde todos la conocen como Vanesalexander Sotomayor Vela. Agradece que le llamaran porque ya la conocían, de otro modo la historia podría ser distinta. “Si para un hetero es difícil conseguir chamba, para mí es mucho más difícil”, reconoce.

Tras seis años de hormonas, hoy empieza a lucir como quiere y sin operaciones – todavía, aclara-. Sin embargo, problemas cotidianos surgen cada tanto y tiene que armarse de paciencia para explicar, por ejemplo en la ventanilla de un banco, por qué ella es la persona que aparece en su DNI aunque este documento aún muestre una foto de un varón.

“Lo que me gusta es que la gente me respete, no digo que todo es felicidad porque cada tiempo me cruzo con un idiota que me dice algo. Más que hombres, a veces son las mujeres las que me insultan”, cuenta.

No le preocupa tener hijos y se alegra que a su pareja tampoco le interesen los niños, pero sí tiene sobrinos menores de edad a quienes todavía no les ha explicado por qué el tío Alex ahora se llama Vanesa. Mientras eso pase, tiene claro que quiere inculcarles el ejemplo del respeto hacia los demás. Solo así está segura que la comprenderán.

“Me llega cuando se resbala una señora y ella (su sobrina de 9 años) se ríe. Ayúdala en vez de burlarte, le digo. Si los padres le enseñaran un poquito de amor y respeto a los niños el mundo sería diferente”, finaliza. Vanesa lo tiene claro, el respeto al otro puede hacer la diferencia.

Textos y fotos: Gladys Pereyra
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